Edward Jenner por James Northcote. Pintura al óleo.

El mundo, durante miles de años, se vio asolado por la viruela, causada por el virus Variola. Esta enfermedad es tan antigua que realmente no se conoce su verdadero origen. Por ahora, se piensa que este podría remontarse a la época del antiguo Egipto en el siglo III a.C. debido a la erupción de pústulas que se ubicó en el cuerpo momificado del faraón Ramsés V, quien murió en 1157 a.C.

Desde entonces, la humanidad no ha parado de crecer, desarrollarse y extenderse por el mundo. Y, junto a ella, también lo hizo la viruela. Para el siglo XVIII la enfermedad finalmente culminó su gira mundial al diezmar a la población de aborígenes de Australia (único territorio que hasta el momento se había salvado de la viruela).

Esta enfermedad era conocida por su extrema mortalidad al acabar con la vida de al menos un tercio de aquellos a los que infectaba. Para el siglo XX, cuando la enfermedad aún circulaba por el mundo, se dice que logró llevarse consigo 300 millones de vidas.

Pero, incluso si se era del porcentaje de supervivientes, las personas no estaban libres de consecuencias a futuro. Generalmente, las pústulas generadas por la viruela dejaban marcas profundas y de por vida en la piel de los sobrevivientes. Unas que, en ocasiones, podían ser bastante graves y notorias.

¿Qué se hacía cuando aún no había una vacuna?

A pesar de que no existían las vacunas, esto no implica que la viruela no tuviera ningún tipo de tratamiento. De hecho, los principios de la inmunización ya se manejaban de uno u otro modo.

Por ejemplo, se sabía que quienes habían tenido la enfermedad una vez, y habían sobrevivido, ya no volvían a sufrirla. Por eso, muchas veces se usaba a los supervivientes como cuidadores de quienes tenían un caso activo de viruela.

Sin embargo, este no fue el único mecanismo de protección con el que la humanidad comenzó a contar. En su momento, el proceso conocido como inoculación se hizo altamente popular. De hecho, llegó a ser el tratamiento de cabecera contra la viruela.

Básicamente, el tratamiento consistía en inocular una pequeña cantidad de viruela activa de un paciente en un individuo sano. De esta forma, se esperaba que tuviera una versión leve de la enfermedad y que luego, como consecuencia, desarrollara la esperada inmunidad. A este proceso específico para la viruela también se lo conocía como variolización o variolación.

Los peligros de la variolización

Sin embargo, este mecanismo tenía sus propios riesgos intrínsecos. De hecho, no existía una verdadera forma de controlar la reacción de la persona a la inoculación.

Esto ya que, en realidad, si el virus estaba en una pústula joven o reciente, sería más fuerte y podría causar una infección completa en la persona. Por lo que esta no solo terminaría cayendo gravemente enferma sino que terminaría por contagiar a otras personas en el camino.

Asimismo, como el traspaso de estos fluidos iba de persona a persona, existía el riesgo de que otras enfermedades además de la viruela se transmitieran. Para la época, una de las más peligrosas y también comunes era la sífilis.

Mientras tanto en Inglaterra…

Durante mediados del siglo XVIII, cuando la viruela aún se expandía sin control por el mundo, y ya estaba a territorio australiano, y mientras la variolación continuaba reinando como tratamiento principal, llegaría al mundo el hombre que cambiaría este status quo.

Edward Jenner (1747-1823)

Edward Jenner nació el 17 de mayo de 1749, desde muy pequeño mostró interés por la ciencia, al igual que por la medicina. Un detalle que se hizo más notorio cuando en 1757, a sus 8 años, Jenner fue tratado con variolización para protegerlo de la viruela.

Afortunadamente, en esa oportunidad el tratamiento surtió efecto y Jenner logró inmunizarse contra la enfermedad. Pero el germen de la curiosidad permaneció en él y lo instó a educarse para convertirse en un médico en su pueblo natal en Berkeley, Gloucestershire.

A sus 13 años ya se había vuelto ayudante de un cirujano en una ciudad circundante, Sodbury, cerca de Brisol. Años más tarde, Jenner se encontraría en Londres junto a John Hunter ganando más experiencia en el campo de la medicina. Sería allí de heho que este desarrollaría un método mejorado para preparar el sarro emético (tartrato de antimonio y potasio), un medicamento utilizado en esa época.

Para 1773, habiendo desarrollado sus conocimientos en biología y también como médico, Jenner regresó a Berckley para ejercer su profesión. Dentro de su pueblo natal, Jenner fue popular y muy reconocido, debido a que era muy hábil en su trabajo.

