La malaria, también conocida como paludismo, causada por parásitos del género Plasmodium, representa un importante problema de salud pública. Cerca de 3.200 millones de personas en 89 países corren el riesgo de contraer la enfermedad, para la cual actualmente no hay vacuna. Cada año, se registran más de 200 millones de casos y más de 400.000 muertes, principalmente de niños.

Hasta ahora, los pilares fundamentales para el control de la malaria siguen siendo el control de los mosquitos anofelinos –transmisores de la enfermedad– y el manejo efectivo de los casos, que depende de manera crucial de la eficacia de los fármacos antipalúdicos utilizados.

Tratamiento de primera línea

A finales del siglo pasado, la introducción de las terapias combinadas de artemisinina (ACT) proporcionó un tratamiento antipalúdico muy eficaz, que se convirtió en el tratamiento de primera línea para la malaria no complicada en todos los países endémicos.

El hecho de que esta cepa resistente se haya extendido entre varios lugares en Ruanda y su capacidad para resistir la artemisinina tienen importantes implicaciones para la salud pública.

La resistencia a la artemisinina, el componente principal de los tratamientos antipalúdicos actuales recomendados por la OMS, ya está muy extendida en el sudeste asiático, pero hasta ahora no se había descrito en África.

Desafortunadamente, investigadores del Instituto Pasteur, en colaboración con el Programa Nacional de Control de la Malaria en Ruanda, la Organización Mundial de la Salud y la Universidad de Columbia, recientemente detectaron en Ruanda la aparición y propagación de parásitos de la malaria capaces de resistir derivados de artemisinina.

Una amenaza grave

Esta resistencia, que conduce a un retraso en la eliminación de los parásitos del torrente sanguíneo de las personas tratadas con un ACT, es actualmente una amenaza grave que puede dificultar los esfuerzos para combatir la enfermedad.

Anualmente se registran a nivel global más de 200 millones de casos de malaria y más de 400.000 muertes, principalmente de niños.

Una preocupación importante es que estos parásitos resistentes se propaguen a través del África subsahariana, el continente más afectado por la malaria (con más del 90 % de los casos), como fue el caso con generaciones anteriores de tratamientos antipalúdicos. En la década de 1980, se cree que la reducción de la eficacia de estos tratamientos contribuyó a varios millones de muertes adicionales por malaria en niños africanos.

El hecho de que esta cepa resistente se haya extendido entre varios lugares en Ruanda y su capacidad para resistir la artemisinina tienen importantes implicaciones para la salud pública. En ausencia de medidas efectivas para contener la propagación de parásitos resistentes en Ruanda y en los países vecinos, existe el riesgo de que con el tiempo adquieran la capacidad de resistir los medicamentos utilizados en los ACT.

Esto significaría que los únicos tratamientos disponibles se volverían ineficaces, como ha ocurrido en el sudeste asiático. Un modelo de este escenario, en el que no se toman medidas, pronosticó que la ineficacia de los ACT en África podría ser responsable de 78 millones de casos adicionales y alrededor de 116.000 muertes adicionales durante un período de cinco años.

Referencia: Emergence and clonal expansion of in vitro artemisinin-resistant Plasmodium falciparum kelch13 R561H mutant parasites in Rwanda. Nature Medicine, 2020. https://doi.org/10.1038/s41591-020-1005-2