La pandemia del coronavirus ha puesto a muchos sectores de la sociedad en situaciones complicadas. Sin embargo, uno de los que han resultado afectados de forma notoria y directa es el área de la salud y los cuidados médicos.

A ser estos la primera línea de defensa contra el COVID-19, en los países en los que los contagios se han vuelto descontrolados, los hospitales rápidamente se han visto desbordados. Igualmente, las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), a donde van los casos más graves y que requieren más atención, también reportan espacios insuficientes como para cumplir con la demanda… ¿Qué pasa en estos casos?

Acostumbrados a la presión

En líneas generales, las UCI suelen estar llenas todo el año. Por lo que no es una novedad para estas el que se demande un alto rendimiento dentro de su sección.

De hecho, están pensadas para funcionar cómodamente incluso cuando están al 70 u 80% de su capacidad. Con esta organización, son capaces de adaptarse a ingresos de último minuto o a aumentadas y repentinas cargas de nuevos pacientes.

Para esto, solo hacen una distribución mayor tanto de los esfuerzos del personal como de los espacios de los que se disponen, para poder ajustarse a la nueva demanda. Sin embargo, llega un momento en el que esto ya no es suficiente y ni los mejores arreglos son capaces de abarcar a todos los pacientes que requieren atención.

Lo que no se quiere hacer

Cabe destacar que, hasta el punto anterior, la distribución de recursos siempre buscaba ofrecer las mejores condiciones de seguridad y comodidad tanto a los pacientes como a los doctores y el personal de salud encargado de cuidarlos.

Pero, cuando se llega a puntos críticos como el actual, las cosas cambian y se rozan puntos que, usualmente, se prefiriere evitar. Según comenta el doctor James McDeavitt, de la Escuela de Medicina Baylor en Waco, Texas, acá es donde “comenzados a hacer las cosas que no queremos hacer”.

Sobrecarga de trabajo

En este punto, los hospitales comienzan a sobrecargar a sus trabajadores para que atiendan a muchos más pacientes de los que normalmente deberían. Con esto, se recude la atención individual que el trabajador puede dar a cada uno, pero se aumenta el número general de personas atendidas.

Compartir espacios

Igualmente, por cuestiones de espacio, comienzan a colocar varias camas de pacientes en una misma habitación. Así, nuevamente, se aseguran de poder atender e internar a más personas. No obstante, el ambiente estéril de los cuartos deja de serlo y el riesgo de infección entre pacientes delicados se hace más grande.

Distribución de recursos insuficientes

En momentos como estos, elementos como el equipo de protección personal (EPP) también comienzan a escasear. Como resultado, muchos cuidadores se ven en la necesidad de reutilizar materiales que son típicamente de un solo uso. Con esto, no solo se incrementa el riesgo de transmisión de infecciones entre los pacientes, sino también entre el propio personal médico.

¿Vale la pena ir al hospital si este está desbordado?

Sí, sin lugar a dudas. “Si necesitas cuidado médico, por favor ven al hospital” afirma Craig Coopersmith, doctor y director en el Emory Critical Care Center. En otros espacios, los casos positivos de COVID-19 pueden interactuar con los negativos sin que ninguno de estos tenga idea En un hospital, las debidas identificaciones se llevan a cabo y los pacientes se aíslan según el caso requiera.

Por esto, hace énfasis en que, yendo al hospital las personas podrán recibir un cuidado mucho mejor que quedándose en casa. Sobre todo si su condición amerita cuidados intensivos, sostenidos y especializados.

El desafío más grande

Cuando hablamos de las UCIs muchas veces se menciona su capacidad en relación con la cantidad de camas que tienen disponibles. Sin embargo, para Coopersmith “una cama es una cama” y se puede equipar una que no sea especializada si la situación lo amerita.

En realidad, lo que realmente nueve a las UCIs son las atenciones que el personal tiene con cada paciente y los tratamientos que les dan. Por lo que, en momentos como estos, garantizar la seguridad de los trabajadores el vital. No obstante, debido a las medidas antes mencionadas, esto no siempre es posible. Es allí donde se encuentra el máximo desafío: mantener a los trabajadores seguros y sanos mientras se intenta proveer de la misma seguridad y salud a los inagotables nuevos pacientes que entran a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Buscando nuevos recursos

Una estrategia que se ha utilizado para lidiar con esta situación es la de solicitar el apoyo de personal de otras áreas del hospital. Esto, aunque puede ser un paliativo, viene con sus propias desventajas.

Para poder ser personal de las UCIs es necesario que los trabajadores piensen rápido y actúen en consecuencia, pero que nunca se dejen llevar por la premura de las situaciones, sino que sus decisiones se vean orientadas por un pensado criterio médico sin excepción. Asimismo, son requeridas unas ciertas fortalezas mentales y físicas para soportar los largos turnos y todos los eventos que se desencadenan en las UCIs (exacerbados ahora por la situación de pandemia).

Por otra parte, el resto del hospital no puede quedar desatendido, pues también es necesario tratar a los pacientes que no van por COVID-19. Debido a lo que, el proceso de selección y rotación también debe tomar esto en cuenta.

Necesidad de capacitación

Por si fuera poco, el manejo de los equipos de las UCIs no necesariamente es del conocimiento de todos. Es por esto que también los hospitales se verán en la necesidad de crear programas de capacitación que le permita al personal obtener los conocimientos que necesita para apoyar al equipo de trabajo de la UCI.

La situación del COVID-19 y las UCI

El coronavirus viene además, con su propio set de desafíos. Además de haber aumentado la demanda de atención en las UCIs también trae otros retos. Por ejemplo, la cantidad de EPP que los médicos deben usar es mayor, y el tiempo de colocación, desinfección y descarte de estos equipos –vital para mantener la salud del personal y de los pacientes– se convierte en momentos en los que los trabajadores no pueden atender a los casos que requieren de sus cuidados.

Asimismo, para los pacientes este se convierte en un momento de extrema soledad. A falta de visitas (que se cancelan por seguridad, para evitar el contagio), los pacientes pueden desarrollar traumas durante su tiempo en la UCI. Incluso, en ocasiones podrían buscar el necesario confort emocional en los equipos de cuidados que, inevitablemente, deben ser los nuevos receptores de esta nueva carga psicológica.

Una preocupación adicional

Por si fuera poco, la pandemia del COVID-19 también ha traído nuevas preocupaciones a la mente de los trabajadores. Por la naturaleza de su labor, ellos inevitablemente están expuestos al peligroso y contagioso virus, SARS-CoV-2 con frecuencia.

Como resultado, son unas constantes posibles fuentes de contagio, incluso si se han tomado todas las precauciones para evitarlo. Esto pone un peso extra en la psique de los trabajadores que salen de su turno y van a sus casas con sus familias, a las que, por supuesto, desean proteger.

Como resultado, muchos de ellos pueden incurrir en un aislamiento voluntario, para evitar un contagio accidental. Por esto, la estabilidad mental de los trabajadores podría estar en tanto riesgo como la de los pacientes que también están separados de sus familias.