Hasta en los lugares más remotos del planeta se siente el efecto de la pandemia del coronavirus. Ni siquiera Tombuctú en la República de Malí, una ciudad sin vuelos comerciales ubicada en lo más remoto del desierto del Sahara, ha podido escapar del acecho de la enfermedad COVID-19.

Los funcionarios sanitarios de la ciudad, célebre por ser inaccesible desde el resto del mundo, informan que tienen registro de más de 500 casos confirmados de infección coronavírica, incluidas al menos nueve muertes, lo que lo convierte en el mayor brote de Malí fuera de la capital.

Profunda preocupación

La enfermedad coronavírica llegó por primera vez a Malí en marzo, cuando surgieron dos casos: uno en la capital de Bamako, donde aterrizan vuelos internacionales, y el otro en Kayes, una ciudad ubicada al oeste del país. En abril el coronavirus llegó a 1.000 kilómetros de la capital a Tombuctú.

Al igual que en muchas otras regiones que no cuentan con sistemas de salud sólidos, la situación en Tombuctú genera profunda preocupación. En el hospital local, un grupo de carpas instaladas a las adyacencias alberga a decenas pacientes con COVID-19. En las instalaciones no se cuenta con dispositivos de ventilación mecánica que brinden respiración asistida.

La misión de la ONU realiza vuelos hacia y desde Bamako, y con frecuencia transporta pruebas COVID-19 desde lugares distantes hasta la capital.

Oficialmente, el número de muertes por COVID-19 es 9, pero se sabe que al menos otros 6 que murieron posteriormente también dieron positivo a la infección coronavírica.

Hasta ahora, el hospital ha tenido suficientes tanques de oxígeno para tratar a sus pacientes enfermos, pero no se cuenta con suficientes enfermeras para administrarlo, especialmente ahora que hay 32 pacientes con COVID-19 con síntomas graves que requieren hospitalización.

Un escenario muy complejo

Pero la lista de carencias, apenas comienza. No se cuenta con suficientes médicos para tratar a las personas infectadas con el coronavirus, cuyas complicaciones han desconcertado a los médicos de todo el mundo.

Tampoco hay radiólogos para leer las radiografías de tórax, no hay especialistas en pulmón con experiencia en enfermedades respiratorias o médicos especializados en problemas renales, que se han convertido en una de las complicaciones graves de COVID-19. No hay un médico de salud pública y mucho menos un epidemiólogo.

Al hecho de que la remota ubicación dificulta la tarea de reclutar profesionales de la salud, se suma el alto riesgo de violencia en la región, donde los grupos extremistas suelen secuestrar personas occidentales para pedir rescate.

En el hospital local, un grupo de carpas instaladas a las adyacencias alberga a decenas pacientes con COVID-19.

Las patrullas regulares de mantenimiento de la paz de la ONU son un recordatorio diario de cuán inestable es el norte de Malí más de siete años después de que los extremistas islámicos fueran expulsados ​​del poder. Desde el desierto circundante, los rebeldes continúan plantando bombas en las carreteras en todo el norte, lo que aumenta el aislamiento.

La misión de la ONU realiza vuelos hacia y desde Bamako, y con frecuencia transporta pruebas COVID-19 desde lugares distantes hasta la capital. Cuando eso no es posible, los funcionarios de salud locales optan por enviar las pruebas en autobuses públicos, lo que agrega demoras al tiempo de procesamiento.

Por si fueran pocas las complicaciones, las temperaturas se elevan regularmente por encima de los 45 grados centígrados (113 grados Fahrenheit), lo que aumenta la miseria de los pacientes que batallan contra la fiebre.

A pesar del complejo escenario, poco ha cambiado la vida en Tombuctú. Grupos de personas aún rezan en la mezquita, no se aplica el uso de mascarillas ni el distanciamiento social, e incluso muchos dudan de que COVID-19 sea lo que está matando a las personas.

Referencia: COVID-19 cases mount at the ends of the Earth in Timbuktu. The Associated Press, 2020. https://bit.ly/3gfJxmL