Nueva York, 1968. La noticia del asesinato de Martin Luther King Jr. en Memphis había corrido como pólvora, incendiando a las ciudades más importantes de Estados Unidos. El Dr. King nunca llegó a ver que su sueño se cumpliera –honestamente, Dr. King, aún falta mucho para eso– y la población afroamericana y aquellos que condenaban el racismo en el país sintieron que les habían arrebatado toda la esperanza de tener una nación diferente.

Las protestas no se hicieron esperar, y en Harlem, el corazón negro de la ciudad que nunca duerme, sus habitantes estaban descargando su ira y frustración al no poder hacer nada que salvara la vida de Martin Luther King ni las suyas. En su despacho, el entonces alcalde de Nueva York, John Lindsay, tuvo la idea de presentarse en el lugar para calmar a sus vecinos.

AP Photo,1968.

“Esa es una muy mala idea, señor”, pensaban sus colaboradores afroamericanos. Y hay que pensarlo: un alcalde blanco, que antes fue un concejal representante del Upper East Side –el barrio más acomodado de la ciudad–, yendo a Harlem sin ningún tipo de protección en pleno estallido por el asesinato del líder del movimiento por los derechos civiles parecía en realidad una muy mala idea. Pero Lindsay era diferente.

En su afán de presentarse en Harlem, sus ayudantes le rogaron que al menos les permitiera ir a echar un vistazo al ambiente de las protestas, y si podían arreglar su visita. Mientras tanto, la escena era verdaderamente dolorosa. Las personas lloraban y decían que no podían creer habían asesinado a Martin Luther King, el asambleísta Charles Rangel pensó que “el país se estaba cayendo a pedazos”. Esa sensación era la que la mayoría de la población tenía al respecto, y el mayor miedo era que Harlem se saliera de control.

Ciudades como Baltimore registraron 13 fallecidos en apenas tres días de protesta, allí, en Chicago y en Washington el ejército tuvo que desplegarse en la calle, con francotiradores y demás. ¿Ven cómo algunas cosas nunca cambian?

Preparando la visita de Lindsay a Harlem

Para calmar la ira de sus vecinos, el entonces alcalde de Nueva York, John Lindsay fue hasta Harlem para expresar sus condolencias y a mostrar respeto por Martin Luther King. Foto: Bettmann Archive, 1968.

Para entrar más en contexto, Harlem era una zona de la ciudad muy diferente al Upper East Side donde solía codearse el alcalde Lindsay. Allí las alianzas que había que hacer era con predicadores callejeros y jefes de la mafia como Bumpy Johnson, el conocido “Padrino de Harlem” –cuyo socio les sonará, Lucky Luciano, miembro de las cinco familias que integraron el clan Genovese en Nueva York–.

Si de por sí había que andar con cuidado por Harlem en un día regular, se imaginarán cómo pintaba el ambiente con la frustración e ira que generó el asesinato de Martin Luther King. No obstante, Lindsay seguía empeñado en ir al vecindario ignorando que sus asistentes no podían garantizar su seguridad. Su asistente, Sid Davioff, tuvo solo 45 minutos para “arreglar” la visita. En esos minutos que de seguro corrieron más rápido que nunca, Davioff se comunicó con Bumpy Johnson para informar sobre la visita, para que avisara a todos sus contactos y hacer la experiencia lo menos incómoda posible.

Una vez todo preparado, Lindsay partió con su equipo hacia Harlem para hablar con sus ciudadanos y aunque la situación era tensa por muchas razones, en lugar de explotar la violencia, realmente calmó los ánimos de la gente. ¿Cómo sucedió eso? Hay que conocer el trasfondo de Lindsay para entender la clave de esto.

Quizás no fue el mejor alcalde de Nueva York, pero sí el más empático

Primero que nada, lo más importante –y quizás lo más sobrevalorado en estos tiempos– es el respeto hacia el otro. Cuando el alcalde John Lindsay llegó a Harlem lo hizo de manera genuina. Así lo recuerda otro de sus asistentes, David Garth:

“Había un muro de personas acercándose desde la calle 125, yendo desde el oeste hacia el este. Pensé que estábamos muertos. John levantó sus manos, les dijo que lo sentía. Estaba muy tranquilo”.

Jimmy Breslin, uno de los columnistas más reconocidos de la ciudad narró los hechos, complementa con esta descripción del momento:

“El alcalde miró directamente a las personas y les dijo que estaba harto y que sentía mucho por Martin Luther King. Los pobres con los que habló suelen ser personas mucho más reales que nosotros, así que entendieron la verdad de John Lindsay”.

Para Garth, su impresión fue que “su aparición fue muy reconfortante para las personas porque no era la primera vez que lo veían. Ya había ido en ocasiones regulares. Eso le dio credibilidad cuando el conflicto estalló”.

Uno de los aciertos de Lindsay fue acercarse regularmente a comunidades con población de minoría para escuchar directamente sus problemas. Foto: Neal Boenzi, 1967.

