Una frase muy popular sugiere que el dinero no da la felicidad. Y aunque algo de cierto tiene, probablemente todo aquel que haya disfrutado de los beneficios de la estabilidad económica estará en desacuerdo. La felicidad es relativa, es cierto, pero la pobreza puede deteriorar la salud mental de las personas al punto de despojarlos por completo de este sentimiento.

La falta de recursos crea ambientes extremadamente dañinos para individuos, familias y comunidades, con efectos acumulativos a lo largo de la vida y la historia de un determinado sitio. Incluso quienes logren salir pueden arrastrar hábitos, heridas emocionales y complejos que podrían dificultar su integración en otros entornos. Te explicamos por qué.

Las vías por las que la pobreza afecta la salud mental

Se han identificado diferentes vías por las que la pobreza deteriora la salud mental de las personas. La falta de dinero o más bien, de estabilidad económica, conlleva muchas privaciones que están correlacionadas, lo que limita las probabilidades de ejercer sus derechos y deberes. Estas mismas privaciones las conducen silenciosamente a perpetuar su pobreza.

La escasez de recursos limita la comodidad de un hogar, las relaciones familiares y sociales, la alimentación e incluso la seguridad. Y a pesar de su condición menos favorecida, estas personas también están en el ojo juzgador de la sociedad, por lo que están más sujetas a prejuicios y acceso desigual a la justicia.

Vivienda insegura

La pobreza limita sustancialmente las probabilidades de vivir en un lugar digno y propicio para la integración a la sociedad. Si las personas con profesiones y trabajos estables tienen dificultades para comprar o construir una vivienda adecuada, para quienes nacen y viven en la pobreza tienen aún más, y ya hemos hablado de las consecuencias de esto en su futuro.

Y aunque muchos crean que, por lo menos tener un techo, es suficiente, no lo es. Las condiciones del lugar en el que vivimos influyen en el estado de ánimo, las expectativas, los hábitos e incluso la salud física de las personas.

Vivir en una casa con muchas fallas de estructura, expuesta a la delincuencia, con escasa privacidad y donde habitan demasiadas personas puede resultar angustiante para muchos. Bajo estas condiciones, por ejemplo, es difícil concentrarse en estudiar o tener expectativas más allá de la alimentación y el agua. Asimismo, limita las posibilidades de surgir incluso consiguiendo un buen trabajo, y de otros problemas derivados de la cercanía, como el embarazo precoz.

Además, estar en viviendas ubicadas en barrios pobres aumenta la exposición a la contaminación, temperaturas extremas y entornos difíciles para dormir. La contaminación del aire ya se ha vinculado a problemas de salud mental y riesgo de suicidio; la falta de sueño también es causa y consecuencia de una salud psicológica precaria.

Alimentación deficiente

Niña en un entorno de pobreza comiendo un alimento con suciedad.

La salud mental guarda un vínculo estrecho con la salud física. Nacer y crecer en un entorno con escasos recursos muchas veces conlleva una alimentación precaria, con escasos nutrientes y sanidad deficiente.

Y, como han advertido muchos estudios, una mala nutrición desde la infancia puede conducir a un desarrollo cognitivo deficiente que supone una base para enfermedades mentales en la adolescencia y edad adulta.

Escaso acceso a recursos de salud

Tanto los grupos de clase alta como los que viven en pobreza pueden padecer una amplia variedad de enfermedades físicas y psicológicas; sin embargo, muchas de ellas son diferentes. Las infecciones, por ejemplo, pueden ser consecuencia de exposición a sustancias tóxicas, basura, contacto cercano y sexo sin protección.

Y aunque todos nos enfermamos, las personas con menos recursos tienen menos probabilidades de buscar y recibir atención médica oportuna y adecuada. La falta de un seguro médico y de dinero para pagar consultas particulares, así como el desconocimiento sobre programas de salud pública, las aleja de la posibilidad de sanar u obtener tratamiento para sus dolencias.

Muchas personas tienen una carga adicional de preocupación por esta vía. Afecciones caracterizadas por dolor crónico, así como enfermedades gastrointestinales, infecciones y cáncer ameritan medicamentos de alto costo que no todos pueden pagar.

Por otro lado, el desconocimiento respecto al amplio campo de la salud mental y de las formas de mejorarla podría acentuar el impacto del dolor físico. Pocas personas de bajos recursos están al tanto de que existe la depresión y que se puede tratar; pocas saben que existen centros de rehabilitación y que existen profesionales capacitados para educar a niños con necesidades especiales.

Acceso desigual a la justicia social

Si bien muchos gobiernos han dirigido sus campañas a la igualdad y la justicia social, la realidad actual aún muestra mucha pobreza y discriminación en diferentes partes del mundo.

Las personas con menos recursos son más propensas a sufrir los prejuicios de la sociedad. Si bien la pobreza está estrechamente relacionada con la delincuencia y otros comportamientos antisociales, la falta de conocimiento sobre los deberes y derechos puede poner a las personas de bajos recursos en una posición de vulnerabilidad, haciéndolas más propensas a la violencia, las injusticias y la prisión. Esto, a su vez, conlleva sufrimiento para las familias, ansiedad y depresión.

Pobreza y enfermedad mental: un vínculo bidireccional

Todo lo expuesto hasta ahora tiene bases documentadas. Por ejemplo, la Fundación Pere Tarrés señala en un informe que la vida social, económica y el género de los niños y niñas influyen directamente sobre su salud física y mental.

Por otro lado, un estudio de la Universidad de Harvard y el MIT publicado en diciembre de 2020 en la revista Science bajo el título “Pobreza, depresión y ansiedad: evidencias causales y mecanismos” revela algo similar. Según sus hallazgos, las personas con ingresos más bajos suelen tener entre 1,5 y 3 veces más probabilidades de sufrir depresión o ansiedad en comparación con los ricos.

Pero la pobreza no solo influye en una sola dirección. Otro estudio publicado en la misma revista revela que las enfermedades mentales tienden a empeorar la situación económica de las personas.

Por ejemplo, estas pueden causar la pérdida del empleo y, por ende, la reducción de los ingresos de las familias. Asimismo, limitan significativamente el acceso a la educación y la adquisición de habilidades desde la juventud. Además, exacerba las desigualdades de género, y vale destacar que la prevalencia es desproporcionada entre las mujeres.

Lamentablemente, estos problemas son “contagiosos”. Cuando son los padres los que padecen trastornos mentales, su comportamiento y visión ante la vida pueden influir en el desarrollo cognitivo y los logros educativos y laborales de los niños. Es así como la pobreza impacta la salud mental de las personas de generación en generación.

Referencias:

Poverty causes mental illness and vice versa: how can we end this vicious cycle? https://www.nationalelfservice.net/populations-and-settings/poverty/poverty-causes-mental-illness-and-vice-versa-how-can-we-end-this-vicious-cycle/

El impacto de la pobreza en la salud mental. https://www.esmental.com/el-impacto-de-la-pobreza-en-la-salud-mental/

El vínculo entre pobreza y enfermedad mental es bidireccional. https://ciudadesamigas.org/pobreza-enfermedad-mental/

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