Investigadores británicos han descubierto que la sensación de humedad en la piel procede de una combinación de nuestra habilidad para sentir el frío y de varias sensaciones táctiles como la presión y la textura. Estas sensaciones se combinan con el olor y el sabor para ayudarnos a percibir la humedad. Dicha percepción se ve afectada por la temperatura, la presión, la humedad y la velocidad del aire. Estos factores influyen en la cantidad de vapor de agua que se evapora de la superficie de la piel y en la cantidad de humedad que se absorbe por la piel. Por lo tanto, todos esos factores juntos afectan nuestra percepción de la humedad.

Ya que no tenemos receptores específicos, el concepto de lo húmedo es en parte una ilusión perceptiva que nuestro cerebro evoca a partir de experiencias previas de estímulos que sabemos que son húmedos.

Vía Pexels.

La sensibilidad a lo húmedo se relaciona con la temperatura, la textura y la presión. El sudor es una mezcla de agua y sales, y nuestra piel es sensible a la presencia de estas sustancias. La sensación de lo húmedo también está relacionada con la temperatura, ya que el agua se siente más fría que el aire. La textura también es importante, ya que el agua se siente más lisa que el aire.

Por otro lado, la sensibilidad a lo húmedo también se relaciona con la capacidad de nuestra piel para absorber el agua. Esto se debe a que el agua es un buen conductor de calor y, por lo tanto, una toalla mojada se siente más fría que una toalla seca. Esto significa que nuestra piel puede detectar la presencia de agua y reaccionar de forma diferente a la presencia de aire.

¿Cómo estos investigadores descubrieron que la sensación de humedad en la piel no es real?

Davide Filingeri, director del estudio, probó 12 regiones del cuerpo de 16 hombres, aplicando un estímulo frío-seco para inducir una sensación de humedad tanto en un ambiente normal como cuando la temperatura era de 33 grados y una humedad relativa del 50%.

Encontró que las personas eran más sensibles a la humedad de la piel en la parte lateral y la parte inferior de la espalda, las áreas que también son más sensibles al frío.

Filingeri también descubrió que la sensación de humedad aumentaba a medida que bajaba la temperatura. Además, detectó que los sujetos percibían mejor la humedad fría que la templada o caliente.

Vía Pexels.

Los investigadores analizaron el papel de las fibras nerviosas de tipo A. Estas transmiten la información sobre temperatura y sensaciones táctiles desde la piel al cerebro. Al analizarlas, vieron que la actividad era menor en cuanto a la percepción de la humedad.

Su hipótesis consistían en que, puesto que las zonas con vello en la piel son más sensibles a los estímulos termales, también deberían ser más receptivas a la humedad que la piel lampiña, que percibe mejor los estímulos táctiles. Es decir, las palmas de las manos y plantas de los pies.

Por lo tanto, cuando nos sentamos en una silla mojada, nuestras fibras nerviosas de tipo A se activan para advertirnos de la humedad. Mientras que nuestras fibras nerviosas de tipo B nos ayudan a sentir el tacto de la superficie. De esta manera, nuestro cerebro es capaz de interpretar la información y darnos una respuesta adecuada.

Estos resultados son importantes para entender cómo los humanos perciben el entorno y cómo los estímulos térmicos influyen en la percepción de la humedad. Esto podría tener implicaciones para el diseño de productos y entornos que sean más cómodos para los usuarios.

Referencias:

Why wet feels wet? A neurophysiological model of human cutaneous wetness sensitivity: https://doi.org/10.1152/jn.00120.2014

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *