El mundo está lleno aún de preguntas sin responder. Algunas de estas buscan describir hechos sobre otros mundos más allá del nuestro; otras esperan desenterrar los secretos que quedaron ocultos en otros tiempos. Otras más, nos ayudan a entender más de nuestra propia mente. En esta última categoría se encuentra la pregunta: ¿si un árbol cae en el bosque y nadie estuvo para escucharlo… hizo algún sonido?

Todos hemos escuchado esta pregunta alguna vez, y muy posiblemente nos ha dejado navegando nuestra propia mente en búsqueda de una respuesta que fuera satisfactoria. Asimismo, muy probablemente, no la encontramos. Todo ya que esta pregunta, aunque planteada como una opción de “sí” o “no”, requiere mucho más que monosílabos para ser contestada adecuadamente.

Como un intento de hacer esto último, un artículo de BBC Mundo ha recopilado las perspectivas de la ciencia y la filosofía. De este modo, buscan poder finalmente ofrecer una explicación que no solo aborde la respuesta inmediata a esta engañosa pregunta, sino también las implicaciones que tiene para el entendimiento de nuestra propia mente y de la forma en la que vemos, entendemos e interpretamos el mundo que nos rodea.

Si un árbol cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿hace algún sonido?

Árbol caído en el medio del bosque.
Vía Public Domain Pictures.

Si no hay nadie que lo escuche, no hay sonido, pero eso no significa que no haya ondas sonoras o acústicas que tienen un efecto en el medio ambiente”, comenta Stefan Bleek.

El experto en psicoacústica, se comunicó con BBC Mundo para explicar este detalle en primer lugar. Por lo que, si nos preguntamos si un árbol hace algún sonido cuando cae en el bosque y nadie lo escucha, la respuesta monosilábica sería: no.

Pero, es claro que esto en realidad no cubre la totalidad del fenómeno, ya que, como también lo expresa Bleek, quien es parte del Instituto de investigación de sonido y vibración en la Universidad de Southampton, aunque haya una ausencia de sonido, no dejan de existir las ondas acústicas que puede interactuar con su entorno.

Pero… ¿qué es realmente el sonido?

Ahora, si vamos un poco más allá, aún de la mano con las explicaciones de Bleek, nos encontraremos con un pozo mucho más profundo en el que sumergirnos para entender de cómo nuestra “percepción” de un elemento puede alterar la forma en la que vemos, o interpretamos en nuestra realidad.

Representación de la escalera de Penrose. Crédito: ‘Inception’ (El Origen) de Christopher Nolan.

Para poder un ejemplo de esto, Bleek hace referencia a la escalera de Penrose, en la que la posición de los escalones te hace creer que subes o bajas eternamente –cuando en realidad solo estás dando vueltas–. Pero, debido a lo que se te hace percibir, tu “realidad” considera que en verdad te estás movilizando.

“El cerebro crea una ilusión de una percepción que no está realmente conectada a los estímulos físicos. Y es muy difícil identificar qué está pasando realmente”, explica.

En el caso de la escalera de Penrose, nuestros sentidos nos hacen creer que vemos y experimentamos algo que no ocurre (un ascenso o descenso). Con el sonido, puede pasar igual. Todo debido a que nuestra percepción de él –el momento en el que las partículas vibratorias pasan a nuestros oídos y estos las “traducen” a picos de electricidad que viajan al cerebro– es lo que realmente hace de los estímulos acústicos “sonidos”.

En otras palabras, sin la “interpretación” de nuestros oídos, solo serían partículas vibratorias en el aire. Por lo que, sin un oído para “traducir” las ondas acústicas del árbol que cae en el medio del bosque, su sonido simplemente no podría llegar a existir.

El árbol que cae en el bosque… ¿siquiera existe?

Si tomamos en cuenta que, en esencia, la explicación anterior nos habla del sonido como un constructo únicamente alcanzable por la mente –ya que sin ella, solo es una onda de partículas vibratorias–, entonces podemos dar paso a una perspectiva más filosófica para entender el fenómeno. Con esta, nos podemos preguntar entonces si el sonido es siquiera algo real, y hasta qué punto es solo creación de nuestra mente.

Junto con esta duda, también viene una pregunta que va más allá del sonido del árbol que cae, y que básicamente cuestiona la existencia de este como un todo cuando está en el medio del bosque, sin nadie que lo vea. Dicha perspectiva vino del obispo irlandés George Berkeley quien, durante el siglo XVII, disertó sobre lo que consideramos “real” y la existencia o no de lo que nos rodea.

