Crédito: Foto en UT Zoology Archive, Dolph Briscoe Center for American History, Universidad de Texas, Austin.

En la actualidad, sabemos que los rayos X son una gran herramienta tanto médica como científica en general. Pero, además conocemos los peligros de una exposición descontrolada o desmedida a los mismos. Esto último, específicamente, lo sabemos gracias a Hermann Muller quien se dedicó a estudiar los efectos de la radiación sobre los organismos.

Es por él que, justo ahora, sabemos que los materiales radiactivos son capaces de originar mutaciones en el organismo de quien se exponga a estos con demasiada frecuencia. Tomémonos un momento para recordar a este hombre que con su investigación trajo al mundo un conocimiento invaluable y que fue laureado por su aporte con el más grande honor del mundo de las ciencias: un premio Nobel.

Los primeros años de Hermann J. Muller

Muller a los 7 años, en 1897 / Crédito: Biblioteca Lilly, Universidad de Indiana.

Herman Joseph Muller nació el 21 de diciembre de 1890 en Nueva York, Estados Unidos. Su amor por la ciencia se notó desde pequeño cuando se comenzó a mostrar interés por la ciencia y los planetas. Igualmente, durante toda su vida mostró un gusto particular por los temas “geeks” como las historias de ciencia ficción.

Hermann J. Muller hablando en la Conferencia Mundial de Ciencia Ficción, 1952.

A los 17 años, Muller se gradúa de Morris High School, en 1907. Luego de esto, comenzó sus estudios superiores con una beca en la Universidad de Columbia. Allí fue cuando por primera vez se interesó por ese entonces incipiente campo de estudio que era la genética. Fue en esta misma universidad donde Muller cursaría su postgrado y realizaría investigaciones en el Laboratorio de Morgan Drosophila.

El primer conflicto

Uno de los primeros encontronazos de Muller se dio en el mismo Laboratorio Morgan. Esto debido a que el propio Thomas Morgan y su entonces alumno, Alfred Sturtevant, no le ofrecían a Muller el reconocimiento que este se merecía por sus aportes en el estudio que realizaban sobre la genética de las moscas.

De hecho, si se buscan los archivos del “Fly Lab” o “Fly Room” el nombre de Muller prácticamente no aparece por ningún lado. La única excepción sería un artículo publicado por él mismo. Sin embargo, este llega a ser uno de los más significativos. En este, el científico logró demostrar que la expresión de los genes de una mosca era capaz de alterar y hacer mutar a otros. En pocas palabras, comprobó que la manifestación de los genes en las moscas depende no de procesos individuales sino de la interacción de los genes.

La “Fly Room” en BIO. T.S. Painter se sienta a la izquierda, W.S. Stone se encuentra en la parte posterior, C.P. Oliver se sienta al frente y Muller ve moscas a través de su lupa de joyero / Crédito: Biblioteca Lilly, Universidad de Indiana.

Luego de estos encontronazos, una vez consiguió su título de postgrado en 1915, Muller dejó el laboratorio y se unió a la Universidad de Texas.

La investigación digna de un premio Nobel

Fiesta de laboratorio en el laboratorio de Thomas Morgan. Muller sentado junto a Morgan, segundo desde atrás, 1919 / Crédito: Biblioteca Lilly, Universidad de Indiana.

Serían 5 años más tarde, durante la década de los 20, que Muller llevaría a cabo la investigación que lo llevaría a ser reconocido con un premio Nobel y recordado por la sociedad hasta la actualidad. Allí, estudiaría los genes de las moscas de la fruta (Drosophila) y las características hereditarias de estos. Para 1927, encontraría las pruebas de que estos genes y sus mutaciones aumentaban cuando las moscas se exponían rayos X.

Fue con ella que logró mostrar al mundo que los rayos X –entonces vistos como un elemento inofensivo o incluso curativo– en realidad tenían efectos perjudiciales sobre los genes y nocivos para la salud. Por ejemplo, ya se veía una tendencia en la que la exposición a la radiación podía original cáncer. Según las explicaciones de Muller, esto simplemente se debía a que los rayos X eran capaces de causar mutaciones en el organismo que favorecían la aparición de células cancerosas.

Sin embargo, para esta década, la sociedad no estaba lista, y sus ideas por años le trajeron mucho más rechazo que gloria.

La polémica lo siguió

En esta oportunidad, le tocó de nuevo a Muller ser el defensor de una opinión que no era popular. Para ese momento, se utilizaban indiscriminadamente los rayos X en la medicina, tanto así que incluso se los veía como un posible tratamiento de fertilidad que ayudaba a que las mujeres ovularan.

Claramente, esto no funcionaba de la forma esperada, pero nadie parecía notarlo (o por lo menos nadie parecía estar dispuesto a hacerlo). Por este motivo, las advertencias de Muller, que se preocupaba por la salud de aquellos que estaban siendo “tratados” con rayos X, molestó a muchos de la comunidad médica. Tal fue el grado de disrupción de sus opiniones con lo que era la norma, que muchos simplemente optaron por ignorarlo.

