India es uno de los mayores productores de alimentos del mundo, y la presencia de culturas tan diversas también hace su gastronomía muy variada. Pero irónicamente, con sus 1,358 millones de habitantes, también es uno de los países con mayor población de personas hambrientas y niños con desnutrición.

Y como indicamos en una nota previa, la pandemia de COVID-19 ha exacerbado este problema. Los bloqueos implementados para evitar los contagios y el consecuente distanciamiento social ha limitado los ingresos de muchas personas que dependían del comercio informal.

La llegada del virus ha alterado el funcionamiento de los sistemas alimentarios globales y locales, y aquellos de escasos recursos y que ya padecían hambre han sido los mayores receptores de este impacto.

Planes de crecimiento en producción de alimentos cancelados

Antes de que iniciara la pandemia, India tenía planes de ocupar el lugar comercial de China en cualquier país que implementara restricciones contra ella. Esto incluía el comercio de alimentos de como arroz, cebolla, papas, vegetales, mangos y miel.

También se habían planteado una meta de exportar alrededor de 100 mil millones de dólares en productos agrícolas para 2025 aprovechando su ingreso en los mercados de América Latina y Oceanía. Junto a esta, se esperaba una cosecha de 295.7 millones de toneladas métricas este año, lo que habría representado un nuevo récord para su país.

A pesar de ello, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que India pierde o desperdicia casi el 40 por ciento de los alimentos que produce debido a fallas graves en las cadenas de suministro.

Carecen de instalaciones con refrigeración y almacenamiento adecuado, y esto hace que cerca del 20 por ciento de toda la producción de alimentos se pierda incluso antes de llegar a los mercados.

Los estragos de la pandemia

A pesar de estas dificultades, las expectativas en materia de producción y exportación de alimentos eran altas, situación que cambió cuando se detectaron los primeros casos de COVID-19 en su territorio.

La pandemia dio lugar a un cierre masivo a nivel nacional que exacerbó las vulnerabilidades de su sistema alimentario interrumpiendo cadenas de suministros locales, regionales y nacionales y aumentando el desperdicio de alimentos.

Esto llevó a los productores a vender sus productos a precios tan bajos para rayar en las pérdidas, mientras que algunos ni siquiera pudieron venderlos. A esto se sumó la escasez de mano de obra, que retrasó la cosecha de productos como el trigo en dos semanas. El cierre de las carreteras ha obstaculizado el traslado de granos en todo el país.

Y como suele ocurrir en este tipo de crisis, los precios se han incrementado de manera significativa. En las grandes ciudades, el pollo y el cordero cuestan 75 por ciento más que antes, pero es probable que muchos no estén interesados en hacer tal inversión gracias a las cadenas de desinformación que aseguran que la COVID-19 puede transmitirse a través de la carne de pollo.

El hecho es que la inseguridad alimentaria se disparó y muchas personas se han visto en la necesidad de desobedecer las órdenes de distanciamiento social para luchar por conseguir algo para su hogar. La parte más triste de ello es que la decisión rondaba entre dos opciones nada favorables: morir de hambre o contraer el coronavirus.

Referencia:

How COVID-19 worsens hunger in India, the world’s largest food basket. https://phys.org/news/2020-07-covid-worsens-hunger-india-world.html