Ciertamente, aparte de reconocerlo por ser el alcalde de Nueva York, sus ciudadanos podían reconocerlo verdaderamente por su genuino interés en ellos y en sus problemas. Para algunas personas, Lindsay fue el mejor alcalde que tuvo la ciudad, pero la realidad fue muy diferente: durante su mandato hubo huelgas de transporte, huelgas de trabajadores de la salud y hubo intentos fallidos de integrar a las comunidades negras de la ciudad con las blancas, específicamente se falló a la hora de integrar a los chicos afroamericanos en las escuelas y a los afroamericanos de bajos ingresos que rayaban en la pobreza a los vecindarios donde usualmente habitaban los blancos de clase media.

En una pequeña nota aparte sobre este tema, Michelle Obama explica en su libro ‘Becoming’ –sobre el cual se pueden enterar en el documental del mismo nombre que estrenó Netflix– que cuando las comunidades negras comenzaron a mudarse a los suburbios blancos en Estados Unidos, muchas familias caucásicas comenzaron a cambiar de vecindario y a vender sus casas por temor a que bajara el valor de su vivienda o por miedo a que comenzara a deteriorarse por la presencia negra. Años después de haber firmado la ley de derechos civiles en la que se supone que todas las personas son iguales ante la ley.

Volviendo a la historia de John Lindsay, es verdad que su gestión no fue precisamente laureada, pero su reconocimiento viene más por su labor como héroe de los derechos civiles que por su rol como servidor público. ¿De dónde le salió tanta pasión por los derechos civiles a este alcalde? Durante el mandato de Dwight D. Eisenhower, Lindsay era el asistente del entonces fiscal general Herbert Brownell en el Departamento de Justicia.

La carrera de Lindsay como activista por los derechos civiles comenzó mucho antes de convertirse en alcalde de Nueva York.

Allí, Lindsay trabajó de cerca con la lucha por los derechos civiles, incluso Brownell contribuyó con la ley de derechos civiles en 1957. Años más tarde, John Lindsay se convirtió en un miembro del Congreso, y allí votó a favor de la aprobación de esta ley en 1964. De manera que siempre fue coherente con sus ideales por la igualdad de derechos entre las personas.

Desde sus primeros años de mandato como alcalde de Nueva York, Lindsay ya era conocido por caminar por las calles de los vecindarios habitados por minorías y obtener la información y testimonios reales directamente de la población afroamericana y latina.

¿Qué podemos aprender de John Lindsay?

John Lindsay caminando por las calles de Harlem en Nueva York.

En una época revuelta y confusa como esta, la empatía es un verdadero salvavidas. Puede que no seamos las autoridades que pueden hacer algo al respecto, ni tener un cargo influyente, pero el cambio comienza por nosotros mismos, al tener la capacidad de escuchar lo que el otro tiene que decir con respecto a cómo se siente sobre un hecho.

Para que se hagan una idea, Martin Luther King Jr. era una de las pocas esperanzas que los afroamericanos tenían para generar un cambio en Estados Unidos, puesto que ya habían visto demasiada violencia racial –en los estados sureños del país era común ver cuerpos colgados de árboles como mensaje a los que creían en el cambio– y asesinatos de líderes visibles como John F. Kennedy en 1963, Malcolm X en 1965.

Por esta razón, la muerte de King terminó de sembrar el miedo dejando a la población huérfana de líderes y muy lejos de alcanzar el cambio. Es evidente que esto despertó indignación en todo el país porque ya eran demasiados abusos contra una comunidad que solo quería hacer su vida.

Los líderes de la actualidad suelen carecer de empatía y de respeto por los demás, es decir, muchas de estas personas saben identificar cuando un político está preocupándose genuinamente por su situación o si solo quiere el voto. En una época en la que la empatía suele ser una perla difícil de encontrar, el ejemplo de John Lindsay nos enseña que todos, no solo los líderes, debemos ser coherentes con lo que predicamos y que es necesario tener ese acercamiento con el otro para tratar de entender su problema.

A fin de cuentas, a Lindsay lo recuerdan más por su labor por los derechos civiles que por su gestión como alcalde de Nueva York. Esa noche de 1968 Lindsay salvó muchas vidas que pudieron perderse en protestas violentas al simplemente presentarse y mostrar su comprensión y respeto.

John Lindsay es más recordado por su labor en la lucha de los derechos civiles que por su gestión como alcalde de Nueva York.

El legado de John Lindsay volvió a revisarse hace cinco años cuando protestas antirracistas invadieron Estados Unidos por los casos de brutalidad policial en Ferguson y Baltimore en 2015, justo en el marco del 50 aniversario de la elección de Lindsay como alcalde de Nueva York. Un quinquenio más tarde, seguimos revisando su historia, no para recordar su heroísmo por un caso lejano, sino para seguir buscando enseñanzas en un problema que sigue tan presente como hace décadas.

John Lindsay murió hace 20 años, pero su espíritu sigue presente en todos aquellos activistas de los derechos civiles, inspirados en su aporte para poder lograr cumplir el sueño de millones de personas que compartieron el sueño de Martin Luther King en la década de los 60.