El poder es algo necesario en las sociedades, desde el inicio de la civilización. Estas necesitan que hayan personas que manden y sepan hacerlo. Pero, por sobre todo, que sus órdenes sean seguidas por los demás. Sin embargo, el poder tiene efectos en las personas y uno de ellos es que estas, una vez que se instalan en el poder, no perciben que son privilegiadas.

Vía Pixabay.

Una persona que ejerce un cargo tiene una gran carga emocional. Es decir, mientras más responsabilidad tienes, mayor es tu carga emocional y mayor es tu desgaste. Tienes que enfrentarte con las personas y convencerlas, además, tienes que tomar decisiones difíciles. No importa el cargo que ejerzas, si eres el director de una empresa o el presidente de un país, ese peso cae sobre ti. Pero, esto ocurre principalmente si ejerces ese poder con responsabilidad.

Sin embargo, hay otros efectos que suceden en las personas con poder. Uno de ellos, es la imagen que le da el poder a la persona, una imagen que conlleva saber que mandas y te obedencen. Entonces, a la persona se le empieza a distorsionar la realidad. Empieza a sentir una confianza enorme en sí misma, que lo lleva a pensar y sentir que lo que ella diga está por encima de lo que puedan decir los demás. Y es precisamente esto lo que las personas con poder deben evitar que les suceda.

Personas con poder y privilegios

Pero, el poder también puede hacer que las personas que lo ejercen no sean conscientes de los privilegios que tienen. Estas personas tienen tanto poder que ni siquiera se dan cuenta que está ahí. Es lo que ha descubierto Suzanne Alleyne, una pensadora cultural que ha detectado que los poderosos no saben lo que se siente el no tener poder. Ella buscó una explicación científica para esta y otras actitudes de las personas con poder.

Alleyne recurrió a fundamentos neurocientíficos que la ayudaron a comprender que las personas sin poder y con poder difieren en la manera en que llevan adelante un proceso conocido como «presupuesto corporal» o alostasis.

Las personas con poder tienen un punto ciego que no les permite ver los privilegios que tienen. Vía Pixabay.

Nuestro cerebro tendría algo similar a un presupuesto financiero que se encarga de hacer un seguimiento de cómo el cuerpo gasta sus recursos y cuándo se depositan los nuevos recursos. Esto le permite al cerebro regular la energía, anticipando las necesidades del cuerpo y preparándose para satisfacer esas necesidades antes de que surjan.

Este proceso también se traslada a las emociones y afecta la manera en que socializamos. Por ejemplo, nuestra capacidad de empatizar con otra persona depende del presupuesto de nuestro cuerpo. Cuando las personas nos son familiares, comprendemos cómo se siente y sus luchas. Pero, con los que nos son menos familiares, utilizamos más recursos para predecir lo que están sintiendo.

Sin embargo, los estudios encontraron que las personas poderosas pueden perder la capacidad de empatía. A veces se dice que esto es lo que les permite tomar decisiones difíciles sin temor a las consecuencias. Pero, para Alleyne, eso debe cambiar.

Los formuladores de políticas deben comenzar escuchando, compartiendo el poder con las personas que realmente entienden la naturaleza de la impotencia y el efecto de las políticas que están redactando. Pero, además, es necesario contrarrestar la brecha de poder que hoy existe e intentar hacer las cosas diferente.

Referencias:

I always knew powerful people had blind spots – now neuroscience has proved it: https://www.theguardian.com/commentisfree/2022/nov/24/powerful-people-neuroscience-authority-privilege

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