Sabemos que la ciencia ha tenido sus épocas oscuras y que se han llevado a cabo experimentos bastante cuestionables en cuanto a moralidad se refiere. Sin embargo, hay algunos que más allá de ser crueles, son simplemente bizarros, como es el caso de los tres experimentos raros de los que te vamos a hablar hoy. 

Solo una advertencia antes de empezar: trata de no comer mientras lees este artículo, sobre todo cuando leas el último experimento. Que conste que te advertimos.

¿Qué pasa si un elefante consume LSD?

Tusko - Alchetron, The Free Social Encyclopedia
Cartel de presentación para Tusko

Probar los efectos de las drogas en animales lamentablemente es bastante común en el mundo de la ciencia, pero hay que admitir que este caso simplemente se les fue de las manos.

La víctima se llamaba Tusko, un elefante indio de catorce años que terminó en las manos del Dr. Louis Jolyon “Jolly” West y el Dr. Chester M. Pierce, a quienes los ayudó el Sr. Warren Thomas, jefe del zoológico de la ciudad. Estos le inyectaron a Tusko una gran cantidad de LSD para observar cuáles eran los efectos de dicha droga en los elefantes, lo cual condujo a que lamentablemente el pobre Tusko falleciera innecesariamente el 3 de agosto de 1962.

Para la época, el LSD se consideraba una droga bastante interesante en el mundo científico. Sin embargo, más allá de su potencial en los humanos, el Dr. West y el Dr. Pierce querían observar un fenómeno en el comportamiento de los elefantes llamado musth, en el cual estos animales presentaban una fase de agresividad y violencia muy elevada para luego secretar un líquido de su glándula temporal que, en ocasiones, podía verse derramarse por sus oídos. 

Estos reconocidos científicos esperaban que una buena dosis de LSD le provocara a Tusko una reacción psicótica que lo llevaría al musth. Si esto ocurría así, significaba que podrían llevar estudiar esta droga para encontrar tratamientos para los comportamientos psicóticos entre elefantes y humanos.

Pero claro, un elefante es inmensamente más grande que un humano, y eso lo sabían muy bien ambos científicos. Entonces, ¿qué hicieron? Pues le inyectaron 297 miligramos de LSD, una cantidad que era 30 veces la dosis de un humano.

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Tusko inmediatamente perdió el control de sus movimientos corporales y ni siquiera su compañera Judy pudo calmarlo. En este punto, los médicos se dieron cuenta de que le habían administrado demasiado de esta droga, así que su solución fue inyectarle 2.800 miligramos de clorhidrato de promazina, la cual fue reforzada luego con una segunda inyección de fenobarbital sódico al ver que el elefante no mostraba signos de mejoría, sino que por el contrario, estaba convulsionando.

Una hora después de temblar y jadear, Tusko falleció. La conclusión de estos brillantes doctores fue que los elefantes son “muy sensibles a los efectos del LSD”.  

Veinte años más tarde, el científico Ronald Siegel probó ácido en dos elefantes administrando dos dosis diferentes: una de 0,003 mg / kg y otra, de 0,1 mg / kg. Los resultados determinaron que en su dosis más baja, no producía prácticamente ningún efecto, mientras que en la más alta, el elefante parecía divertirse. Sin embargo, Siegel concluyó que el LSD no había provocado ninguna reacción psicótica parecida al musth, por lo que la teoría de sus predecesores se desmontó y el fallecimiento de Tusko fue completamente en vano.

Cosquillas macabras

10 Weirdest Science Experiments Ever

¿Te habías preguntado alguna vez si los humanos estamos “programados” para reírnos cuando nos hacen cosquillas? La respuesta es que sí, pero no te gustará saber cómo se llegó a esa conclusión.

Esta pregunta se la hizo el psicólogo y profesor Clarence Leuba en 1933, quien vio a su primer hijo como un milagro, no para él, sino para la ciencia.

Leuba decidió comprobar si la risa luego de las cosquillas era un comportamiento aprendido haciéndole cosquillas a su propio hijo. Sin embargo, le pidió a su esposa que no se riera mientras lo hacía y él mismo se puso una máscara que ocultara su rostro, de forma que el bebé no pudiera ver su expresión.

