Baruj Benacerraf (de frente) dando un apretón de manos al rey Carl XVI Gustaf de Suecia (de espaldas).
Baruj Benacerraf (de frente) recibe el premio Nobel de medicina de manos del del rey Carl XVI Gustaf de Suecia (de espalda).

Baruj Benacerraf es un médico venezolano-estadounidense que ha pasado a la historia al ser galardonado con el premio Nobel de medicina en 1980. Sus investigaciones se desarrollaron específicamente en el campo de la inmunología y las diferentes respuestas que es capaz de dar el sistema inmunológico.

Gracias a él, nuestra comprensión general de este cambió y se pudieron refinar infinidad de tratamientos para atender las necesidades individuales de los pacientes, en lugar de trabajar siempre con un enfoque general que daba resultados desiguales.

Es claro que el ganar el Nobel de medicina se convirtió en un gran hito de su vida. No obstante, este está lejos de ser el único evento notorio al que se enfrentó Benacerraf. De hecho, desde temprana edad el cambio inspiró su curiosidad y sus propias enfermedades llevaron su atención al campo de la medicina.

Familia e inicios

Baruj Ernesto Benacerraf Bolaños nació en Caracas, capital de Venezuela, el 29 de octubre de 1920. Su ascendencia hispanojudía rápidamente creó en él una combinación particular. Pasó sus primeros 5 años de vida en su país natal bajo el cuidado de su padre proveniente del Marruecos español y de su madre de la Argelia francesa.

En 1925 el trío se mudo a Francia, específicamente a París, donde Benacerraf recibió su educación primaria y básica. Mientras tanto, su padre dirigía desde lejos su negocio textil radicado en Venezuela. Para cuando llegó el momento de que Benacerraf fuera a la universidad, este ya había decidido que se iría por la carrera de medicina, en lugar de continuar con el negocio familiar. Tal como relata el propio Benacerraf en una reseña autobiográfica publicada en la página oficial de los premios Nobel.

“Yo había sufrido de asma bronquial cuando era niño y había desarrollado una profunda curiosidad por los fenómenos alérgicos”.

Fue justamente este impulso el que años después de perseguir la carrera de medicina, lo llevaría a decantarse específicamente por la inmunología.

Breve vuelta a Venezuela y primer viaje a Estados Unidos

Para 1939, debido a al inicio de la Segunda Guerra Mundial, la familia se trasladó de nuevo a Venezuela. Sin embargo, se decidió que Benacerraf iría a Estados Unidos para poder cursar allí sus estudios en medicina.

Por este motivo, en 1940 ya Benacerraf se encontraba en Nueva York listo para comenzar su formación académica en la Universidad de Columbia. Para 1942 había completado con honores su formación básica.

Lastimosamente, su origen comenzó a cerrarle puertas una vez que quizo continuar sus estudios en una facultad de medicina.

“(…) no me di cuenta de que la admisión a la Facultad de Medicina era una empresa formidable para alguien con mi origen étnico y extranjero en los Estados Unidos de 1942. A pesar de un excelente historial académico en Columbia, numerosas facultades de medicina me negaron la admisión”, escribió.

El problema se solucionó cuando, George Bakeman, el padre de un amigo cercano, lo ayudó a entrar en la Universidad de Virginia al conseguirle una entrevista con los directores de la institución. Para este momento, fue reclutado por el ejército estadounidense para que ayudara a los heridos durante la aún activa Segunda Guerra Mundial.

Benacerraf en la Segunda Guerra Mundial

Fotografía en blanco y negro de Baruj Benacerraf en su laboratorio, sentado junto a un microscopio.

Benacerraf fue enviado al frente como parte del programa de entrenamiento de médicos que se había instaurado en medio de la situación de crisis. Sin embargo, rápidamente fue ubicado en París, un territorio conocido para él, en el que practicó lo que el mismo llegó a llamar “medicina comunitaria”.

Para 1943 contrajo matrimonio con Annette Dreyfus, una refugiada francesa a quien conoció en la universidad. Además, para ese momento, gracias a sus contribuciones, se le otorgó su segunda nacionalidad y pasó a ser considerado también un ciudadano estadounidense.

Para 1945 logró obtener su título de médico e inmediatamente empezó trabajar como interno en el Queens General Hospital de Nueva York. Incluso luego de la guerra, Benacerraf permaneció en el ejército, lo que le ganó prontamente el rango de teniente del Cuerpo Médico Militar.

