Amados por unos, odiados por otros, los gnomos de jardín se han convertido en un ícono muy reconocible en todo el mundo. Solemos escuchar que su origen viene de la mitología y las supersticiones que aseguran que tienen propiedades mágicas que traen buena suerte. Sin embargo, el verdadero origen de los gnomos de jardín va mucho más allá, al punto que este tiene que ver con los ermitaños ornamentales.

Sí, leíste bien: ermitaños ornamentales. Durante el siglo XVIII en Europa, había una moda en la clase alta que era bastante curiosa en la que los ermitaños eran contratados para simplemente vivir en los jardines de los más adinerados. ¿Por qué? Pues simplemente por fines estéticos.

¿De dónde surgió esto?

Los ermitaños son conocidos como personajes religiosos solitarios, que solían vivir en una capilla prácticamente aislados de la sociedad, y tal parece que en la época era perfectamente normal contratar a uno de ellos para que simplemente vivieran en los jardines y sirvieran de entretenimiento para los invitados.

Todo comenzó con la construcción de capillas en los jardines. El autor de ‘El ermitaño en el jardín’, el Dr. Gordon Campbell de la Universidad de Leicester, tiene una teoría al respecto:

La idea de mantener un ermitaño ornamental probablemente comenzó en Tivoli, al este de Roma, cuando el emperador Adriano tenía una villa. En su Villa, tenía un pequeño estanque y en el medio del estanque, tenía una casita para uno donde … podía retirarse de los horrores de gobernar el Imperio Romano”.

A partir de entonces, incluso el Papa Pío IV decidió que él también construiría una casita similar para usarlo como retiro. Tal influencia caló en la sociedad, hasta que el jardinero paisajista Lancelot “Capability” Brown marcó la tendencia con la inclusión de ermitas hechas de piedra o ladrillo en los jardines con fines estéticos, las cuales en su interior podían estar adornadas con conchas o huesos en su interior. También se popularizaron las capillas semi subterráneas, tal como las de los Hobbits de la Tierra Media ideada por el escritor J. R. R. Tolkien.

Casa de ermitaños ornamentales comparada con la de los hobbits.
A la izquierda, una típica ermita. A la derecha, una casa de un hobbit del filme “El Señor de los Anillos”.

No está claro en qué punto se decidió que era buena idea dejar que personas reales vivieran en ellas, pero rápidamente esta tendencia se hizo presente en toda Europa. Sin embargo, había un problema: lamentablemente los verdaderos ermitaños escaseaban.

Debido a que no era tan sencillo conseguir a uno real, los dueños de los jardines debían ingeniársela para mantenerse en la tendencia, así que contrataban a personas que se hicieran pasar por ermitaños a cambio de comida y un techo bajo el cual alojarse. Estos debían vestirse como druidas y se les pedía que dejaran que sus barbas, cabello y uñas crecieran.

Y sobre esto hay evidencia. Una de ellas proviene de Charles Hamilton, de Painshill Park, quien ofreció 700 libras (aproximadamente 1,2 millones de libras en la actualidad) a alguien que viviera durante siete años en su jardín. El anuncio especificaba lo siguiente:

Se le proporcionará una Biblia, lentes ópticos, una estera para sus pies, un cojín para su almohada, un reloj de arena como reloj, agua para su bebida y comida de la casa. Debe usar una túnica de camlet y nunca, bajo ninguna circunstancia, debe cortarse el cabello, la barba o las uñas, extraviarse más allá de los límites de los terrenos del Sr. Hamilton o intercambiar una palabra con el sirviente”.

Y no es el único. Se tiene el conocimiento de que varios propietarios solicitaban a sus ermitaños de esta forma y ofrecían grandes cantidades de dinero por sus servicios. Pero así como habían propietarios en la búsqueda de falsos ermitaños, también ocurría el caso contrario, como el del anuncio que apareció en London Courier el 11 de enero de 1810:

Un joven que desee retirarse del mundo y vivir como ermitaño, en algún lugar conveniente de Inglaterra, está dispuesto a comprometerse con cualquier noble o caballero que desee tener uno. Cualquier carta dirigida a S. Laurence (correo pagado), que se dejará en el No. 6 de Coleman Lane, Plymouth, del Sr. Otton, mencionando qué propina se dará y todos los demás detalles, será debidamente atendida”.

John Bigg, el ermitaño de Dinton
John Bigg, el ermitaño de Dinton. Fuente: Wellcome Library.

Sin embargo, había ocasiones en las que no aparecía un candidato correcto, así que los propietarios optaban por maniquíes e, incluso, autómatas manejados por sirvientes ocultos en la ermita.

Esta moda, a pesar de lo solicitada que fue en su momento, no duró demasiado. Si bien los ermitaños ornamentales volvieron a aparecer, como el caso de Stan Vanuytrecht, que en el año 2017 se mudó a una ermita en Saalfelden, Austria, no ha sido una tendencia que se ha mantenido en el tiempo.

O no lo es al menos de la forma en la que empezó.

Así aparecieron los gnomos de jardín

Los gnomos de jardín se originaron en los ermitaños ornamentales

En la historia solemos ver, en repetidas ocasiones, casos en los que una cosa se transforma hasta adquirir un significado completamente distinto. Lo vimos en el caso de la relación entre las brujas y las mujeres cerveceras del siglo XVI, y esta vez vuelve a ocurrir con los ermitaños ornamentales y los famosos gnomos de jardín.

Debido a que los ermitaños reales eran escasos y los falsos eran poco confiables, las enigmáticas figuras de jardín comenzaron a ser reemplazadas por autómatas o maniquíes. No es descabellado pensar que, a lo largo de los años, la simbología relacionada a los ermitaños, que se rodeaba de elementos religiosos, enigmáticos y hasta mágicos, se transformara finalmente en las pequeñas figuras simpáticas que hoy conocemos como gnomos de jardín.

Así que si lees esto y cuentas con estas figuras regordetas, barbudas y con gorros puntiagudos en tu jardín, probablemente no vuelvas a mirarlas como un símbolo de suerte o magia, sino como ermitaños ornamentales en miniatura.

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