Para comprenderlo mejor, la filósofa de física del London Kings College, Eleanor Knox, explicó:

“[Berkeley] Era un idealista que pensaba que, en última instancia, si el árbol cae en el bosque sin un observador no produce ningún sonido pues los árboles no se caen en el bosque sin un observador ya que no hay árboles sin observadores”.

En otras palabras, si el sonido que hace el árbol no existe sin alguien que lo escuche, entonces el árbol mismo tampoco puede existir sin alguien que lo vea. Esto debido a que, al igual que el sonido, lo que observamos –como los colores, por ejemplo, es el resultado de nuestros ojos traduciendo las longitudes de onda de la luz para transformarlo en imágenes.

Por un lado, podríamos ver a los ojos como las simples herramientas que nos ayudan a percibir. Por otro más filosófico, podríamos considerarlos los elementos que nos permiten “construir” lo que percibimos.

El árbol sí cae… y no cae

Árbol caído en el medio de la nada, como una representación de la falta de sonido que este tiene cuando cae sin ser escuchado por nadie.
Vía Public Domain Pictures.

Otra forma de responder a las ideas de Berkeley sería observándolas desde el punto de vista de la mecánica cuántica. Desde su debut en el siglo XX, la popularidad y arraigo de esta teoría solo han sabido aumentar.

Los experimentos realizados no han podido refutar su existencia y el descubrimiento de partículas como el bosón de Higgs solo han ayudado para comprender que, en efecto, la materia puede estar en más de un estado al mismo tiempo y que, de alguna forma, el observador tiene un efecto sobre ella.

Expertos de la filosofía de la física, como Knox, explican que esto no necesariamente quiere decir que la ciencia considere que al observador como el determinante de todo tipo de fenómenos. De hecho, insisten en que ellos pueden ocurrir incluso sin la necesidad de uno.

Pero… ¿cómo encaja esto entonces con los planteamientos de la filosofía y la física cuántica? Al igual que todo en el reino cuántico, a través de la superposición.

Por ahora, aunque Knox aclara que no es una postura que comparta, la explicación más arraigada en relación con la mecánica cuántica es que sus propiedades –así como permiten a la masa de dos átomos distintos ocupar un mismo espacio– dan la posibilidad de que dos eventos ocurran y no ocurran en simultáneo.

Es decir, en el bosque, sin que nadie lo escuche hacer un sonido, el árbol existe y cae; pero… al mismo tiempo, no cae. Esto crearía dos realidades, una en la que el árbol cayó y otra en la que no, estas comenzarían a ser divergentes una de otra desde allí, y volverían a bifurcarse en más ramas a medida que se van produciendo más eventos.

¿Siquiera existe nuestra realidad? ¿Existen varias?

Los planteamiento de la teoría de la mecánica cuántica fácilmente deja al mundo con miles de millones de realidades paralelas en constante creación y desarrollo en un proceso de ramificación prácticamente infinito. Claramente, es un concepto difícil de imaginar –sobre todo si estamos dudando aún de la existencia de al menos una realidad: la nuestra–.

Por un lado, Knox comenta que, si buscamos tomar la perspectiva de la ciencia, por ahora, la más aceptada es aquella que plantea la existencia múltiple y simultánea no de una, sino de miles de millones de realidades. Por otro, podemos adoptar la perspectiva del filósofo escocés David Hume.

“Para él, la principal y más reveladora objeción al escepticismo excesivo es que ningún bien duradero puede resultar de él. (…) Es decir que si de verdad nos entregáramos a la posibilidad de que somos ‘un cerebro en una cubeta’ [analogía para indicar que lo que percibimos es por completo un constructor de una simulación], nos costaría existir. Así que ante ese nivel de escepticismo, la primera respuesta debería ser: ¿realmente nos lleva a una buena vida morar en esa pregunta?”.

El escepticismo excesivo es aquel que, como con Berkeley, nos lleva a dudar de la existencia de todo. Para Hume, tal vez la mejor forma de abordar esta incógnita –que ni siquiera ahora se puede responder con total certeza– es simplemente no enfocarnos demasiado en ella.

Es decir, por nuestro propio bien, y la salud mental de la humanidad, es mejor asumir que todo existe –ya sea solo nuestra realidad, o los miles de millones de ellas que, aparentemente, nos acompañan–.

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