El testimonio de una ordeñadora de vacas lo cambió todo

Sin embargo, el momento decisivo que marcaría el inicio del legado que Jenner le dejaría al mundo vino de un sencillo comentario que una ordeñadora de vacas le hizo al doctor. Esta fue a consultarlo por unas particulares marcas que le estaban saliendo en la piel, pero antes de que él hiciera un diagnóstico le dijo:

“Sé que no es viruela porque ya me dio viruela vacuna”.

Efectivamente, al igual que con los supervivientes de la viruela humana, aquellas personas que contraían la viruela vacuna también quedaban inmunizadas contra la enfermedad humana. Por este motivo, las personas que trabajaban cerca del ganado, como esta lechera, solían estar protegidos contra la enfermedad.

Pero, había un plus que hacía de su inmunidad mucho más particular que la de los sobrevivientes o la de los variolizados: obtenerla nunca puso su vida en riesgo. Esto se debió a que la viruela vacuna se trataba de una versión más leve de la enfermedad, una versión que no era mortal. Fue esta reflexión la que llevó a Jenner al descubrimiento de su vida.

El gran (y arriesgado) experimento

Dibujo de Edward Jenner vacunando a James Phipps. A la derecha, la lechera Nancy Nelmes, en la ventana, la vaca Blossom.

Luego de este encuentro, que se dio en 1775, Jenner comenzó a estudiar en detalle tanto la viruela bovina o vacuna como la de los humanos. Realizó sus primeros experimentos en animales y descubrió que, traspasando extractos de las llagas producidas por la viruela vacuna, podía inmunizar a estos contra la humana. Entonces, ya solo quedaba poner la teoría en práctica, y probarla en un ser humano.

Su primer paciente se llamó James Phipps, un niño de 8 años, hijo del jardinero de la familia Jenner. En 1776, Edward le inyectó a Phipps extractos de las pústulas de viruela vacuna que la lechera Sarah Nelmes había contraído de su vaca Blossom.

En efecto, Phipps se contagió con la viruela bovina, perdió el apetito y tuvo fiebre por un par de días. Pero luego comenzó a recuperarse.

Vía: BBC Mundo.

Cuando había superado la enfermedad, Jenner expuso al pequeño Phipps a la viruela humana, al inyectársela también. En esta ocasión, Phipps no se contagió, ni desarrolló ningún síntoma. Gracias al tratamiento de Edward, el niño había desarrollado inmunidad sin poner su vida en riesgo. La teoría se había probado en la práctica.

Jenner no sabía por qué, pero era claro que su método funcionaba

Desde ese entonces, Jenner continuó trabajando con su descubrimiento hasta que, en 1797, se decidió a enviar un breve documento explicativo de su experimento a la Royal Society. Sin embargo, son la posibilidad de ver los virus con los microscopios de la época –que aún no eran tan potentes– era casi imposible para Jenner justificar los motivos por los que su método había funcionado.

Por este motivo, la Royal Society rechazó su comunicado original por considerarlo demasiado revolucionario. Debido a lo cual, consideraban que necesitaba hacer más pruebas antes de que se lo pudiera aceptar.

Un segundo intento y reacciones inesperadas

Jenner se tomó el consejo en serio y no se detuvo en sus investigaciones. Repitió el experimento realizado en el pequeño Phipps en otros niños (las víctimas más comunes de la enfermedad) y tuvo éxito en todas las oportunidades. Entre este nuevo grupo estuvo incluso so propio hijo de 11 meses.

Para 1798, publicó de forma privada un folleto conocido como “Una investigación sobre las causas y los efectos de las vacunas Variolae”. En este detallaba su experimento original, las repeticiones de este, sus resultados y sus descubrimientos.

Se dice que en esta oportunidad fue cuando Jenner utilizó por primera vez el término “vacuna” para referirse a su procedimiento. Como base utilizó la palabra latina “vacca” (vaca) para hacer referencia a los animales que hicieron el descubrimiento posible.

No obstante, por años el experimento de Jenner fue objeto tanto de burlas, como de quejas y desacreditaciones. El mundo de la ciencia se rio de su idea y el clérigo tachó de repugnante e impía su idea.

La tercera es la vencida

Pero nada de esto desalentó a Jenner, él sabía que lo que había descubierto servía, y no se detuvo en su intento de llevarlo al mundo. Hasta 1801, realizó incluso más experimentos para sustentar sus clamores con resultados más notorios.

