Tres contenedores de cristal alineados uno al lado del otro, cada uno contiene leche, frente a ellos, tres contenedores de vidrio más pequeños con pedazos de coco, avellana y soja (de izquierda a derecha).
Vía Stocksy.

El cambio climático afecta al planeta con cada vez más fuerza. A medida que esta crisis mundial se agrava, algunas naciones tratan de moverse para evitarla a tiempo y otras siguen fingiendo que no está allí.

Como ciudadanos, es poco lo que podemos hacer para influir de forma significativa en estas grandes decisiones. Sin embargo, como individuos, podemos dejar nuestro grano de arena en la lucha contra el cambio climático y en la protección de nuestro planeta.

Decisiones simples como cambiar algunos hábitos alimenticios y de consumo pueden achicar notoriamente nuestra huella ambiental. Lo que implicará que, al menos nuestra presencia, no perturbó tanto al planeta como habría podido si no hubiéramos tomado acciones.

Cambiando por el ambiente

De entre las alternativas más comunes para empezar con este tipo de empresas, el adaptar lo que comemos suele ser uno de los primeros cambios de la lista. Pero… ¿cómo saber exactamente qué es mejor para el planeta?

Esta pregunta nos la podemos hacer todos ante muchos tipos de alimentos, pero se ha visto que la leche y sus tipos suelen ser una fuente de dudas común. Su amplia variedad nos ha dado opciones, pero también ha saturado un poco nuestra mente con alternativas.

Por este motivo, académica Dora Marinova y la investigadora Diana Bogueva de la Universidad Curtin se han tomado un momento para explorar todas estas opciones, sus pros y sus contras. El resultado lo han compartido en un escrito de su autoría en el medio The Conversation. Acá, te contaremos lo más notorio de su análisis y también a qué conclusiones podemos llegar con él.

Productos lácteos vs productos de origen vegetal

La primera gran encrucijada con la que nos podemos encontrar enfrenta a los productos lácteos con los vegetales. Marinova y Bogueva resuelven rápido esta diatriba.

Con comparar registros tan simples como la emisión de gases de efecto invernadero, la ocupación de territorio y el consumo de agua, podemos ver que los productos lácteos son mucho más demandantes para el ambiente que cualquier alternativa vegetal.

Por ejemplo, estudios como el publicado en la revista Science, en el 2018, han comprobado que las emisiones de la producción de lácteos son tres veces mayores que las de la leche vegetal. Igualmente, se ha comprobado que la ganadería masiva efectivamente está colaborando con el efecto invernadero. Efectivamente, optimizando la producción esto se podría cambiar, pero hay pocas posibilidades de que esto pase ya que implica una inversión masiva de tiempo y dinero.

Debido a esto, podemos decir sin problemas que la mejor alternativa a la hora de ser amigables con el planeta son los productos vegetales. Pero… de entre ellos… ¿cuál elegir?

Leche de frutos secos

La leche de proveniencia vegetal puede tener muchos orígenes, uno de ellos son los frutos secos. En la actualidad, ya alternativas como las almendras, el coco y las avellanas son fuentes comunes de leche vegetal.

Alternativas como la leche de almendras ya son altamente utilizadas en el planeta. Sin embargo, el alto consumo de agua de sus cultivos (12 litros de agua por grano) hace que su producción masiva presente problemas.

Por su parte, el coco se maneja bien con pocas cantidades de agua. Pero, para convertirlo en una producción generalizada u estable habría que deforestar delicadas áreas tropicales.

Finalmente, la avellana de entre estas tres podría verse como la mejor opción. Esta no utiliza enormes cantidades de agua y se poliniza transportando sus semillas por el aire (no utilizando a las abejas, como las almendras). Por esto, suelen ser más sostenibles. Sin embargo, no han sido puestas a prueba bajo demandas de gran escala.

En general, todas estas requieren terrenos menos extensos que la producción de leche láctea y generan plantas que ayudan a absorber el carbono del ambiente. Por si fuera poco, la biomasa que queda cuando ya la planta no es productiva puede ser utilizada como fertilizante para nuevas generaciones.

Leche de legumbres

Como segunda fuente de materiales para la leche vegetal nos encontramos con las legumbres. Acá, la alternativa hartamente conocida es la soja. En general, esta planta se comporta noblemente al prestarse para muchos usos. Además de su transformación para consumo humano, también suele ser utilizada como fuente de alimento para el ganado.

Sin embargo, aunque su uso de agua y de tierra no son exagerados, sí es necesario deforestar esta última para cultivar. Por lo que, a la larga, abusar de su producción puede terminar por hacer daño al ecosistema.

Como contraparte, nos encontramos el cáñamo –mucho menos popular e infinitamente más versátil–. Mientras que sus semillas dan aceite y leche, su cuerpo puede usarse para hacer fibras textiles, material de construcción, papel y hasta plásticos vegetales. En lo único en lo que no destaca es en el uso de agua –que el mayor que el de la soja–; pero sigue ofreciendo mejores alternativas con relación a los lácteos, por ejemplo.

Un detalle extra que aporta valor a las leches de leguminosas es que estas son fijadoras de nitrógeno. En otras palabras, son plantas que aumentan la salud de los suelos al mejorar su fertilidad natural.

Leche de cereales

Finalmente, otra fuente de leche de origen vegetal son los cereales. Acá, las autoras destacan que básicamente podemos producir leche de origen vegetal a partir de casi cualquier grano”. No obstante, el arroz y la avena son los contendientes que llevan la delantera indiscutible.

Lastimosamente, los dos no son realmente notorios por sus beneficios. Los cultivos de arroz, aunque más populares, son productores de metano y pueden llegar a contener altos niveles de arsénico. Además, el uso de fertilizantes en los cultivos puede contaminar las fuentes de agua cercanas y perjudicar a los animales.

Por su parte, la avena nos da una perspectiva un poco más positiva. Lo que más la destaca es su capacidad de ser versátil y proveer alimento tanto para personas como para animales (como el ganado). Sin embargo, su estilo de monocultivos rápidamente puede agotar los suelos y drenar sus nutrientes. Por lo que, llegar a intentar producirla masivamente podría ser más un perjuicio que un beneficio a largo plazo.

El secreto está en la variedad

Indudablemente, la leche láctea no es la mejor alternativa si estamos buscando reducir nuestra huella ambiental. Por esto, la primera de dos recomendaciones básicas que dan las autoras va directamente relacionada a esta. Básicamente, indican que para ser más amigables con el planeta, debemos sustituir los lácteos por leches de origen vegetal.

Ahora, como segundo consejo, comentan que el secreto para ser amables con el ambiente no es cambiarnos únicamente a la opción que nos parezca menos dañina. El aumentar excesivamente la demanda de cualquiera de estas puede llevar a un desequilibrio ecológico que resulte perjudicial para el ambiente.

Por este motivo, para ellas, el truco se encuentra en la diversificación de nuestras opciones. Consumiendo solo un poco de cada una de estas, y asegurándonos de aprovechar al máximo las raciones que compramos (y de no dejarlas perder) conseguiremos a largo plazo el efecto más beneficioso para nuestro entorno.

Referencia:

Reducing food’s environmental impacts through producers and consumers: DOI: 10.1126/science.aaq0216