El “instinto cuidador” que parece venir al tener descendencia ha sido ampliamente estudiado por la ciencia. Actualmente, algunas posturas indican que es algo que exclusivo de las mujeres. Otras aseveran que simplemente no existe y otras, como la más reciente, tratan de encontrar las posibles sus raíces biológicas al estudiar la propensión de las madres a correr riesgos por proteger a los niños.

Efectivamente, ahora un nuevo estudio publicado en Cell Reports ha encontrado lo que parece ser el marcador cerebral que impulsa los comportamientos de cuidado. Hasta el momento, la investigación solo se ha realizado en un modelo con ratones, pero al menos abre el camino para posibles nuevos estudios orientados a humanos.

¿Qué cambio en el cerebro impulsa a las madres a tomar más riesgos por los niños?

Para poder identificar específicamente qué parte del cerebro impulsaba las conductas protectoras, los investigadores del RIKEN Center for Brain Science (CBS), en Japón, unieron fuerzas. Su trabajo conjunto les dejó identificar una zona del prosencéfalo en la que las neuronas manifestaban la presencia de una proteína conocida como receptor de calcitonina.

Investigaciones previas del mismo equipo ya habían señalado a la región central MPOA (cMPOA) del hipotálamo como un pilar de las conductas de crianza. Pero, los datos nuevos han puesto una señal mucho más clara sobre un marcador específico que podría hacer la diferencia para entender los impulsos que llevan a las madres a olvidar su propio bienestar y ponerse en peligro por proteger a los niños –o en el caso del estudio, a las crías de ratón–.

Un instinto poderoso

Madre ratón con sus crías.
Vía Wikimedia Commons.

Para poner a prueba los recién descubiertos indicadores, Kumi Kuroda y su equipo diseñaron diversos experimentos. Con ellos, pudieron observar que ni los ratones padres, ni las hembras o machos vírgenes de la especie tenían presencia alta de receptores de calcitonina.

Acá cabe destacar que el comportamiento de toma de riesgos no solo se aplica para la propia descendencia, de hecho, la necesidad de proteger de las madres parece extenderse a todos los niños. De allí que las ratonas madres estuvieran más dispuestas a arriesgarse por crías que ni siquiera eran de ellas.

El cerebro de las madres no solo sabe qué hacer, sino que impulsa la acción

Comparando a las madres ratonas con las vírgenes, las primeras fueron mucho más propensas a presentar comportamientos de cuidado y crianza como la construcción de nidos y la recuperación de crías que se alejan de él.

Como adición a lo anterior, también se evaluó la disposición de ambos grupos a tomar riesgos. Las madres ratonas en general siempre estuvieron dispuestas a caminar por un “laberinto elevado” del que podrían caer solo para recuperar a las crías que estaban en los extremos de él. Por su parte, incluso las vírgenes que habían recuperado crías en la jaula se negaron a arriesgarse por salvar a alguna en el laberinto elevado.

Un diferencia que, al silenciar la actividad de los receptores de calcitonina en las madres disminuyó notablemente. De hecho, lo hizo a tal punto que algunas crías no hubieran sobrevivido sin intervención, ya que ni las madres ni las vírgenes mostraban la disposición suficiente como para cuidar de ellas.

Toma de riesgos en madres para proteger a los hijos podría ser un cambio evolutivo común

Como dijimos más arriba, aún estamos lejos de saber si el “instinto cuidador” de las madres ratonas y su propensión a la toma de riesgos es similar al que se manifiesta en las mujeres humanas alrededor de los niños. Sin embargo, el haber podido identificar tanto a las neuronas de la cMPOA como al receptor de calcitonina en un área específica de la corteza cerebral sigue siendo un paso monumental.

En la actualidad, otros estudios ya se han preguntado qué cambios sufre el cerebro materno humano luego del embarazo. Al sumar sus resultados con las nuevas informaciones, podríamos ampliar como nunca antes el conocimiento sobre el “instinto maternal” y qué lleva a nuestra especie a manifestarlo.

Futuros estudios podrían enfocarse en estas zonas en otros mamíferos más cercanos a nosotros como los primates. Con ese tipo de datos, podríamos dar un paso más para entender a nuestra propia especie y los impulsos que la mueven.

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