El tiempo, como un tema de investigación, siempre ha sido un fenómeno engañoso. A pesar de que todos entendemos su presencia, es difícil siquiera determinar cómo verdaderamente lo percibimos.

En general, no podemos ver, tocar, oler, probar o escuchar el tiempo… pero sabemos que está allí y que continúa pasando implacablemente. Pero, a pesar de esto, también sabemos, o al menos sentimos, que nos siempre pasa a la misma velocidad.

La relatividad del tiempo también es un concepto largamente trabajado, y que incluso ahora es fuente de nuevos estudios y dudas. Para este caso, los investigadores Masamichi J. Hayashi y Richard B. Ivry abordaron el desafío y buscaron comprender cómo nuestro cerebro trabaja para alargar o acortar cómo percibe el tiempo a nuestro alrededor.

Percibiendo el tiempo

Antes de ahondar en su investigación, primero es necesario darnos un paseo breve por el mismo concepto de la “percepción del tiempo”. Como vemos, nuestros  sentidos primordiales, a través de los cuales se supone que obtenemos toda la información del mundo que nos rodea, no parecen ser suficientes para “percibir” el paso del tiempo.

Por otro lado, sí parecemos tener la posibilidad de “notar” su paso a nuestro alrededor y notar los cambios que se producen en este. El envejecimiento de una persona, el crecimiento de un árbol o incluso el simple movimiento de un animal de un espacio a otro son apenas algunas de las señales que nos dejan ver el paso del tiempo al entenderlo como un “antes” y un “ahora” –siendo el “antes” lo que podemos recordar y el “ahora” lo que se supone que vivimos al momento–.

En este caso, es imperante decir que se “supone” puesto que en realidad nunca experimentamos el verdadero “ahora” del mundo que nos rodea. Los nanosegundos que toma el proceso de recepción de estímulos, procesamiento de estos, emisión de una respuesta y ejecución de la misma, hacen que nuestra “realidad o “actualidad” siempre estén un poco atrasadas. Aun así, por ser el ahora lo que se percibe como “inmediato” o que acaba de ocurrir, nos encontramos en un terreno particular que divide nuestra percepción para separar los recuerdos de largo y corto plazo.

Como vemos, el cerebro tiene un papel claramente protagónico en todos estos procesos. Así, aunque ninguno de nuestros sentidos por sí solos pueden detectar el tiempo, la sumatoria de ellos más el procesamiento de nuestra mente sí es capaz de percibir su existencia de algún modo.

Los trucos de la mente

Por los motivos antes mencionados, es lógico que los investigadores hayan decidido mirar dentro de nuestra propia mente para poder comprender cómo verdaderamente funciona esta elasticidad temporal que parece alargar eternamente unos instantes y achicar sin piedad otros.

Para poder echar un vistazo a esto, los investigadores contaron con un grupo de voluntarios que se sometieron a diferentes situaciones de prueba. En la primera ocasión, se les enseño un círculo gris sobre un fondo negro por 250 segundos o 750 segundos (dependiendo del grupo al que pertenecieran) durante 30 ocasiones seguidas.

Luego de esto, se les presentó otro estímulo visual de prueba por un tiempo indeterminado. Finalmente, fueron expuestos a un estímulo sonoro (ruido blanco) y se les pidió que estimaran la duración del sonido. Los participantes que vieron la imagen por 750 segundos (más tiempo del que duró el sonido) subestimaron el tiempo de duración de este. Por su parte, los que vieron la imagen por 250 segundos (una duración menor a la del ruido) sobreestimaron el tiempo que duró el ruido blanco.

Células “cansadas”

La investigación se llevó a cabo con los voluntarios conectados a una máquina de imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI, según sus siglas en inglés). Gracias a esta, se podía medir la actividad cerebral a través de las fluctuaciones que se registraran en la sangre.

Específicamente, los investigadores se enfocaron en un área del cerebro conocida como circunvolución supramarginal (SMG, por sus siglas en inglés). En el 2015 esta fue identificada por primera vez como el área del cerebro contenedora de neuronas capaces de percibir el paso del tiempo, a través de sus patrones de actividad. Aún hay mucho que no se sabe de ellas, pero, por lo menos el descubrimiento ha sido un primer paso para entender cómo pasa el tiempo dentro de nuestro cerebro.

Ahora, la siguiente fase ha sido durante esta nueva investigación y ha revelado que estas células son capaces de “sobreestimularse” de forma que se cansan y nuestra percepción temporal se distorsiona.

¿Qué significa esto?

Durante el experimento, la repetición de la misma imagen y el mismo intervalo más de 30 veces “sobreestimuló” a las células e hizo que estas se acoplaran al nuevo patrón. Por este motivo, cuando le presentaron un elemento que se salía de su nueva “normalidad”, la mente no fue capaz de estipular correctamente el paso del tiempo sino que tendió a exagerarlo o a disminuirlo, todo en relación con el patrón recién adquirido.

Hayashi, autor principal del estudio, ejemplificó fácilmente esta situación refiriéndose a una audiencia en un concierto de piano:

“Tu audiencia puede sentir que tu tempo musical es subjetivamente más lento de lo que realmente es después de estar expuesto a una música con un tempo más rápido, incluso si estás tocando la música con el tempo correcto”.

En otras palabras, la “normalización” de un tempo más rápido hizo que las personas percibieran al siguiente como más lento. Ahora, la explicación que dan Hayashi e Ivry sobre este fenómeno se sustenta en el “agotamiento celular” que las lleva a distorsionar cómo percibimos el tiempo.

Referencia:

Duration-selectivity in right parietal cortex reflects the subjective experience of time: https://doi.org/10.1523/JNEUROSCI.0078-20.2020