Niña asiática con tapabocas sobre fondo azul claro.
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Las vacunas contra el coronavirus ya han comenzado a dispersase por varias partes del mundo. Con esto, se dan los primeros pasos para poder poner un fin a la pandemia que nos atacó durante todo el 2020. Sin embargo, estamos lejos de haber finalizado la batalla. Esto sobre todo si consideramos que poblaciones claves, como los niños, aún no han iniciado la vacunación contra el COVID-19.

A estas alturas, sabemos que vacunar a los niños es vital para su buena salud. No obstante, justo durante la pandemia la importancia de esta acción se hace incluso más grande. Todo debido a que las vacunas reglamentarias pueden ayudar a los pequeños a estar un poco más protegidos contra el SARS-CoV-2.

Aun así, ninguna otra vacuna podrá ser tan efectiva como aquella específicamente diseñada para hacer frente a este virus. Por este motivo, es claro que es necesario desarrollar alternativas de vacunas contra el COVID-19 seguras para los niños. Ahora, ¿por qué no se ha hecho?

¿Por qué se tardan en iniciar la vacunación contra el COVID-19 en niños?

Básicamente, el motivo por el que la vacunación contra el COVID-19 en niños no ha comenzado es que aún no se han desarrollado los ensayos pertinentes. Sin estos, no se puede saber si las vacunas actuales son seguras para los más pequeños. Por lo que no es posible iniciar campañas de vacunación hasta que se garantice el bienestar de los infantes.

Ahora, los motivos por los que este proceso de pruebas se ha retrasado son varios. Entre ellos, los tres más resaltantes son:

Los niños son menos vulnerables al virus

Según se ha visto a lo largo de la pandemia, los niños parecen menos vulnerables tanto al contagio como a los efectos del coronavirus. Según investigaciones pasadas, incluso se pudo determinar que los más pequeños tienen respuestas inmunes distintas a los adultos. Esto implica que general distintos tipos y cantidades de anticuerpos, por lo que lidian con el coronavirus de una forma diferente a como lo hacen los más grandes.

Sus síntomas suelen ser menos severos

Por otra parte, como un reflejo del primer punto, los infantes también suelen tener respuestas menos severas al coronavirus. De hecho, estudios anteriores han indicado que al menos un tercio los niños con COVID-19 en el mundo son asintomáticos.

En los casos en los que sí se hacen presentes los síntomas, estos suelen ser simplemente tos, fiebre, congestión nasal y dolor de garganta. De hecho, aunque sí los hay, son raros los cuadros de hospitalización en niños por cuadros severos de coronavirus.

El desarrollo de vacunas para ellos es más lento

Así como en un principio Pfizer-BioNTech, AstraZeneca-Oxford, Moderna y Johnson & Johnson (J&J) debieron realizar ensayos a gran escala para probar la efectividad de sus vacunas –ahora deben repetir el procedimiento, pero enfocados específicamente en los grupos infantiles–.

El problema radica en que la realización de dichos ensayos suele ser incluso más delicada que las pruebas regulares para adultos. Por este motivo, se han terminado primero las regulares antes de empezar a desarrollar las pruebas para la vacunación contra el COVID-19 en niños.

Hasta los momentos, Pfizer y Moderna ya han iniciado con estas pruebas. Por su parte, AstraZeneca y J&J planean comenzar las suyas para mediados de este año.

El peligro de retrasar la vacunación en niños

Ahora, estas precauciones que se han tomado para garantizar la seguridad de los niños también viene con sus propios problemas. En la actualidad, esta situación implica que solo los adultos, en los casos de Moderna, J&J y AstraZeneca podrán recibir los primeros lotes de vacunas; mientras que, en el caso de Pfizer, los candidatos a la vacuna deberán ser mayores de 16 años.

Con esto, a un año de la pandemia, una gran porción de la población no cuenta con una opción de vacuna contra el coronavirus. Como consecuencia, aunque es posible que los contagios entre adultos comiencen a disminuir, las cifras entre niños como mínimo se mantendrán y pasarán a ser los protagonistas de la pandemia.

Este detalle ya se ha visto en las poblaciones de jóvenes adultos que, por considerarse más resistentes al virus, fueron mucho menos cuidadosos durante los periodos de cuarentena. Con esta situación, los niños podrían convertirse en reservorios de virus que, aunque no los afecte directamente, dificultarían dar el necesario cierre a la situación de pandemia.