Mujer de tez oscura y afro con expresión de repugnancia.

Los indígenas de la tribu Shuar en la Amazonía ecuatoriana han mostrado a los investigadores que incluso en sus entornos cercanos a la naturaleza el asco puede ser un recurso preventivo poderoso. Según los hallazgos de un nuevo estudio, la repugnancia hacia ciertas cosas, como la saliva, las heces o la carne cruda, nos ofrece protección contra muchas enfermedades en su hábitat.

Una emoción innata para la supervivencia

Charles Darwin explicó en 1872 que la repugnancia era una emoción innata que ayudó a nuestros antepasados a evitar comer alimentos contaminados y obtener protección contra enfermedades. En general, las personas capaces de seguir dicho instinto tenían más posibilidades de sobrevivir y reproducirse, y en el proceso transmitieron esos genes que incluso hoy nos hacen sentir repugnancia.

Y lo hemos visto a lo largo de nuestra historia. Incluso nuestros sentidos del gusto y olfato nos ayudan ello al percibir sabores rancios o ácidos que solemos relacionar con comida o materia orgánica descompuesta.

La misma ciencia ha demostrado que, al menos en las culturas ricas y avanzadas a nivel sanitario, la repugnancia ofrece protección contra enfermedades. Sin embargo, este aspecto había sido poco estudiado en sociedades más tradicionales, como las de los indígenas.

Una encuesta sobre repugnancia a comunidades indígenas en la Amazonia

En un esfuerzo por llenar este vacío, un equipo de investigadores aplicó una encuesta a 75 hombres y mujeres Shuar en tres comunidades indígenas Shuar en la Amazonía ecuatoriana. Todos ellos vivían en entornos con una elevada exposición a patógenos, como lombrices intestinales, tricocéfalos y tuberculosis.

Las comunidades evaluadas exhibían diferentes niveles de desarrollo económico; estas iban desde vecindarios con chozas abiertas con pisos de tierra hasta casas construidas por los entes gubernamentales con pisos de concreto y ubicadas cerca de mercados de alimentos.

Mientras que la encuesta consistió en hacerlos clasificar ciertas cosas en función del nivel de repugnancia que les ocasionaban. Entre ellas, calificarían situaciones como ver a una persona vomitando, tocar carne cruda, encontrar gusanos en la comida o ver un roedor en el lugar en que almacenan su comida.

En busca de marcadores de inflamación 

Después de la encuesta, los investigadores analizaron muestras de sangre y heces recolectadas en el marco del “Proyecto de Historia de Vida y Salud Shuar”. El objetivo era buscar marcadores moleculares de alguna respuesta inmunitaria aguda derivada de infecciones bacterianas o virales.

Cabe destacar que los shuar, al vivir en entornos tan diferentes, no suelen sufrir de inflamación crónica como los estadounidenses y los europeos. De modo que los marcadores de respuesta inmune que observarían en las muestras serían indicadores confiables específicos de alguna infección.

Al comparar los resultados descubrieron que los indígenas que obtuvieron puntajes más altos en la escala de repugnancia de la encuesta también tenían menos señales inmunitarias de enfermedades, es decir, gozaban de cierta protección.

“Aquellos individuos que obtuvieron puntajes más altos en la escala de disgusto Shuar tenían niveles más bajos de activación inmune”, dice el antropólogo biológico Joshua Snodgrass de la Universidad de Oregon, coautor del estudio.

El entorno puede influir en el nivel de repugnancia hacia ciertas cosas

Luego procedieron a comparar las resultados entre las tres comunidades a fin de evaluar los efectos del entorno. Descubrieron que la sensibilidad a la repugnancia hacia ciertas cosas puede cambiar con el medio ambiente.

En efecto, los shuar que vivían en condiciones más tradicionales mostraron menos repugnancia en comparación con los que vivían en casa con pisos de concreto y tenían acceso a agua limpia y comida del mercado.

“Si tiene una casa abierta con pollos entrando y realmente no puede limpiar las heces de los animales en el piso de tierra, no puede darse el lujo de estar demasiado disgustado”, dice Tara Cepon-Robins, antropóloga de la Universidad de Colorado. “Pero si puede permitirse el lujo de evitar esas cosas, su disgusto aumentará para permitirle evitar la exposición a patógenos”.

Este estudio ha arrojado una de las primeras evidencias del papel de este sentimiento en la protección de la salud humana. Evaluarlo en un entorno como el de las ciudades, donde la exposición a contaminantes y el estrés prácticamente compensan los riesgos de la exposición a patógenos habría sido muy difícil.

Referencia:

Disgusted by spoiled food? You may be protecting yourself from disease. https://www.sciencemag.org/news/2021/02/disgusted-spoiled-food-you-may-be-protecting-yourself-disease