Representación de un cráneo humano de costado sin un cerebro dentro para representar cómo se vería al vivir sin cerebro.

Sabemos que nuestro cerebro es el centro de operaciones de nuestro organismo. Por lo que, la idea de no tenerlo y de poder hacer una vida sin él no solo nos es ajena, sino absolutamente extraña. Sin embargo, la ciencia nos trae evidencias que nos hacen creer en la posibilidad de vivir sin cerebro… al menos hablando de la concepción tradicional de este.

El escrito compartido por Roger Lewin en 1980, sobre los trabajos anteriores del neurólogo británico, John Lorber, llamado ‘Is your brain really necessary?’ (en honor al título original de los estudios) nos abre camino a un universo de investigaciones sobre la hidrocefalia que, incluso ahora, pone en duda las ideas que tenemos sobre la mente humana y su funcionamiento.

La hidrocefalia, es básicamente la subida de líquido cefalorraquídeo de la sangre al cerebro. Usualmente se manifiesta en infantes y, si no es tratada, puede tener consecuencias letales. Por lo general, algunos de sus sobrevivientes terminan presentando daño cerebral irreparable debido a la presión del exceso de líquido en el cráneo. Pero, en casos más particulares, ninguna consecuencia negativa es realmente apreciable… excepto la “desaparición” del propio cerebro.

El caso del estudiante “sin cerebro”

Representación de cómo se vería el cráneo sin cerebro (izquierda) vs. una representación de su composición usual (derecha).
Representación de cómo se vería el cráneo sin cerebro vs. representación de su composición usual.

Uno de los casos más notorios retratados por Lorber es recordado por Lewin en su escrito. Este se trataba de un estudiante de matemáticas de la misma universidad en la que Lorber trabajaba e investigaba.

Según escribe, el estudiante tenía una forma craneal ligeramente anómala. Por esto, y sabiendo sobre los estudios en hidrocefalia que hacía el neurólogo, se lo puso en contacto con el alumno y este accedió a que se le hicieran estudios.

Sin embargo, lo que se esperaba fuese tal vez una pequeña malformación craneal se convirtió en un descubrimiento que hasta ahora impacta a quien lo conoce por primera vez: el estudiante no tenía cerebro.

La masa cerebral, en la cual deberían estar las neuronas, simplemente no estaba presente en los escaneos cerebrales. En su lugar, solo había “agua”, es decir, estaba inundado con líquido cefalorraquídeo.

Vivir sin cerebro y ser perfectamente funcional

Aunque parece una unión imposible, la realidad es que este estudiante hacía justamente esto. En los tests presentaba un IQ de 126 puntos y se lo reconocía como un alumno destacado dentro de su área de estudio. Todo esto sin tener un cerebro común al que responsabilizar por su intelecto. Ya que, allí donde debía haber una masa de al menos 1,5 Kg no había más que un leve tejido de entre 50 y 150 gr.

La dualidad del cerebro

Esta situación hizo que Lorber investigara más allá, para poder entender cómo siquiera era posible. Gracias a esas investigaciones llegó a notar que el suyo no era el primer avistamiento de un caso como este. Sin embargo, se dio a la tarea de estudiar y documentar esta particularidad biológica como nadie antes que él.

Gracias a esto, aún con la extraña naturaleza de estos eventos, Lorber logró reunir suficientes evidencias de casos como para crear una clasificación. Según Lewin, Lorber separó a estos casos de sobrevivientes de hidrocefalia en cuatro categorías:

“[1] aquellos con ventrículos mínimamente agrandados; [2] aquellos cuyos ventrículos llenan del 50 al 70 por ciento del cráneo; [3] aquellos en los que los ventrículos llenan entre el 70 y el 90 por ciento del espacio intracraneal; y el grupo más severo, [4] aquel en el que la expansión del ventrículo llena el 95 por ciento del cráneo”.

Este cuarto grupo apenas se trata de un 10% de los casos y, generalmente, quienes forman parte de él tienen severas discapacidades neurológicas. Pero, justamente es en este grupo donde individuos como el estudiante de Lorber entran. De hecho, gracias a las nuevas investigaciones, sabemos que la mitad de ese porcentaje realmente corresponde a personas como ese alumno, que no solo pueden vivir sin cerebro de la forma tradicional, sino que presentas IQ mayores a 100 puntos y habilidades sociales normales.

‘¿Realmente necesitamos un cerebro?’

Caricatura de un cartón de leche con la imagen de un cerebro a un costado y la frase "¿Me has visto?".

Lewin recalca en su escrito lo mencionado anteriormente por Lorber al comentar que la respuesta a esta pregunta sigue siendo sí. Efectivamente, en estos casos particulares, el cerebro como lo conocemos no está presente. Sin embargo, en su lugar siguen estructuras y componentes que cumplen con sus funciones. Acá simplemente la masa cerebral ha sido sustituída por la acumulación de líquido cefalorraquídeo.

Lorber, en su momento, admitió que el título de su investigación era un poco exagerado, pero que consideraba que era lo necesario para llamar la atención sobre el tema. Claramente, no podemos vivir sin cerebro; pero, la idea de aquello que consideramos “un cerebro” podría tener que ampliarse con el tiempo en vista de estas mutaciones funcionales que se están encontrando entre nosotros.

Referencia:

Is your brain really necessary? DOI: 10.1126/science.7434023