COVID-19 es una enfermedad causada por un nuevo coronavirus que se anunció apenas finalizando el 2019, pero que se cree podría haber estar rondando entre los humanos desde la segunda mitad de dicho año.

Su aparición ha derivado en numerosos bloqueos para contener los casos y evitar colapsar los hospitales, mientras se espera una vacuna o tratamiento efectivo. El problema es que estas restricciones ayudan a reducir la tasa de contagios de esta enfermedad en particular, pero en ciertos contextos también nos pone en riesgo frente a otras.

Y es que la poca movilidad de los humanos actualmente también ha limitado las campañas de vacunación, impidiendo que este importante recurso de salud llegue a las comunidades que más lo necesitan. Junto a ello, la reducción de las jornadas de vacunación, la menor disposición de las personas de salir de casa para recibir vacunas, e incluso la influencia de los grupos antivacunas.

La Organización Mundial de la Salud estima que 117 millones de personas en todo el mundo se perderán las vacunas contra enfermedades prevenibles como consecuencia de estos bloqueos. Los niños que están naciendo en medio de esta situación y no reciben sus vacunas contra enfermedades infecciosas incluso más letales que ya han sido controladas, se encuentran en un grave riesgo.

Derek Cameron, especialista de historia en la Universidad de Saskatchewan, ha reflexionado sobre ello en un artículo publicado en The Conversation. Ha estado estudiando la historia de las enfermedades infecciosas y la vacunación, y en los últimos meses se ha centrado en los efectos de la pandemia de gripe de 1918 en la salud pública en Canadá.

Brotes de enfermedades prevenibles tras la pandemia de 1918

A principios de 1900, el hábito de vacunarse era bastante irregular, por lo que no hay muchos registros de aquella época. Y antes de la gripe de 1918, los programas locales de salud pública eran temporales y los trabajadores eran voluntarios, lo que nos da una idea de la poca importancia que tenía este paso para entonces.

Podríamos pensar que tras la emergencia de 1918, se desarrollaron programas de vacunación de rutina y otras mejoras en materia de salud pública, sin embargo, no la cosa no fue tan sencilla. La investigación de Cameron le reveló que, al contrario, los casos de viruela y otras enfermedades prevenibles se dispararon tras la pandemia de gripe.

En 1920, Canadá había registrado 2,553 casos de viruela, los cuales siguieron incrementándose hasta alcanzar un pico de 3,300 en 1927, cuando las tendencias eran 200 casos al año. Además, en 1923, en Cochrane, hubo un brote de fiebre tifoidea con 800 casos y 50 muertes, cifras importantes si consideramos que contaban con 3,400 habitantes en aquel momento.

Los programas de vacunación son necesarios para la salud pública

Los funcionarios de salud pública no fueron lo suficientemente precavidos como para adelantarse a esta situación. Se perdieron las vacunas, y no fue sino hasta que ocurrieron varios brotes como el de Cochrane, Ontario, que el control de dichas enfermedades empezó a ser una prioridad.

Para 1923, la Junta de Salud de Québec brindó apoyo financiero para crear unidades permanentes de salud pública, y designó una semana de higiene para educar a la población sobre la importancia de este tipo de medidas, y en particular, de la vacunación.

Estas medidas fueron copiadas posteriormente en Ontario, donde también se crearon unidades permanentes. Y aunque fueron importantes, la verdad es que estas acciones se desarrollaron de manera muy desordenada, y no de manera conjunta.

A pesar de ello, para 1940 Toronto fue reconocida por ser la primera ciudad con una población de más de 500,000 personas en no reportar casos de viruela. El camino fue largo, y el éxito fue atribuido a la continuidad de las jornadas de vacunación, que se aplicaron religiosamente todos los años en la misma época.

La lección que no debemos olvidar durante una nueva pandemia

Dicho esto, podríamos esperar que la historia no se repita en nuestra época, pero por cómo van las cosas no es descabellado esperarlo. Cameron indica que actualmente existe desinformación, apatía e incluso rechazo hacia la vacunación entre los canadienses, lo cual es preocupante. Antes de COVID-19, Canadá ya había experimentado brote de sarampión, en comunidades subvacunadas.

Por lo que la experiencia con la pandemia de influenza de 1918 debería servir de motivación para el fortalecimiento de los programas de salud pública, sobre todo en un contexto en el que ya muchos están intentando reactivar sus economías.

Referencia:

Vaccinations skipped during COVID-19 shutdown may lead to outbreaks of other diseases. https://theconversation.com/vaccinations-skipped-during-covid-19-shutdown-may-lead-to-outbreaks-of-other-diseases-138106