Si el conocimiento es poder, la ignorancia también lo es. Familiarizarnos con aquello que no sabemos es esencial para entender por qué existe la desinformación, la censura, la apatía o la fe ciega en algo o en alguien. 

A menudo, se piensa que la ignorancia es la falta de conocimiento, de allí que muchos la consideren una virtud. Pero, ¿es realmente esa definición la más apropiada? 

Si ese fuera el caso, aquellos a los que llamamos “ignorantes” no podrían testificar a favor de la industria del tabaco o rechazar conscientemente estudios científicos en contra de los cigarrillos. La razón por la que ocurren estos debates es porque hay ciencia detrás de la ignorancia. 

Dependiendo de cómo se manejen las lagunas del saber, se tomarán o no medidas sobre los cigarrillos, los organismos transgénicos o las emisiones contaminantes. 

Es por eso que existe una disciplina emergente, conocida como agnotología, que estudia la ignorancia científica. Pero no como una carencia de conocimiento, sino como la difusión deliberada de información errónea o engañosa.

Agnotología: la ciencia detrás de la ignorancia

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El término “agnotología” se acuñó en 1995, cuando un científico comenzó a indagar en las tácticas que usaba la industria tabacalera para generar confusión en torno al cáncer. 

Para evitar hablar de los datos científicos, las empresas de tabaco desplegaban toda clase de recursos: desde negar la asociación entre tumores pulmonares y consumo de cigarrillos, hasta insistir en pruebas más concluyentes. Básicamente, fomentaban la ignorancia propiciando un acceso más fácil al contenido con tales características.

“La duda es nuestro producto. Es la mejor manera de competir con el volumen de información que existe en la mente del público en general. También es el medio para crear controversia”.  

Una de las pruebas presentadas por el científico, Robert Proctor, en 1995

En este caso, la ignorancia no era desconocimiento, sino una estrategia política creada deliberadamente para confundir a los consumidores y obtener así un beneficio. Esa es la ciencia detrás de la ignorancia.

¿Por qué estudiar la ignorancia?

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Ya todos sabemos que los cigarrillos son malos, incluso los consumidores más asiduos. Sin embargo, su estrategia engañosa ha permeado en la industria alimentaria, las empresas mineras y las petroleras en los últimos años.

Por ejemplo, durante la Guerra Fría se ocultó la existencia del plutonio y de las anomalías magnéticas submarinas. Esto retrasó la verificación de la teoría de la tectónica de placas.

Algo similar ocurrió con los genitales femeninos en los años 70. Estos órganos estuvieron en las sombras hasta hace poco porque se consideraban homólogos de los genitales masculinos, y como tal, no era necesario estudiar dos veces el mismo tema. Por supuesto, esto también retrasó la detección de enfermedades exclusivas en la mujer. 

Y como un ejemplo reciente de la ciencia de la ignorancia tenemos a las armas nucleares. Todos somos ignorantes en este aspecto, a pesar de la información que publican a diario los portales de noticias. ¿Por qué? Simple, al igual que con las tabacaleras, cada potencia difunde la información que desea sobre la cantidad de armas nucleares activas o su alcance. Entonces, ¿cómo podemos asegurar que esa información es real?

Aristóteles no se equivocaba al decir en el siglo V a.C “solo sé que no sé nada”. La ignorancia esconde mucha más información de la que pensamos, y puede hacernos actuar o pensar que las teorías conspirativas esconden verdades. 

Es por eso que está emergiendo la necesidad de una ciencia de la ignorancia que nos ayude a entender lo que sabemos que no sabemos.

Referencias:

Lo que sabemos que no sabemos, la ciencia de la ignorancia https://www.agenciasinc.es/Noticias/Lo-que-sabemos-que-no-sabemos

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