Mujer haciendo ejercicio.
Vía Pixabay.

Aumentar nuestra actividad física es siempre un tema en nuestra lista de pendientes, pero pocas veces encontramos el verdadero impulso para hacer esto realidad. Ahora, científicos de la Universidad de California (UC) en Riverside parecen haber encontrado que el truco para motivarnos a hacer ejercicio puede ocultarse detrás de un olor.

Con una publicación como preimpresión en BioRxiv, otra ya como artículo revisado en el portal chino X-Mol y una más pendiente en la revista PLOS ONE, este estudio ha sido de todo, menos ignorado. En él, un investigador de la UC junto con su equipo interdisciplinario dirigió un estudio realizado sobre un modelo animal con ratones.

Durante este, se midió qué tanto podía cambiar la predisposición al ejercicio o a sedentarismo de estas criaturas dependiendo de a qué aromas se los expusiera. Como resultado, se pudo ver que determinados olores pueden actuar como factores motivacionales para aumentar la actividad física.

¿Por qué algunos son más propensos a ejercitar que otros?

“A algunas personas les gusta hacer más ejercicio que a otras, pero no se comprende bien por qué es así”, inicia Sachiko Haga-Yamanaka asistente de biología molecular, celular y de sistemas en la UC. Con esto, la también autora principal del estudio plantea el problema que se buscaba entender con su investigación.

Para esto, se basaron en un modelo con ratones ya que, como se ha demostrado en otras ocasiones, estos tienen una tendencia natural al ejercicio voluntario. Específicamente hablando, han demostrado tener la voluntad de usar para correr las ruedas para roedores cada vez que se las facilitan. Pero, ¿qué es exactamente lo que los motiva a hacerlo?

Al poder entender de cierto modo lo mecanismos que regulan esta conducta en los ratones, los investigadores esperaban también poder comprender mejor aquellos que la regulan en nosotros.

Oliendo la respuesta

Para poder encontrar estas respuestas, Haga-Yamanaka junto a su colega Theodore Garland Jr. desarrollaron un modelo de estudio que seguiría dos linajes de ratones. El primero estaría seleccionado previamente y se identificaba como de “alto nivel”. Este se componía de ratones con una gran predisposición a utilizar las ruedas para correr.

Por su parte, el segundo sería el control y estaría compuesto por ratones comunes, sin modificar ni seleccionar especialmente. De esta forma, se podría averiguar qué elementos realmente establecían las diferencias entre un grupo y otro.

Para sorpresa de Haga-Yamanaka y de Garland Jr., quien también es profesor de evolución, ecología y biología de organismos en la UC, las diferencias genéticas entre los grupos fueron incluso mayores a las esperadas. De hecho, el grupo de alto nivel manifestó de forma totalmente distinta un grupo de genes con receptores quimiosensoriales.

 “Nuestros resultados sugieren que estos receptores quimiosensoriales son ubicaciones de rasgos importantes para el control del ejercicio voluntario en ratones”, continuó Haga-Yamanaka.

En consecuencia, los ratones de alto nivel percibían los olores de forma distinta a su contrapartes del grupo de control. Como conclusión, el equipo de investigadores considero que una parte de lo que puede motivarnos o no a hacer o no más ejercicio se encuentra cómo percibimos el olor.

Entonces… ¿también cuenta para nosotros? ¿El olor de verdad puede motivarnos a hacer ejercicio?

Hombre musculoso rocía con spray grade el espacio en el que tiene una gran pesa y hace la pantomima de aspirar con fuerza el olor del Glade.
Crédito: Universidad de California, Riverside.

“No es inconcebible que algún día podamos aislar los productos químicos y usarlos como ambientadores en los gimnasios para que la gente esté aún más motivada para hacer ejercicio”, dijo Garland.

Un motivo por el que esta investigación podría hacer un lejano paralelismo con los humanos es porque estudió los cambios genéticos relacionados con el órgano vomeronasal. Este en particular se trata de una característica bastante común en la mayoría de los mamíferos (incluidos nosotros), además de en algunos anfibios y escamatos.

Efectivamente, el órgano vomeronasal el encargado de procesar las feromonas y sustancias químicas del ambiente. Por lo que, los cambios en su funcionamiento implican modificaciones en la forma en la que nuestro cerebro procesa los estímulos olfativos. Como consecuencia, también puede venir un potencial cambio de comportamiento.

Ya investigaciones anteriores habían descubierto cómo el ejercicio puede cambiar nuestro cerebro y nuestra sangre. Sin embargo, ahora este demuestra cómo la forma en la que percibimos el olor puede hacernos cambiar nuestra actitud ante el ejercicio, ya sea al motivarnos más hacia este o al hacernos naturalmente más apáticos.

En un futuro, los investigadores esperan poder desarrollar con sus investigaciones los químicos correctos que puedan estimular los receptores quimiosensoriales. De esta forma, estos incluso en un futuro se podrían utilizar en lugares como gimnasios para motivar a las personas a entrenar con más ganas.

Referencia:

Coadaptation of the chemosensory system with voluntary exercise behavior in mice: https://doi.org/10.1101/2020.05.24.113506