Asimismo, este año publicó el tratado conocido como “Sobre el origen de la inoculación de vacunas”. Fue en este documento en el que Jenner declaró que tenía la esperanza de que:

“(…) la aniquilación de la viruela, el flagelo más terrible de la especie humana, debe ser el resultado final de esta práctica”.

Jenner, el famoso creador de la primera vacuna

En lo que el libro salió a la luz, el mundo de la medicina comenzó a interesarse en los planteamientos de Jenner. Sin miramientos, el doctor de provincia les envió a todos muestras de la vacuna para que comenzaran a aplicarlas también.

Como resultado de la efectividad de estas, Jenner ganó una fama inigualable. Esta fue tal que incluso tanto reyes como emperadores le enviaban regalos y el Parlamento Británico, en varias ocasiones, le dio a Jenner diversas sumas de dinero por sus contribuciones y su trabajo (10 mil libras en 1802 y luego otras 20 mil en 1807).

Se dice que su influencia llegó a ser tal que el mismo Napoleón Bonaparte lo reconocía. Algunas historias relatan cómo en una oportunidad Jenner le pidió que liberara a unos prisioneros y que este lo hizo sin chistar, diciendo que no podría negarle nada a Jenner. A pesar de la fama y la fortuna que llegaron hasta él, Jenner nunca abusó de esta, ni intento enriquecerse de más con ella.

De hecho, continuó ejerciendo su profesión en Berkeley, donde se residenció toda su vida con su esposa y sus tres hijos. Cada uno de estos cayó poco a poco a manos de la tuberculosis, por lo que, para los últimos años de su vida, Jenner estaba solo de nuevo.

Sin embargo, nunca dejó su trabajo de lado, mantenía en su hogar un “Templo de Vaccinia” en el que siempre vacunó de forma gratuita a los campesinos y personas pobres de su zona.

Asimismo, se mantuvo activo hasta su último respiro. El 25 de enero de 1823 Jenner prestó una visita médica a un amigo moribundo. Para la madrugada del 26, sufrió un derrame cerebral (el segundo de su vida) y falleció. El mundo lamentó su partida.

Un mundo libre de viruela

Como sabemos, la meta de Jenner fue la de eliminar la viruela del mundo. En vida, no pudo ver esta meta conseguida, ya que solo se logró 180 después de que publicara en su documento de 1801 sus deseos de verla cumplida.

Como se ve, este no fue un proceso fácil. Para 1959, la Organización Mundial de la Salud (OMS) inició un plan para erradicar del mundo a la viruela a través de la vacunación masiva. No obstante, la falta de recursos de muchos países y la falta de cooperación de los gobiernos de otros tiró al piso todas estas metas.

El segundo intento de la OMS vino en 1967 cuando implementaron un nuevo plan de vacunación con fuerzas renovadas. Esta vez el esfuerzo sostenido comenzó a dar frutos. Por esto, año a año los casos de viruela fueron disminuyendo hasta que, en 1978, ya no se reportaron más. Dos años, más tarde, en 1980, la OMS finalmente declaró al fundo libre de viruela.

El legado de Jenner continúa

Aunque fue un proceso largo, luego de la publicación de 1801, la superioridad de la vacuna con respecto a la variolazión y los riesgos menores fueron aumentando la popularidad de las vacunas. Por lo que, al final, la práctica de la vacunación se generalizó.

Esta transición, según se sabe, ocurrió en algún momento durante el siglo XIX, aunque no se tiene una idea clara de las fechas exactas de esto. En la actualidad, los principios utilizados para crear vacunas, aunque mejorados y más eficientes, siguen siendo los propuestos por Jenner siglos atrás.

Como un ejemplo de esto, podemos ver cómo los planteamientos de Jenner han contribuido al desarrollo de vacunas entre los siglos XIX y XX. Entre algunas de las que se desarrollaron gracias a este están las vacunas contra: la poliomielitis, la tos ferina, el sarampión, el tétanos, la fiebre amarilla, el tifus y la hepatitis B, entre muchas otras.

Hasta el sol de hoy, se le reconoce a Jenner su esfuerzo, no solo por ayudar a erradicar la viruela del mundo, sino por sentar las bases de muchos preceptos de la medicina y la vacunación moderna. Todo gracias a la idea que le llegó al escuchar el testimonio de una lechera y su convivencia con las vacas.

Referencia:

Edward Jenner and the history of smallpox and vaccination: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1200696/