Muller y el socialismo

Por su parte, las afiliaciones socialistas de Muller, a las que lo acercó su padre desde muy temprana edad, también lo convirtieron en el foco de las amonestaciones del condado de Texas, incluso, en un punto, el FBI comenzó a seguirlo. Para 1932, Muller sintió que era momento de dejar atrás EE.UU., pues la Gran Depresión atacaba al país, y se mudó a Europa.

Desde 1934 hasta 1937 Muller vivió e impartió clases en el Instituto de Genética de Moscú de la Unión Soviética. A su salida de allí, a pesar de que sus convicciones socialistas se mantuvieron, mucha de su simpatía por el comunismo había desaparecido. Durante su tiempo allí, varios de sus colegas y estudiantes “desaparecieron”, mientras Muller veía cómo el gobierno de Stalin tiraba por tierra la genética para favorecer el modelo evolutivo de Lamark. El científico no tuvo que pasar mucho tiempo allí para saber que ese no era su lugar.

Los aportes de Hermann Muller

A pesar de que la contribución más grande que se conoce de Muller tiene que ver con su descubrimiento de los peligros de los rayos X, la verdad es que esta no fue su único aporte. Por ejemplo, el científico trabajó también un tiempo en la Universidad de Edimburgo, como investigador asociado en el Instituto de Genética Animal, en el que no solo estudió los rayos X, sino también los rayos UV y el gas mostaza. Su interés en estos últimos se desató ya que ambos demostraron tener capacidad de ser también elementos mutágenos.

Hermann Muller gana el premio Nobel de Fisiología/Medicina

Muller recibiendo el Premio Nobel de Fisiología-Medicina, 1946 / Crédito: Fundación Nobel.

Para 1945, luego de 5 años de rondar por Europa, huyendo de los conflictos de la Segunda Guerra Mundial, Muller finalmente logra encontrar un puesto permanente y se asienta como profesor en la facultad de zoología de la Universidad de Indiana. Allí permaneció hasta que su jubilación.

Muller con el personal y un gato, en la “Fly Room” de la Universidad de Indiana / Crédito: Biblioteca Lilly, Universidad de Indiana.

Para 1946, su trabajo sobre los efectos mutágenos de la radiación finalmente es reconocido e incluso se le nominó al Nobel de ese año. Naturalmente, Muller terminó siendo galardonado por su aporte.

Muller, su esposa, Thea, y su hija, Helen, 1946 / Crédito: Biblioteca Lilly, Universidad de Indiana.

En este punto, el científico tomó de nuevo su bandera concienciadora e hizo un llamado a las comunidades médicas y científicas, para que entendieran los peligros de la exposición a la radiación de los rayos X.

Hermann J. Muller – Un hombre nacido para la innovación

Crédito: UT Zoology Archive, Dolph Briscoe Center for American History, Universidad de Texas, Austin.

En un tiempo en el que la educación y el conocimiento aún se encontraban salvaguardados para unos pocos, Muller consideraba que la ciencia no solo implicaba estudios y experimentos, sino también la divulgación del conocimiento y la educación a través del mismo.

Por esta perspectiva que tenía de su labor, fue incansable en sus campañas concienciadoras sobre los peligros de los rayos X. Asimismo, no solo sus tendencias socialistas lo metieron en problemas en Texas. Allí, al igual que en la Unión Soviética, Muller se vio enfrentado a un sistema que aún renegaba de la evolución.

Crédito: Foto en UT Zoology Archive, Dolph Briscoe Center for American History, Universidad de Texas, Austin.

Por otro lado, Muller también fue pionero teórico en conceptos actuales como la inseminación artificial. Consideraba que esta sería una buena solución reproductiva para familias con trastornos genéticos –cosa que, en efecto, es–. Sin embargo, por el tiempo y la sociedad en la que expresaba sus opiniones, muchas de estas fueron ignorabas o vistas con plena desconfianza.

Muller dejó este mundo el 5 de abril de 1967, a los 77 años, debido a una insuficiencia cardíaca. Sin embargo, las investigaciones y aportes de este biólogo siguen no nosotros hasta la actualidad. Además del premio Nobel, Muller también llegó a ser condecorado con la Medalla Darwin-Wallace en 1958 y nombrado como Humanista del Año en 1963.

Muller en su última caminata con su segunda esposa, Thea, 1964 / Crédito: Biblioteca Lilly, Universidad de Indiana.

El conocimiento que este trajo sobre los procesos de mutación de los genes, el reconocimiento de estos como un proceso evolutivo más y la exacerbación que se podía realizar a estos a través de los rayos X no solo sirvieron en su momento para cambiar las perspectivas de la ciencia, sino que le dieron nuevas metas de estudio a los biólogos que vinieron después de él. Asimismo, dejó tras de sí textos como “El mecanismo mendeliano de la herencia”, en 1915; “Genética, hombre y medicina”, en 1947, y “Estudios sobre genética”, en 1962.