Bata de médico y estetoscopio representando el sistema de salud estadounidense.
Crédito: Universidad Drexel.

La distribución de vacunas contra el coronavirus ha iniciado en Estados Unidos. Con ella, llegó una nueva luz de esperanza en la batalla contra la pandemia. Sin embargo, nuevas preocupaciones surgieron cuando el sistema de salud estadounidense detectó extraños casos de trombosis en los receptores de la vacuna de Johnson & Johnson.

Al igual que con AstraZeneca en Europa, esta noticia causó desconfianza inmediatamente entre los estadounidenses y las entidades como la FDA (Food and Drugs Administration) y la los CDC (Centers for Disease Control and Prevention). Para estos momentos, sabemos que ambas entidades ha vuelto a calificar como segura la vacuna y su distribución se ha retomado.

Aunque afortunadamente la situación no llegó a mayores, el hecho de que las alarmas se dispararan a tiempo fue una muestra positiva del sistema de salud estadounidense en acción. Lastimosamente, tal como lo ha recopilado JoNel Aleccia en Kaiser Heath News, la estructura de salud y seguridad de Estados Unidos con respecto a las vacunas aún tiene más vacíos que llenar si quiere estar preparada para enfrentar la crisis.

 Los “puntos ciegos” del sistema de salud estadounidense

Según recuenta Aleccia, para el momento en el que el COVID-19 llegó a Estados Unidos, la FDA se encontraba en medio de un proceso de transición. Durante este, se estaba cerrando programa utilizado durante la pandemia de influenza (H1N1) en el 2009. En paralelo, se estaba organizando y abriendo su reemplazo.

Pero, para cuando el coronavirus llegó, el primer programa estaba desmantelado y el segundo en construcción. Como consecuencia, incluso ahora la FDA no puede dar una respuesta o seguimiento completo a la situación del COVID-19 y las nuevas vacunas.

Según ha dicho la propia organización, podrían pasar semanas o meses hasta que pueda estar totalmente operativa en este ámbito. Mientras tanto el sistema de salud estadounidense ha trabajado con otras organizaciones y sistemas de vigilancia para intentar compensar dicha ausencia.

Hasta el momento, no ha habido grandes inconvenientes. Pero, la existencia de tantos “puntos ciegos” a causa de un sistema incompleto y meramente provisional se convierte en un problema serio que podría complicar el monitoreo y manejo adecuado de la situación de pandemia.

Las principales fallas del sistema de salud estadounidense están en su falta de unión

Como mencionamos, esta situación se trata de un evento particular, ya que las agencias de salud estadounidenses estaban en medio de una transición. Por lo que, muchos de sus mecanismos estaban parcialmente detenidos o simplemente fragmentados.

Asimismo, lo inédito de la pandemia llevó al sistema de salud estadounidense a tener que desarrollar otras alternativas con las que mantener un control sobre la situación. De allí el nacimiento de las iniciativas ya nombradas: Vaccine Safety Datalink y v-safe.

Sin embargo, nuevamente, todos estos son programas independientes que tienen sus propias fallas y carencias. Como resultado, el sistema de “vigilancia” para mantener protegida la salud de los ciudadanos estadounidenses se encentra dividido. Por lo que da mucho espacio para que se generen “puntos ciegos”.

Manos sosteniendo una vacuna frente a fondo azul con blanco.

En consecuencia, a causa de ellos, las entidades de salud corren el riesgo de pasar por alto señales potencialmente peligrosas sobre algún riesgo para la salud de los estadounidenses. Esto sobre todo en la actualidad, cuando la población comienza a recibir la vacuna y es necesario estar atentos a cada detalle.

Sumado a esto, el cierre de la NVPO durante la administración de Donald Trump también fue un golpe para el sistema de salud estadounidense. Cuando se fusionó esta organización de monitoreo de vacunas con otra de enfermedades infeccionas, se perdió el orden y no se creó un liderazgo claro.

Como resultado, ahora, en medio de la situación del coronavirus, no hay una sola voz de mando. Por lo que, sumado con la fragmentación de la vigilancia, se hace más complicado el poder tomar decisiones rápidas, asertivas y beneficiosas para la población.

¿Herramientas incompletas?

Como si fuera poco, Aleccia también rescata en su escrito que el sistema de salud estadounidense –a pesar de usar una multitud de alternativas– justamente omitió el uso de uno de sus “caballos de batalla” más fuertes. Este sería la red de monitoreo rápido de seguridad de inmunización posterior a la licencia, o PRISM, por sus siglas en inglés.

Este fue de vital utilidad durante la pandemia del H1N1 y cambió la forma de monitorear las enfermedades en todo Estados Unidos. Sin embargo, por algún motivo, este no ha sido utilizado en absoluto para monitorear el efecto de las nuevas vacunas durante la pandemia del COVID-19.

Un caso similar se da con BEST, el “sistema de eficacia y seguridad de los productos biológicos”. Este se activó en el 2017, pero solo recientemente ha comenzado a funcionar para detectar casos extraños en reacciones a diversos medicamentos. Incluso, se incorporaron a él las capacidades de PRIMS. Pero, nuevamente, no ha sido empleado para monitorear directamente la situación del coronavirus.

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