Hace diez años un mal cayó sobre el ganado en la Unión Europea. De repente, las vacas comenzaron a presentar comportamientos extraños que aumentaban su intensidad hasta que, inesperadamente, fallecían. Muy pronto esto se extendió por la población y comenzó a hablarse del terrible mal de las vacas locas.

El nombre científico de esta enfermedad es la Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB), y no, no proviene solamente de las vacas. En realidad, las encefalopatías han estado presentes en el mundo desde hace muchos años, pero llegaron a las vacas (y, posteriormente, a los humanos) gracias a un suceso especial similar al de los murciélagos y los pangolines con el coronavirus.

Pero para entender cómo pasó todo esto, debemos irnos mucho más atrás en la historia, hasta 1957.

No más cerebros, por favor

Como mencionamos anteriormente, si revisamos la historia, las encefalopatías han estado presentes desde hace muchos años, solo que solían ser tan poco comunes que no había la oportunidad de estudiarlas a profundidad hasta 1957. Ese año se registró un caso peculiar y, a raíz de eso, se describió una nueva y rara enfermedad llamada Kuru.

Kuru se daba principalmente en las mujeres y niños de algunas tribus de Nueva Guinea, quienes comenzaron con síntomas que iban desde andar inseguro y pérdida de coordinación, hasta demencia y, por último, la muerte. Luego de varias investigaciones se determinó que la enfermedad se transmitía gracias a un ritual fúnebre caníbal en el que los niños y mujeres consumían el encéfalo de la persona que fallecía, así que estos presentaban los síntomas años después de la ceremonia.

Sin embargo, investigaciones posteriores encontraron que la enfermedad Kuru era similar a la Creutzfeldt-Jakob (CJ) descrita en 1920, la cual se caracteriza por generar depresión, demencia, alucinaciones y alteraciones en el comportamiento. Años después, se encontraron otras enfermedades similares, como la Gertmann Sträussler Scheinken o la enfermedad de insomnio familiar letal, y se las incluyó en la categoría de Encefalopatías Espongiformes, las cuales son muy raras. La CJ, que es la más común, presenta una incidencia de 1 en 1.000.000 al año.

Grupo de ovejas

Ahora bien, en animales sigue siendo una enfermedad poco común, pero no tanto como en humanos. Las ovejas y las cabras son más propensas a presentar este tipo de enfermedades, de las cuales la más común es la conocida como scrapie, en la que los síntomas se caracterizan por dificultad al andar, irritabilidad y picores que llevan al infectado incluso a arrancarse la piel o el pelo.

En este punto seguramente te preguntarás cómo es se dio el mal de las vacas locas y quizás te desagrade saber que fue similar a la forma en la que se transmitió el Kuru en las tribus de Nueva Guinea. Sin embargo, para explicarte cómo pasó, hay que hablar de otro elemento importante en todo este ciclo de contagio: la proteína PrPSc.

Una proteína infecciosa

Fotografía de un cerebro con Encefalopatía Espongiforme Bovina
Así luce la Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB). Cortesía de Medicina Veterinaria y Zootecnia.

Verás, lo que sucede con las Encefalopatías Espongiformes es que el individuo afectado sufre de estos cambios de comportamiento debido a que la afección convierte su cerebro en una masa porosa similar a una esponja, de ahí el término “espongiforme”. Con esa descripción seguramente podrás tener una idea de lo terrible que es sufrir de alguna de estas enfermedades.

Las ovejas poseen una proteína no esencial denominada PrPc. Esta, ya sea espontáneamente o por factores genéticos, puede llegar a convertirse en el prión PrPSc, una proteína mal plegada que es capaz de transmitir su forma a otras variedades de la misma proteína, lo que causa que se formen depósitos en el sistema nervioso que generan esa textura singular en su cerebro.

Ahora bien, sin saberlo, se utilizaron ovejas que padecían de scrapie para preparar harinas alimenticias que le daban a comer a las vacas, por lo que el número de vacas infectadas rápidamente escaló y causó pánico en Europa, en donde comenzaron a hablar del mal de las vacas locas.

Vacas y humanos infectados

En el año 2001 en el Reino Unido, la tasa de infección de las vacas con EEB era muy alta. Del total de los casos, el 98% provenía de esta región, y por si el pánico no fue suficiente con eso, surgió otro problema mayor: las personas comenzaron a contagiarse.

Sucedió tal como probablemente te lo imaginas: los humanos comenzaron a consumir ciertas partes de los bovinos llamadas MER, que son, nada más y nada menos, que los nervios, sesos e intestinos. Estas personas habían contraído una variante de la enfermedad de la enfermedad CJ.

En España decidieron cerrar sus fronteras a las reses reproductoras que provenían de Francia, Irlanda, Reino Unido, Portugal y Suiza. En ese país, para el año 2008, se habían contabilizado un total de 5 víctimas mortales. En Francia fueron 23 y en Reino Unido, 55.

Un final feliz

Vaca viendo directamente a hacia la cámara

En vista de la situación, a principios del siglo se comenzaron a aplicar fuertes controles en toda Europa para regular la enfermedad en los animales. Se prohibió la elaboración de harinas con carne y hueso animal, se hizo obligatorio el análisis de los casos sospechosos de las vacas destinadas a consumo humano y se exigió la eliminación de los tejidos MER de las mismas.

Hoy en día, el mal de las vacas locas está controlado, pero no ha desaparecido por completo. Sin embargo, los casos han disminuido de forma drástica, pues actualmente se ubican en aproximadamente 13 casos en España, a diferencia de los 776 registrados en el año 2000.

Las medidas han funcionado con éxito y se prevé que, en el futuro, esta enfermedad desaparezca por completo de los bovinos. Sin embargo, es inevitable que, al ver situaciones como esta, e incluso con lo que sucede hoy en día con el coronavirus, reflexionemos severamente acerca de nuestra alimentación. ¿No será mejor dejar a los animales tranquilos y, quizás, cambiarse a una dieta libre de carne?