La soledad es una sensación que todos conocemos y que, durante nuestra vida, habremos experimentado en mayor o menor medida. Muchas veces la psicología, la filosofía e incluso el arte la han abordado tratando de comprenderla y definirla.

Sin embargo, poco se ha hecho desde el punto de vista de la ciencia para tratar de entender la soledad, los factores que la originan y la forma en la que la procesa nuestro cerebro. Ahora esto podría cambiar por completo gracias a la investigación liderada por Kay Tye, neurocientífica del Instituto Salk de Ciencias Biológicas y Gillian Matthews, junto al equipo conformado por L. Tomova, K. Wang, T. Thompson y A. Takahashi.

¿La soledad es subjetiva?

Uno de los principales problemas que se ha presentado con la soledad es que se trata de un elemento altamente difícil de definir. Para algunas personas la compañía física es todo lo que necesitan para no sentirse solas; mientras que, para otras, incluso estar rodeadas por un mar de personas cercanas, no es suficiente para llenar el “vacío” que sienten.

Debido a esto, es difícil determinar parámetros generales que ayuden a medir y cuantificar la soledad. Debido a esto, los estudios neurocientíficos en el área no existían hasta este momento –tal como comprobó Tye cuando buscaba bibliografía y referentes para su investigación–.

Por este motivo, la meta de la investigación no solo fue encontrar los procesos cerebrales que rigen la soledad, sino determinar desde cero la existencia o no de estos.

“La soledad es algo universal (…) Parece razonable argumentar que debería ser un concepto en neurociencia. Es solo que nadie encontró la manera de probarlo y localizarlo en células específicas. Eso es lo que estamos tratando de hacer”, comentó Tye.

Neurociencia de la soledad

La investigación de Tye podría estar abriendo el camino para todo un nuevo campo de estudio que hasta ahora permaneció inexplorado. Gracias a su determinación para detectar los procesos neurológicos de la soledad en el cerebro, podríamos llegar a todo un nuevo entendimiento de este sentimiento.

Debido a esto, su meta de comprender la soledad desde el punto de vista neurocientífico tiene varias aristas de desarrollo. Por un lado, se podría estudiar el cómo llegamos a la experiencia de la soledad a través de nuestras percepciones sensoriales, nuestras experiencias, la predisposición genética que tengamos y las situaciones de nuestro entorno, desde un punto de vista de consecuencias biológicas.

Por otro lado, igual que los neurocientíficos han aprendido a “ver” emociones como el miedo o sensaciones como el hambre en el cerebro, Tye espera poder hacer lo mismo con la soledad. Incluso si se identifican los canales correctos, se podría comprender cómo estimularla o inhibirla, a través de impulsos neuronales.

¿Neuronas de la soledad?

Para iniciar el camino de esta investigación, Tye se asoció con Matthews, quien en su tesis de posgrado en el Imperial College de Londres identificó una necesidad particular de socialización en los ratones de laboratorio que pasaron un tiempo en aislamiento.

Para seguir con el espíritu de la investigación Tye y Matthews crearon otro modelo experimental en el que observarían el comportamiento de los ratones luego de pasar 24 horas aislados. Lo que su investigación les reveló es que, cuando estos volvían a las jaulas, pasaban mucho más tiempo del usual “socializando” con sus compañeros. En estos momentos, vieron una actividad notoria en las neuronas DRN, que se asociaron al impulso de socialización en los ratones.

Luego de esto, los investigadores repitieron el experimento. Pero esta vez, cuando los ratones regresaron a las jaulas, utilizaron las técnicas de la optogenética de Karl Deisseroth para inhibir la actividad de las neuronas DRN. En respuesta, los ratones no intentaron socializar con sus compañeros, y no mostraron cambios de conducta que indicaran que habían sido afectados por las 24 horas de aislamiento.

Muy parecido a la soledad

En este punto, se podría decir que las neuronas DRN estarían más ligadas a los procesos de socialización que a la soledad en sí. Sin embargo, la diferencia radica en los impulsos que llevan a la activación de dichas neuronas.

Los investigadores pudieron identificar que los ratones, luego del aislamiento, no buscaban exactamente la socialización como una gratificación, sino como un elemento para “evitar el dolor”. Esto lo comprobaron al ver qué áreas del cerebro reaccionaban ante las interacciones de los ratones y si estas eran procesadas como una recompensa positiva en sí misma, o como una contramedida.

Los ratones no tuvieron más cambios en su rutina más allá del aislamiento. Por lo que, los científicos llegaron a estipular que este deseo de “evitar el dolor” podría convertirse en un paralelismo con el de evitar la soledad.

Hambre de socialización

Ahora, Tye y Matthews se han asociado con Rebecca Saxe, profesora de neurociencia cognitiva en el MIT. Ella es experta en el estudio de la cognición social y las emociones humanas. Debido a esto, se ha convertido en la perfecta siguiente aliada para la investigación.

Gracias a estudios previos, fue posible ubicar un área en el cerebro humano equivalente a la que activaba a las neuronas DRN en ratones. Claramente, los invasivos procesos de la optogenética (que implican una intervención directa del cerebro) no se pueden realizar en humanos, por lo que los investigadores debieron pensar en otros elementos para este siguiente paso.

Acá, contaron con la participación de al menos 30 individuos altamente sociales a los que se los sometió a 10 horas de aislamiento social y, luego, en una segunda oportunidad, a otras 10 horas de ayuno pero con alta actividad social. Los investigadores pudieron ubicar paralelismos entre los mecanismos cerebrales que regulaban el indicador de nuestra necesidad de alimentarnos.

Debido a esto, se pudo estipular que la soledad también desata en nosotros una necesidad: la de socializar. Debido a esto, es mucho más probable que, luego de un periodo de aislamiento extenso, las personas estén en busca de mayor contacto humano y sean más propensas a promover las interacciones sociales.

El impacto de la investigación

En estos momentos, la investigación de Tye y Matthews está, como ya lo dijimos, abriendo un nuevo campo de estudio científico que antes no existía. Gracias a este, podríamos tener un conocimiento mucho más profundo de lo que significa la soledad en nuestro cerebro y cómo esta se manifiesta.

Igualmente, esto nos llenaría con más bases desde las cuales abordar problemas como la depresión, la ansiedad, las acciones y demás trastornos que han sido asociados con la soledad. Para esto, sería necesario crear un “mapa del circuito de soledad” que nos permita entender todo el recorrido que hace esta en el cerebro y cómo inhibir sus consecuencias negativas.

“Y una vez que tienes una celda, puedes rastrear hacia atrás, puedes rastrear hacia adelante; puede averiguar qué hay en la parte superior; puedes averiguar qué están haciendo todas las neuronas que están aguas arriba y qué mensajeros se están enviando.

Ahora puedes encontrar el circuito completo [de la soledad]; ya sabes por dónde empezar”, concluye Tye.

En la situación actual de pandemia por el COVID-19 muchas personas han tenido que someterse a largos periodos de aislamiento. Estos, a su vez, podrían estar exacerbando condiciones como las antes mencionadas. De hecho, el mundo de la medicina ya se preocupa por la crisis de sanidad mental que podría venir después del coronavirus.

Sin embargo, con este tipo de investigaciones llevándose a cabo, podrían desarrollarse herramientas específicas que ayuden a los individuos en riesgo a lidiar con la soledad. De este modo, se podrían evitar los resultados dañinos y tal vez lograr que nuestro único efecto residual de la cuarentena sea un renovado deseo de compartir y socializar con el mundo.

Referencia:

The need to connect: Acute social isolation causes neural craving responses similar to hunger: https://doi.org/10.1101/2020.03.25.006643