Pronto fue asignado a una nueva misión en Francia, primero en París y luego en Nancy. En esta última se reuniría con su esposa y vivirían juntos allí hasta 1947. Allí finalmente fue dado de alta y pudo regresar a Nueva York junto con Annette.

No fue sino hasta 1948 que su carrera como investigador iniciaría. Daría sus primeros pasos en el Instituto Neurológico de la Universidad de Columbia tras ser invitado por Elvin Kabat.

Para ese momento, Benacerraf ya había adquirido gran cantidad de conocimientos médicos en el campo de batalla y durante el resto de sus prácticas. Por lo que, con apenas 28 años, tenía una base de conocimientos sólida desde la que comenzó a construir el legado por el que lo recordamos incluso ahora.

La gran decisión: Benacerraf se dedicó por completo a la ciencia

Benacerraf no tuvo mucho tiempo de acostumbrarse a su puesto ya que diversas situaciones familiares cambiaron su curso. En primer lugar, para 1949 nació su hija Beryl y, además, sus padres se trasladaron de Venezuela a Francia de nuevo, cerca de la familia de Annette.

“Mi padre había sufrido un derrame cerebral severo y ahora estaba lisiado. La familia de mi esposa también vivía en París. El atractivo de mudarnos a Francia y establecernos cerca de nuestras respectivas familias fue muy fuerte”, escribió.

Debido a todo esto, Benacerraf cambió de domicilios nuevamente y se mudó con su familia a París para estar cerca de los padres de ambos y hacerse cargo del negocio familiar.

Aún así, Benacerraf continuó haciendo investigaciones sobre inmunología en el territorio francés. Sin embargo, después de 6 años de vivir en el país y de trabajar en el Laboratorio Bernard Halpern del Hospital Broussais, se topó con un techo infranqueable: mientras estuviera allí, no podría crecer ni tener su propio laboratorio de investigaciones.

Debido a esto, Benacerraf tomó una decisión definitiva y regresó a Estados Unidos, esta vez con la intención de quedarse y perseguir los estudios que lo estuvieron llamando toda su vida.

“Por tanto, decidí regresar a Estados Unidos. Estoy profundamente agradecido con Lewis Thomas, quien me ofreció un puesto como profesor asistente de patología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York”.

Benacerraf recibe el premio Nobel de medicina

Baruj Benacerraf dando un apretón de manos al rey Carl XVI Gustaf de Suecia.
Baruj Benacerraf (a la izquierda) recibe el premio Nobel de medicina de manos del del rey Carl XVI Gustaf de Suecia. / Crédito: National Academy of Science.

Así fue como en 1956 inició sus labores en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York. Además, consiguió el apoyo constante del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas desde 1957.

“De 1956 a 1961 trabajé en hipersensibilidad celular con Philip Gell, enfermedades por complejos inmunes con Robert McCluskey y Pierre Vassalli, hipersensibilidad anafiláctica con Zoltan Ovary, inmunidad específica tumoral con Lloyd Old, y estructura de anticuerpos, en relación con su especificidad, con Gerald Edelman”.

Para 1968, fue nombrado como director del Laboratorio de Inmunología en Bathesda. Sin embargo, en 1970 cambió este puesto por la cátedra de patología en la Universidad de Harvard.

“Este es el momento en que comencé a enseñar a becarios y estudiantes de investigación y me di cuenta de que la formación de científicos jóvenes era una de mis experiencias más valiosas y gratificantes”.

Poco después de hacer este cambio, Benacerraf inicia los estudios en inmunogenética que terminarían por ganarle el premio Noble de medicina o fisiología de 1980. Compartió el galardón –valorado entonces en poco más de 200 mil dólares– con sus colegas Jean Dausset y George D. Snell.

El Comité del Nobel los reconoció “por sus descubrimientos acerca de estructuras de la superficie celular determinadas genéticamente que regulan las reacciones inmunológicas”. Básicamente, Benacerraf había logrado comprobar que las respuestas inmunes de las personas variaban entre ellas ya que cada sistema inmune reconocía y atacaba distintas partes de un mismo antígeno.

¿Qué quiere decir esto?

Como consecuencia, exactamente la misma enfermedad podía causar reacciones muy distintas en el organismo de un individuo. Igualmente, logró determinar que el “patrón” de respuesta no era aprendido sino heredado. Por lo que, se comprobó que la capacidad de responder a ciertas enfermedades –y el modo de responder a ellas– se pasaba de generación en generación según las leyes de Mendel.

Sus investigaciones nunca se detuvieron

Incluso después de ganar el máximo honor del mundo de la ciencia, Benacerraf no detuvo su paso.

