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En su momento, el filósofo Jean-Paul Sartre regaló al mundo su famosa frase: “Somos nuestras decisiones”. Con ella, infinidad de líneas de pensamiento existencialista –y ahora también motivacional– se han desarrollado para aclarar que somos capaces de moldear nuestra realidad a través de nuestras elecciones.

Sin embargo, la frase podría llegar a tener mayor profundidad ahora que una capa de conocimiento científico comienza a cobijarla. Según la investigación recientemente publicada en Psychological Science, se ha comprobado el hábito de las personas a preferir un objeto sobre otro, pero no porque les guste particularmente, sino porque lo han elegido en primer lugar.

En pocas palabras, el estudio indica que comenzamos a desarrollar gusto por aquello que elegimos, en lugar de elegir en primer lugar aquello de lo que gustamos. El detalle del asunto es que esto se cumple incluso si la primera decisión fue tomada totalmente al azar. Por ende, esto indica que los motivos para gustar de la selección son pensados a posteriori, y no antes de adquirir o seleccionar el objeto.

Selección y preferencia, una dupla particular

En la actualidad, en un mundo lleno de alternativas en las que simplemente no podemos tener conocimiento de todo, como adultos nos vemos forzados a tomar muchas decisiones aleatorias. Lo que ocurre después es un particular proceso de apreciación en el que, a pesar de que la primera elección fue al azar, las siguientes repiten particularmente el elemento que preferimos primero.

Igualmente, a la vez que este comportamiento determina nuestros gustos, también moldea nuestro rechazo hacia ciertos elementos. Es decir que si durante una elección preferimos el elemento A sobre el B, al dársenos la alternativa entre C y B, seleccionaremos C.

¿Por qué? Debido a un particular proceso mental que nos lleva a la primera decisión y nos hace pensar que si no elegimos B en primer lugar, ha de ser porque en verdad no nos agrada tanto, así que lo rechazamos.

En realidad, desde el inicio no tuvimos conocimientos extras sobre A, B o C. Sin embargo, haber preferido A sobre B nos hace pensar que este último es malo; por lo que, de tener la oportunidad, preferimos ignorar B e irnos por C –aunque tampoco sepamos nada de este último–.

¿Desde cuándo comenzamos a manifestar este comportamiento?

Claramente, como adultos es posible que estas tendencias a preferir un elemento sobre otro también vengan reforzadas por la cultura que se nos inculca y el medio en el que crecemos. Es por esto que los investigadores Alex M. Silver, Aimee E. Stahl, Rita Loiotile, Alexis S. Smith-Flores y Lisa Feigenson se dieron a la tarea de ir más allá para ubicar los orígenes de esta particular tendencia.

Con esto en mente, condujeron un experimento en el que midieron los comportamientos de bebés de entre 10 y 12 meses. A esta edad, ya los infantes son capaces de tomar decisiones básicas y, claramente, por la falta de experiencias previas, se puede decir que estas vienen de un proceso totalmente aleatorio y libre de condicionantes previos.

Para sorpresa de los científicos, los bebés del experimento comenzaron a presentar los mismos patrones de decisión que podrían usarse en la edad adulta. Como resultado, se pudo concluir que desde nuestros primeros esbozos de consciencia tendemos a justificar nuestras decisiones desarrollando preferencias por los elementos seleccionados.

El experimento

Para el caso de los bebés, simplemente se les ofreció la opción de elegir entre dos bloques de color suaves y de colores brillantes. Una vez el bebé gateara hacia el objeto y jugara con él, la primera parte del experimento estaba lista.

Para la segunda ocasión, se sacaba del cuadro el juguete elegido por el bebé y se colocaba uno nuevo en su lugar. Nuevamente, se les dio la oportunidad a los infantes para decidir. Todos se fueron inmediatamente por el nuevo juguete –rechazando así dos veces al otro bloque de colores–.

Esto llevó a los científicos a considerar que los bebés incluso a estas tempranas edades ya son capaces de tomar estas decisiones sistemáticas sobre sus gustos. Con esto, si rechazó un elemento una vez, será casi seguro que lo rechazará una segunda, pues ha decidido que “no le gusta”.

La importancia del libre albedrío

Con la intención de hacer más completo el experimento, los investigadores llevaron una segunda versión a cabo en la que los bebés no tenían la oportunidad de decidir al principio. En este caso, durante la primera sesión un miembro del equipo de investigación le asignaría un juguete particular al bebé. Para la segunda ocasión, el infante sí tendría la oportunidad de decidir.

Como otra sorpresa, esta vez la tendencia de los bebés no fue clara. En pocas palabras, se fueron por el juguete rechazado originalmente o por el nuevo de forma aleatoria. Básicamente, actuaron como si no tuvieran un juicio previo sobre ninguna de las opciones, por lo que realmente no mostraron rechazo por ninguna.

Esto mostró también el papel fundamental que tiene la capacidad de decidir sobre la construcción de las preferencias. Ya que, en esta oportunidad, si el juguete se les asignaba a los niños, entonces su mente no desarrollaba un gusto particular por él; ni tampoco un rechazo notorio hacia el otro.

Recientemente, otros estudios han hablado sobre el valor que tiene la capacidad de decidir sobre nuestra velocidad de aprendizaje. Ahora, con esta nueva investigación se refuerza el importante papel del poder de decisión sobre nuestra cognición. Básicamente, en este caso las decisiones de los bebés los ayudaron a aprender qué les gusta y qué no, a pesar de que vinieran originalmente de un proceso aleatorio.

En resumen, esta investigación nos ayuda a ver cómo poco a poco nuestras elecciones moldean nuestros gustos y, por ende, también nuestras afinidades. Tal vez Sartré no estaba pensando en la perspectiva científica de esto cuando trajo al mundo su famosa frase, pero igual es necesario admitir que tenía mucha razón.

Referencia:

When Not Choosing Leads to Not Liking: Choice-Induced Preference in Infancy: https://doi.org/10.1177/0956797620954491