La carrera presidencial de Donald Trump ha llegado a su fin y, con ella, la nación inicia un nuevo capítulo en su historia. Sin embargo, no es la única que tendrán grandes cambios en su porvenir. Como sabemos, un expresidente de Estados Unidos nunca vuelve a tener el estilo de vida de antes de su presidencia. Por lo que, Trump tendrá que ajustarse a los nuevos cambios.

A pesar de todas las polémicas que rodearon sus últimas semanas en el poder, Trump sigue siendo un exprimer mandatario. Por lo cual, a partir de ahora el magnate tendrá una relación particular con el gobierno estadounidense. Una que solo adquieren los pocos individuos que alcanzan estas posiciones.

Un expresidente de Estados Unidos nunca se aleja por completo del gobierno

En primer lugar, hay que acotar que, aunque el expresidente de Estados Unidos deja su cargo, nunca más en su vida se aleja del gobierno. De hecho, incluso continúa recibiendo informes confidenciales de Seguridad Nacional. Todo por si se da el caso en el que deba aconsejar al mandatario actual o dar declaraciones sobre este.

Igualmente, como los expresidentes continúan siendo figuras públicas, es vital que se mantengan bien informados para no causar malentendidos al dar entrevistas o declaraciones.

Un detalle más sobre estas últimas es que, el presidente inactivo deberá abstenerse de darlas durante las primeras semanas del mandado de su sucesor. Durante estas, el nuevo mandatario tendrá la oportunidad de entregar a la población sus nuevos mensajes y establecer su posición.

Luego de esto, la figura del expresidente puede continuar siendo influyente en el mundo político y partidista. Sin embargo, su participación en todo el proceso se hace mucho más puntual que cuando estuvo en el centro de los reflectores.

Tiene la posibilidad de regular cómo se cuenta su historia

Una actividad particular que deben realizar todos los presidentes es la de regular la construcción de una biblioteca especializada a su nombre. Esto ha sido una ley desde 1955 y se realiza para crear un registro total de todas las comunicaciones, leyes y demás elementos que hayan sido parte del mandato del expresidente –y que no sean de carácter confidencial–.

Claramente, los presidentes no tienen la posibilidad de editar o eliminar los registros allí colocados –buenos o malos para su imagen–. Pero sí cuentan con la potestad de determinar el tono de algunos de los relatos sobre sus decisiones y acciones.

De este modo, pueden regular hasta cierto punto la forma en la que su historia y su legado se presentarán al mundo y a las generaciones por venir.

Un estilo de vida cómodo y asegurado

El título “expresidente de los Estados Unidos” probablemente sea una de las mejores referencias que una persona podría colocar en su currículum dentro de esta nación. Sin embargo, los exmandatarios no deben preocuparse más en su vida por cuestiones de dinero o de estabilidad laboral.

Desde hace más de 60 años, los presidentes al dejar el cargo han sido receptores de un subsidio vitalicio del Estado. Por años, este llegó a ser mayos a los 200 mil dólares. Sin embargo, Obama en el 2015 colocó una restricción para que la pensión nunca superar esta cifra.

De todos modos, por lo general, los mandatarios también consiguen formas alternas de hacer dinero al escribir libros y dar entrevistas sobre su experiencia como presidentes. Las ganancias obtenidas en estos casos, más el subsidio presidencial, terminan por ser más que suficiente para tener una vida cómoda.

Igualmente, si cumplen con dos periodos presidenciales, mantienen de por vida los derechos de acceso al sistema de salud que tienen los empleados federales. Igualmente, si el mandatario fallece, su esposa –la primera dama– termina recibiendo también un soporte vitalicio, pero mucho menor (de 20 mil dólares anuales).

Pero hay un precio

A pesar de que la vida de un expresidente de Estados Unidos está prácticamente asegurada, no se puede decir que la nueva comodidad no venga con sus “peros”. Desde el 2013, se aprobó una ley que garantizaba la protección vitalicia de los exmandatarios por parte del Servicio Secreto. Esto también se extiende hasta sus esposas, de por vida, y a sus hijos, hasta los 16 años.

Con esto, viene una pérdida de privacidad y de libertades que deberán manejar toda su vida. Por ejemplo, todas las comunicaciones, correspondencia, paquetes e interacciones de los expresidentes estarán vigiladas y reguladas primero por el Servicio Secreto.

Asimismo, ya no hay nada como el libre albedrío. Los expresidentes no pueden “ser espontáneos” y salir a pasear, comer en un restaurante o visitar a amigos. De hecho, ni siquiera pueden conducir por calles abiertas –una medida que se tomó luego del asesinado del presidente John F. Kennedy–.

Por si fuera poco, las reuniones y comunicaciones de los anteriores mandatarios también deberán estar siempre reguladas por un agente. Como consecuencia, incluso en los momentos de interacción familiar la presencia del Servicio Secreto será necesaria.

La vida de un expresidente de Estados Unidos nunca se aleja del Servicio Secreto

La presencia del Servicio Secreto en la vida de los expresidentes de Estados Unidos no para allí. De hecho, el exmandatario siempre deberá estar acompañado por un agente, por lo que su presencia se volverá una constante hasta el último de sus días.

Igualmente, nos solo es que los presidentes no pueden conducir en calles abiertas, sino que tampoco pueden hacerlo solos. Por esto, hasta en los viajes más mínimos, un agente del Servicio Secreto estará con ellos.

Sumado a esto, su vida digital (llamadas, redes sociales y demás) también estarán monitoreados 24/7. Todo para poder registrar de inmediato cualquier actividad sospechosa.

Expresidentes como Richard Nixon han renunciado voluntariamente a la protección del Servicio Secreto. Sin embargo, no es una práctica común. El registro más reciente de esto se dio en el 2017, cuando el hijo de Trump, Donald Trump Jr. optó por rechazar la protección “por privacidad”.