El lenguaje es una de las grandes creaciones de la especie humana. Gracias a este, no solo aprendimos a comunicarnos y a transmitir conceptos complejos y abstractos, sino que también descubramos un modo de traspasar conocimientos y tradiciones a las futuras generaciones.

Cuando nacemos rápidamente aprendemos a hablar (el idioma que sea) a través de la asociación de una serie de sonidos (palabras) con los elementos de nuestro entorno. Al crecer, esta comunicación se vuelve un proceso tan natural que pocas veces somos conscientes de este. Sin embargo, este se encuentra activo con cada interacción verbal que tenemos en el mundo.

Un detalle particular que vale la pena resaltar es que algunas palabras parecen tener la capacidad de emocionarnos, entristecernos, alarmarnos o asustarnos más que otras. En general, esto lo atribuimos a los significados que vienen asociados a ellas.

Pero, este nuevo estudio que se ha publicado en Psychological Science de la mano de los investigadores Arash Aryani, Erin S. Isbilen, William R. Kenan  y Morten H. Christiansen podría indicarnos que hay mucho más allá de lo que imaginaríamos inicialmente. De hecho, este propone que el mero sonido que compone las palabras puede disparar en nosotros una respuesta emocional. Una que, sobra decir, no se asocia con el significado aprendido de esta.

¿Emparejamiento psicológico?

En estudios anteriores se ha hablado de que, dependiendo de si los sonidos son más agudos o graves, estos pueden asociarse con figuras más angulares o redondeadas, respectivamente. Para la investigación actual, se tomaron en cuenta 8 de estos experimentos para realizar las nuevas pruebas.

En un primer nivel, se midió de forma subjetiva (al preguntar a los participantes) cuáles eran sus reacciones ante determinadas palabras. Todas estas, en esta primera fase, ya habían sido utilizadas en experimentos anteriores, como “bouba” asociada con formas redondeadas y “kiki”, con figuras más angulares.

Luego, para un segundo intento, se midieron las respuestas y asociaciones de las personas con un monitor que también permitía discernir el nivel de respuesta neuronal de estas. Acá se replicaron de nuevo muchos de los resultados anteriores con respecto a las relaciones que construían las personas entre las figuras y los sonidos.

Se ha dicho que este proceso de asociación psicológica podría ser el responsable de elementos como el desarrollo temprano del habla. Sin embargo, la ciencia no ha logrado ponerse de acuerdo para determinar el por qué detrás de estas asociaciones.

Sonido, emoción y significado, todo en uno

Ahora, los experimentos antes mencionados, además de corroborar los resultados anteriores, también han añadido un nuevo jugador a la partida: la emoción. Según sus resultados, independientemente del significado que tuviera la palabra, ciertas combinaciones de sonidos fueron capaces de despertar respuestas neuronales y corporales más fuertes.

Por ejemplo, la antes mencionada “kiki” hizo que el organismo reaccionara con más fuerza y que la presión arterial aumentara. Una reacción que imitó también otra palabra como “virus”, que en la actualidad de paso tienen una connotación negativa inmediata. Pero, los resultados han reflejado que esa connotación negativa no se trata del primer disparador de las reacciones del organismo. Por su parte, “bouba” con su sonido abstractamente redondeado, transmitió calma a quienes la escucharon.

En casos como los de “kiki” y “bouba” nos encontramos con dos “pseudopalabras”, ya que estas no tienen un significado como tal. Pero, como hemos podido ver, esto no fue un impedimento para que desencadenaran reacciones emocionales y corporales distintas en quienes las escuchaban.

Un camino mucho más directo entre el sonido y el concepto

Entonces, estas investigaciones han reflejado que tal vez, las connotaciones que le damos a las palabras, no necesariamente tienen que ver solo con el concepto que se nos ha inculcado que debemos asociar a ellas.

De hecho, tal vez los sonidos, al igual que los colores, sean capaces de despertar emociones varias en nosotros, más allá del contexto o la forma en que se los use. Un detalle que también podría explicar nuestra capacidad de conectar con las emociones a través de otros elementos auditivos como la música, el “idioma universal”.

Las denominaciones de las cosas pueden ser mucho menos arbitrarias de lo que creemos

Los resultados de este estudio han podido aclarar un posible camino seguido por las asociaciones para llevar a cabo el antes mencionado emparejamiento psicológico. Esto lleva a los investigadores a hipotetizar que:

“El vínculo de excitación entre el sonido y el significado también puede haber permitido a los primeros humanos despegar el lenguaje en primer lugar, al facilitar la asociación de una palabra con su significado”.

En pocas palabras, sugieren que el proceso de construcción del habla, que se fue perfeccionando con la evolución no nació de asociaciones inicialmente arbitrarias, sino que estas partían de una repuesta emocional asociada a elementos visuales y auditivos que entonces se volvían equivalentes a través de esta perspectiva.

Referencia:

Affective Arousal Links Sound to Meaning: https://doi.org/10.1177/0956797620927967