Al cabo de siete meses, el bebé empezó a reírse con las cosquillas, pero la esposa de Leuba le confesó que quizás se debía a que ella lo había hecho dar saltitos en sus piernas un día, y no estaba segura de si eso contaba como cosquillas. En vista de esto, el científico decidió que le haría el mismo experimento a su segunda hija, quien acababa de nacer.

Al cabo de siete meses esta también comenzó a reírse con las cosquillas, así que la conclusión fue que las risas en este caso son respuestas naturales de nuestro cuerpo y no un comportamiento aprendido. Sin embargo, ambos niños crecieron teniéndole un profundo terror a las máscaras porque le recordaban a la que usaba su padre. Un par de padres ejemplares, sin duda alguna.

Consumir… ¿vómito?

Stubbins Ffirth - Alchetron, The Free Social Encyclopedia
Dr. Stubbins Ffirth

¿Ya dejaste la comida a un lado? Porque definitivamente no vas a querer consumir nada después de esto.

Ya hablamos anteriormente de cosas que los humanos de la antigüedad consumían como una “cura milagrosa” para sus enfermedades, como lo fue el caso de los polvos hechos de momias para curar la artritis. Pero de ahí a que un doctor decidiera consumir vómito de sus pacientes para probar una teoría, hay un salto bastante grande.

Este fue el caso de Stubbins Ffirth, un médico que trataba a pacientes con fiebre amarilla a principios del siglo XX, quien desesperado por hallar una cura, decidió arriesgarse en nombre de la ciencia para comprobar que esta enfermedad no era contagiosa. Pero él no iba a simplemente exponerse a ambientes con personas infectadas, no. Él lo entregó todo y decidió consumir directamente el vómito de los pacientes en su hospital.

Y sí, lo consumía sirviéndoselo en una taza justo después de que sus pacientes expulsaran ese característico vómito negro de su sistema. Claro, no sin antes probar su hipótesis con un pobre perro al que alimentó con el mismo líquido.

Además de consumirla, el doctor también llegó a inyectársela o aplicársela directamente en heridas autoinflingidas. Además, también llegó a humedecerse los ojos con este vómito negro.

Sin embargo, su mayor apuesta fue cuando lo consumió directamente. Así describió la experiencia:

El sabor era ligeramente más ácido. Es probable que si no lo hubiera hecho antes de los dos últimos experimentos, me hubiera acostumbrado a saborearla y olerla”.

Su experimento pudo haber sido lo suficientemente concluyente cuando se dio cuenta de ni él ni el perro se habían contagiado cuando pasó a la etapa de inyecciones, pero aún luego de consumirlo, Ffirth continuó probando el vómito de diferentes maneras, al punto que llegó a crear una especie de licor de vómito negro:

Si el vómito negro se tensa a través de un trapo y el fluido obtenido se pone en una botella o frasco dejando una tercera parte de ella vacía, estando taponada y sellada, y si se establece por uno o dos años, obtenemos un sabor que contiene una porción de alcohol”.

Ni él ni el perro se enfermaron a pesar de todo, y Ffirth  concluyó que la fiebre amarilla no era una enfermedad contagiosa. Sin embargo, hoy en día sabemos muy bien que el doctor estaba equivocado.

Actualmente sabemos que la fiebre amarilla se propaga a través de la picadura de un mosquito infectado. Por esta razón es que Ffirth observaba variaciones estacionales en la enfermedad y por eso mismo fue que nunca se contagió, a pesar de haber introducido vómito negro en su cuerpo de todas las maneras posibles.

Sin embargo, sus esfuerzos lo hicieron merecedor del grado de doctor en medicina, otorgado por la Universidad de Pennsylvania luego de que estos vieran los resultados de su investigación. 

En la antigüedad la medicina era increíblemente extraña, ¿no crees?

Si tienes algún dato bizarro como estos, ¡déjalo en los comentarios! Nos encantaría leerte.

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