esponja de lavar platos sobre mesa de madera representando la crisis de desinfección desatada por el COVID-19.
Vía PickPik.

En la actualidad, el SARS-CoV-2 ha logrado contagiar a más de 41 millones de individuos en el mundo, llevándose ya las vidas de un millón de estos. En medio de esto, seguimos haciendo lo posible por mantenernos a salvo y lejos de su alcance. Ahora que el año termina estamos un poco mejor informados para llevar esto a cabo. Pero, la crisis de desinfección que vimos a inicios del 2020 y que se extendió hasta mediados de este nos recuerda claramente lo mucho que no sabíamos del COVID-19 y lo que nos queda por aprender.

Dicha crisis que desató una necesidad intensa de la humanidad de desinfectar todo a su alrededor nació del conocimiento de que el coronavirus era capaz de adherirse a variadas superficies y permanecer en ellas por días. Asimismo, aunque se sabía que dependiendo del material, los periodos de supervivencia del virus podían variar, las medidas extremas se tomaron para todas por igual.

Ahora, no solo sabemos que estos efectivamente tienen diferentes tiempos de vida dependiendo de factores como el tipo de superficie, la exposición a la luz, la temperatura o la humedad del ambiente. De hecho, también hemos llegado a entender por qué ocurren estas diferencias de duración en primer lugar. Sin embargo, ¿este nuevo conocimiento nos ha sacado de la crisis de desinfección?

Crisis de desinfección: mitos y realidades sobre el COVID-19

En un principio, se plantearon posibilidades como que las mascotas como los gatos podían ser transmisores del virus. Sumado a esto, se empezó a ver a los alimentos con desconfianza (como otros posibles transmisores del SARS-CoV-2).

Esencialmente no podemos desinfectar tan frenéticamente a nuestras mascotas, por lo que al menos ellas se salvaron el embate de la crisis de desinfección que se desató por el miedo al COVID-19. Sin embargo, los alimentos no tuvieron la misma suerte, con millones de personas optando por desinfectarlos también como si se trataran de su teléfono o del pomo de una puerta.

Afortunadamente, la ciencia rápidamente llegó a desmentir ambas creencias. Se estipuló claramente que aunque mascotas como perros y gatos podían contagiarse, no eran transmisores para los humanos. Igualmente, incluso la Organización Mundial de la Salud alzó su voz sobre el tema de los alimentos. Así, durante un comunicado estipuló que no había evidencia que indicara a la comida como transmisora de la enfermedad.

Igualmente, en abril se vivió un incómodo y tenso momento en Estados Unidos cuando su primer mandatario instó a las personas a “inyectarse desinfectante” para alejar el virus. Todo bajo la lógica de que si estos servían sobre las superficies, también lo harían en el organismo. Claramente, ingerir desinfectantes es perjudicial para la salud y rápidamente quienes siguieron este consejo vieron las consecuencias. Por suerte, el sentido común ganó la batalla y la situación se superó rápido. Pero no sin primero obligar a infinidad de empresas y personalidades a pronunciar su desconcierto sobre la situación y a indicar a las personas que “por favor, no beban desinfectante”.

Aumenta nuestro conocimiento sobre el COVID-19

En paralelo con esta situación, se comenzó a pensar que otros elementos como paquetes de correo –cuyo número aumentó debido al crecimiento del deliverys durante la pandemia– podrían ser transportadores del virus. Pero, debido a sus materiales y al tipo de cadena de distribución que los maneja, se descartó la posibilidad por ser algo poco riesgoso.

Igualmente, ya llegando a la mitad del año, se planteaba la posibilidad de que los espacios de tránsito masivo fueran fuentes de contagio activas y constantes. Para esto, se han desarrollado variadas pruebas destinadas a medir el nivel de ARN viral del SARS-CoV-2 sobre las superficies. Inicialmente, la crisis de desinfección también había llegado a la conclusión de que sería necesaria una limpieza constante de todas estas áreas comunes.

Sin embargo, por lo que revelaron las propias pruebas, esta medida no sería necesaria en todas partes. En realidad, podría usarse solo en espacios de altas concentraciones virales, como sales de hospitales y afines. Para esto, se ha observado que la luz ultravioleta podría ser la mejor aliada.

Solo con la ‘Ley de Murphy’

Un detalle que rodea las partículas del SARS-CoV-2 atrapadas en una superficie es que no es tan fácil para estas salir de allí. De hecho, solo guiándonos por preceptos empíricos como los de la Ley de Murphy (“Todo lo malo que pueda pasar, pasará”) nos encontraríamos ante un escenario de alto contagio de la enfermedad a través de una superficie.

Primeramente, el SARS-CoV-2 tendría que llegar en suficientes cantidades a la superficie como para orquestar una invasión al organismo una vez entre en contacto con él. Igualmente, debe ser caer sobre un elemento poroso y favorecedor para que la mayoría de las partículas puedan adherirse.

Si esto se logra, entonces es importante que las condiciones adecuadas de temperatura, humedad y exposición al Sol se den. Todo para que los virus no mueran antes de tiempo y extiendan lo más posible su lapso de vida.

No contentos con esto, luego, un segundo individuo no solo debería entrar en contacto con la superficie a través de sus manos, sino que luego tendría que llevar estas a puntos de entrada al organismo como la nariz o la boca. Igualmente, si fuese a llamarse un contagio masivo, esto no solo tendría que repetirlo una persona, sino al menos un grupo mayor a una decena, para que se pudiera pensar en una posible superpropagación.

Sobra decir que, incluso ahora, esta situación no se ha dado.

Más allá de la crisis de desinfección: la verdadera forma de estar protegidos contra el COVID-19

Efectivamente, bañarnos en productos de limpieza y sumergir todo lo que nos pertenece en desinfectante no parece la mejor idea, sobre todo con lo dañinos que suelen ser muchos de estos productos. Sin embargo, sí es importante que mantengamos la higiene de puntos estratégicos en el hogar o en el espacio de trabajo para asegurar que el virus no prolifere donde no debe.

Sin embargo, nuevamente, acá, la mejor defensa que podremos tener contra la enfermedad no se dará tanto a través de qué tan limpio mantengamos el pomo de esa puerta. De hecho, dependerá más de qué tan conscientes y sistemáticos seamos con el lavado de nuestras manos.