El coronavirus ha causado estragos en el mundo y ha contagiado a ya más de 204 millones de personas. Pero sus efectos negativos no se detienen una vez la enfermedad se va. De hecho, investigaciones recientes han señalado que el COVID-19 podría dejar secuelas en el funcionamiento de nuestra respuesta de lucha o huida.

A través de una publicación en el Journal of Physiology se presentó por primera vez la idea de que el COVID-19 podría afectar el sistema nervioso a largo plazo. Para llevar la investigación a cabo los científicos Nina L. Stute, Jonathon L. Stickford, Valesha M. Province, Marc A. Augenreich, Stephen M. Ratchford y Abigail S. L. Stickford trabajaron en conjunto.

El COVID-19 perturba nuestra respuesta de lucha y huida

Para el caso actual, el estudio se realizó con participantes jóvenes y sin condiciones adveras que pudieran interactuar con el COVID-19. Al final, vigilaron durante 6 meses a 30 voluntarios –de los cuales 16 habían tenido coronavirus–.

Con la investigación, se comprobó lo que otros seguimientos de los pacientes con LongCOVID habían denunciado: incluso meses después de superar la enfermedad, su organismo seguía “desequilibrado”.

Específicamente, se observó que el sistema nervioso simpático de los supervivientes no funcionaba de la misma forma que el de aquellos del grupo control. En general, tendía a irse a los extremos, exagerando o disminuyendo las respuestas naturales del organismo ante determinados estímulos.

El sistema nervioso de los sobrevivientes empieza a funcionar anormalmente

Ilustración representativa de la respuesta de lucha o huida.
Vía bigstockphoto.com

Como lo mencionamos, haber sufrido de COVID-19 parece hacer que el funcionamiento de la respuesta de lucha o huida del organismo se desequilibre. En consecuencia, los individuos pueden sufrir de altas presiones arteriales o de un palpitar acelerado de su corazón al realizar actividades tan simples como sentarse o ponerse de pie.

En esos casos, se vio que el sistema nervioso simpático estaba inusualmente activo, lo que lo llevó a fomentar respuestas exageradas ante situación externas. Asimismo, otra ocurrencia común fue la hipoactividad simpática. En esos casos, el organismo se encontraba con un problema opuesto al primero: la fuerza o intensidad de las reacciones no llegaban a ser suficientes.

Así, los participantes con longCOVID reportaron menos dolor que sus contrapartes del grupo control al introducir su mano en un envase con hielo. Además, se pudo medir su actividad nerviosa, lo que permitió notar que ella fue particularmente baja. Eso incluso cuando el organismo estaba sometido a una potencial amenaza causada por la baja temperatura del hielo.

El inicio del camino

Es fácil notar que la muestra utilizada para el estudio es particularmente pequeña. Como consecuencia, más que resultados extrapolables, la investigación actual ha permitido sacar a la luz una serie de implicaciones de salud sobre el coronavirus que valdría la pena revisar con más profundidad.

Solo así será posible comprobar si el COVID-19 en efecto causa daños al funcionamiento de la respuesta de lucha o huida. Algo que, adicionalmente, se podrá complementar con más estudios para entender por qué ocurre tal reacción, cómo se desencadena y cuánto es el máximo de tiempo que puede durar.

Referencia:

COVID-19 is getting on our nerves: Sympathetic neural activity and hemodynamics in young adults recovering from SARS-CoV-2: https://doi.org/10.1113/JP281888

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