Se ha demostrado fehacientemente que el Omega-3, una familia de ácidos grasos poliinsaturados, está asociado con el funcionamiento saludable del cerebro y del cuerpo en general.

Como nuestro organismo es incapaz de producirlo por sí solo, se debe obtener de la dieta. Los integrantes más importantes de esta familia son el ácido alfa-linolénico (ALA), que se encuentra principalmente en las plantas, el ácido docosahexaenoico (DHA) y el ácido eicosapentaenoico (EPA), que se encuentran principalmente en los alimentos de origen animal y en las algas.

Reacción impulsiva

Recientemente ha surgido evidencia de que la ingesta insuficiente de ciertos ácidos grasos está relacionada con varios rasgos problemáticos en niños y adultos, como la depresión, la insensibilidad, la impulsividad y el comportamiento agresivo.

Conforme a este entendimiento, los resultados de un estudio realizado por un equipo de investigadores de la Universidad de Nottingham Trent, en Reino Unido, muestran que la inclusión de ciertos ácidos grasos Omega-3 en la dieta de una persona puede ayudarla a adaptar la reacción a la agresión física impulsiva.

Los resultados del estudio sugieren que el consumo de Omega-3 juega un papel importante en la regulación de las emociones y puede ayudar a reducir el comportamiento impulsivo violento.

Para llega a esta conclusión, el equipo de investigación exploró la ingesta dietética de ácidos grasos Omega-3, en particular el EPA, en relación con la forma en que las personas reaccionan impulsivamente en respuesta a una amenaza o frustración, y si pueden adaptar ese comportamiento.

Relación confirmada

A tal fin, los investigadores evaluaron a 98 participantes con una edad promedio de 23 años, que no tomaban ningún suplemento dietético y sin trastorno psiquiátrico o neurológico diagnosticado, quienes llenaron cuestionarios sobre aspectos específicos de su dieta y completaron una escala que evaluó su tendencia a tener un comportamiento físicamente agresivo reactivo, como la agresión en respuesta a una amenaza o frustración.

Seguidamente, los investigadores registraron la actividad cerebral de los participantes mientras se les mostraban caras en una pantalla de computadora. Si la cara era amenazante, se les instruía para que respondieran presionando un botón específico, simulando un “ataque”. Ocasionalmente, mientras la persona respondía, la expresión facial cambiaba a una de angustia (es decir, miedo o tristeza) y se instruía al participante para que cambiara su respuesta.

El Omega-3 es importante para el funcionamiento saludable del cerebro y del cuerpo y puede obtenerse de ciertos alimentos, como el pescado azul.

Los registros de actividad cerebral, mostraron que la modulación de este comportamiento requería que los participantes activaran las regiones frontales del cerebro. Las personas que pudieron activar mejor estas regiones frontales informaron de una mayor ingesta de EPA en la dieta y menores niveles de agresión reactiva.

En complemento, señalaron los investigadores, las respuestas proporcionadas en el cuestionario también mostraron que la ingesta dietética de EPA estaba asociada con menores autoinformes de agresión física reactiva.

En conjunto, estos resultados sugieren que el consumo de Omega-3, y en particular de EPA, juega un papel importante en la regulación de las emociones y puede ayudar a reducir el comportamiento impulsivo violento.

Referencia: Don’t slap the fish: The relationship between dietary omega-3 intake and physical aggression is mediated by motor inhibition in response to distressed faces. Personality and Individual Differences, 2020. https://doi.org/10.1016/j.paid.2020.110062