¿Te has preguntado alguna vez por qué después de almorzar te provoca algo dulce? O ¿por qué después de satisfacer tu antojo de pastel te cuesta “ver” con mayor interés el mismo postre? La respuesta parece estar en un nuevo estudio publicado en la revista PLOS Biology que aborda los efectos de la comida sobre el sentido del olfato y viceversa.

Los investigadores de la Universidad Northwestern descubrieron que lo que comemos primero puede alterar nuestro sentido del olfato y afectar nuestras decisiones alimentarias posteriores.

Su conclusión fue que, así como el olfato regula lo que comemos, lo que comemos regula también nuestro sentido del olfato. Por lo tanto, nuestras decisiones alimentarias, y la variedad de los ingredientes que integramos en nuestra dieta, no solo depende del sentido del gusto. Nuestro cuerpo es más complejo de lo que creíamos.

Exposición a mezclas de olores de comida y “no comida”

En un interesante experimento, los investigadores expusieron a los participantes a una mezcla de olores: uno de comida y otro de algo no comestible. Por ejemplo, una mezcla de olor a pizza y pino, o de panecillos de canela y cedro.

Otro interés radicaba en determinar la cantidad de olor a comida que debía tener la mezcla en cada oportunidad para que el participante la detectara como dominante. La proporción de dolor a comida y de no comida variaba en cada mezcla que les presentaban hasta llegar a los extremos de un olor de solo comida o de no comida.

Mientras los hacían oler la mezcla, los participantes estaban conectados a un escáner de resonancia magnética para monitorar su actividad cerebral. Además, el experimento se realizó en dos condiciones: cuando los participantes tenían hambre y después de haber ingerido la comida referida en uno de los olores.

Con hambre, nuestro olfato es más sensible a los olores de comida

Panadería con numerosos productos emanando que suelen emanar olores que percibe nuestro olfato y estimulan el hambre.

Los investigadores descubrieron que, en situación de hambre, los participantes necesitaban un porcentaje mucho menor de olor a comida en una mezcla para percibirla como dominante.

Un participante hambriento puede percibir el olor a comida en una mezcla de 50 por ciento de un panecillo de canela y cedro mientras tiene hambre; pero si ya ha comido muchos bollos de canela, necesitaría que la mezcla tuviera 80 por ciento de este olor para poder percibirlo.

Es decir, podríamos percibir los primeros olores que emite un guiso mientras se cocina más fácilmente si tenemos hambre, pero probablemente nos cueste un poco más si ya hemos comido antes.

Después de comer, somos menos sensibles a ciertos olores

Mujer percibiendo olores de comida dulce para verificar su olfato.

Los escaneos cerebrales coincidieron con estas observaciones. La parte del cerebro que procesa los olores se comportó de forma diferente cuando los individuos percibían olores a comida antes y después de haberla comido.

Pero, aunque no eran tan sensibles a percibir el olor de justo la comida que habían ingerido, sí podían oler aquel proveniente de otro alimento. Así como cuando comemos un almuerzo con carne y vegetales; probablemente perdamos el interés en continuar con un platillo similar, pero si pasamos por una panadería nos sentiremos tentados por los olores de panecillos dulces recién horneados.

El efecto de la comida sobre el sentido del olfato

Los hallazgos constituyen un avance en la comprensión de cómo tomamos decisiones a la hora de comer y de la cantidad de factores que pueden influir. Si bien se sabía que el olfato está estrechamente conectado con el sentido del gusto, su papel es incluso tan importante como el de este último cuando escogemos alimentos.

Probablemente la menor propensión a percibir el aroma de algo que acabamos de comer se deba a que nuestro olfato “tiene muy buena memoria” y se acostumbra fácilmente. Además, cuando comemos, liberamos hormonas que indican a nuestro cuerpo que el hambre debería empezar a ceder.

Recientemente, un estudio similar también arrojó evidencia de la conexión entre el olfato y nuestras decisiones alimentarias. Por si fuera poco, esto también podría tener implicaciones en lo que respecta a la comprensión y tratamiento de afecciones psiquiátricas y metabólicas, como la obesidad, la adicción y la demencia.

Referencia:

Olfactory perceptual decision-making is biased by motivational state. https://journals.plos.org/plosbiology/article?id=10.1371/journal.pbio.3001374

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