“En Harvard, he continuado mi trabajo sobre genes de respuesta inmune y su papel en la regulación de la inmunidad específica con David Katz, Martin Dorf, Judith Kapp, Carl Pierce, Ronald Germain y Mark Greene. También determinamos el papel de los genes de respuesta inmune en el control de los fenómenos de inmunosupresión con la ayuda de Patrice Debré, Judith Kapp y Carl Waltenbaugh [y] Analizamos la especificidad de los linfocitos T citolíticos en relación con la función del gen Ir con Steven Burakoff y Robert Finberg y demostramos cómo surge la alorreactividad como consecuencia del compromiso de los linfocitos T de reconocer antígenos en el contexto de productos génicos MHC autólogos”, escribió Benacerraf.

Benacerraf trabajó y colaboró con gran cantidad de científicos durante su vida, siempre buscando expandir su conocimiento en el campo de la inmunología. Pero, además, de forma paralela, continuó sus labores docentes, sintiendo que el verdadero lugar del avance científico y la innovación se encontraba en las aulas y no recluido en un laboratorio.

Reconocimientos y premios

Antes de recibir el Nobel, Benacerraf ya había ganado varias distinciones como el premio en Inmunología e Investigación del Cáncer (1974) y el premio de Ciencias Biomédicas Waterford (1980). Luego de obtener el Nobel de medicina, también recibió infinidad de nuevos reconocimientos por sus continuos estudios y aportes. Por ejemplo, de 1982 a 1987 obtuvo la “Conferencia Catedrática” de la Sociedad Estadounidense de Fisiología; del College de France, de París, y del King’s College, de Londres.

En 1991, fue admitido como Miembro de la Academia Nacional de Ciencia de EE.UU. Asimismo, ese mismo año recibió el premio “Ragnar Granit” del Instituto Nobel, en Estocolmo, así como la medalla de oro Albert Einstein en Ciencia de la Unesco.

Por si fuera poco, entre 1992 y 1992 recibió el título honorario de Doctor en ciencias de la la Universidad de Viena, la Universidad Bordeaux, la Universidad de Hardvard y la Universidad Gustav Adolphus.

Sumado a esto, para 1995 fue galardonado con el Premio Robert S. Dow en Neurociencias en Estados Unidos. Finalmente, 1996 fue otro año altamente activo. Primero, se convirtió en Miembro de la Sociedad Filosófica Estadounidense. Luego, obtuvo el premio Gold Cane de la American Association y el premio Charles A. Dana. El primero por sus estudios en patología y el segundo por sus aportes tanto al campo de la salud como de la educación.

El legado de Benacerraf

Fotografía a color de Baruj Benacerraf.

Como sabemos, Benacerraf amaba el ambiente de cambio y aprendizaje constante que se respiraba en las aulas de clases. Por este motivo, la enseñanza fue una constante durante el resto de su vida.

Su último cargo académico fue en la Cátedra de patología de la Universidad de Harvard. Lugar en el que colaboraría con la formación de las siguientes generaciones de médicos, científicos e investigadores. Con esto, dejó una gran huella e influencia en el ámbito educativo. Sin embargo, este claramente no ha sido su único aporte para el futuro.

Gracias a las investigaciones de Benacerraf en lo que concierne a inmunología en la actualidad se han hecho infinidad de avances en distintas áreas de la medicina. De forma general, su contribución ayudó a perfeccionar los trasplantes de tejidos y a hacer que estos mucho más efectivos.

Desde una perspectiva más específica, sus estudios han sido vitales para el tratamiento del cáncer. Gracias a él, fue posible entender con más claridad por qué las mismas células cancerosas en algunos organismos se contenían naturalmente; mientras que en otros estas lograban esparcirse sin control.

Del mismo modo, sus estudios también llevaron a la evolución de los procesos de trasplantes de órganos; ayudando a comprender mejor cómo evitar el rechazo de estos y aumentar las probabilidades de éxito. Incluso, sus estudios han impulsado del campo de selección de espermatozoides, con el cual se podría evitar la transmisión de enfermedades congénitas entre generaciones.

Benacerraf falleció por neumonía el 2 de agosto de 2011, a los 90 años de edad, en Boston, Estados Unidos. Durante su vida, su curiosidad, intelecto y determinación lo guiaron para poder superar cada revés de la vida. Benacerraf ya no se encuentra entre nosotros. Pero, como vemos, su creciente legado siempre nos acompañará.