Los titulares sobre las muertes relacionadas con la pandemia del coronavirus –a veces actualizados cada hora– indican que estamos absortos en saber más sobre la muerte y que hablar, o al menos leer, sobre ella no causará la muerte per se.

La actual pandemia de COVID-19 ha puesto la muerte en primer plano, desafiando las ideas de la sociedad sobre lo que es una “buena muerte” y las normas funerarias que esperamos después de que alguien ha muerto.

Guiones culturales

Muchos están preocupados por cómo es la muerte y se muestran aprensivos al hablar de sus temores sobre cuándo y cómo puede finalmente pasarnos –o a nuestros seres queridos– y qué tipo de legado se deja atrás. Así que cultural y socialmente, para ayudarnos a dar sentido a esas preocupaciones, invertimos en ideales sobre cómo debería ser la muerte y el morir: la llamada buena muerte.

No se trata de una sugerencia de que haya una buena muerte arquetípica que todos nos esforcemos por tener. La investigación sobre la atención al final de la vida ha indicado que esto es imposible y también indeseable, especialmente si las personas piensan que sus muertes deben reflejar una noción de su individualidad.

Debido a que el coronavirus es una enfermedad infecciosa, la persona moribunda y su cadáver son tratados como un medio de contagio.

Pero hay ciertos guiones culturales sobre cómo evaluamos socialmente algunas muertes como relativamente buenas, y COVID-19 está desafiando muchos de esos guiones.

Una característica común de la figura retórica de la buena muerte es que el moribundo se encuentre en un entorno familiar. Esto se suele interpretar como su propio hogar, lo que ha sido un factor clave en la atención al final de la vida para favorecer el incremento de la cantidad de personas que mueren en casa.

Morir en un lugar desconocido, como un hospital, puede considerarse indeseable, incluso si se necesita atención hospitalaria. En el contexto de la pandemia de COVID-19, la mayoría de las muertes reportadas ocurren en el hospital.

Un medio de contagio

Las muertes en las unidades de cuidados intensivos (UCI) se consideran culturalmente especialmente trágicas, ya que es un lugar imbuido de esperanza que representa los últimos intentos de luchar contra la muerte. Si las muertes en las UCI ya se consideraban “problemáticas” antes de COVID-19, ahora será aún más difícil reconciliarlas con el concepto de una buena muerte.

Debido a que el coronavirus es una enfermedad infecciosa, la persona moribunda y su cadáver son tratados como un medio de contagio. Esto significa que los que mueren por el COVID-19 pueden hacerlo en soledad. Típicamente, la gente se juzga o se molesta al escuchar que alguien ha muerto solo (aunque algunas personas pueden preferirlo).

La situación pandémica actual no es la que muchas personas habrían esperado para su propia muerte o la de alguien que les importa.

Ser un medio de contagio también tiene implicaciones en la forma en que se trata el cuerpo después de la muerte. En algunos lugares, se ha recomendado la incineración directa para minimizar el riesgo de propagación de la enfermedad.

Además, en lugar de un gran funeral, las reuniones conmemorativas son limitadas con un distanciamiento social forzoso, siendo común la transmisión por teleconferencia del servicio, lo que resulta especialmente válido para aquellos miembros de la familia o allegados que están contagiados.

Aunque con frecuencia se piensa en una buena muerte en términos de cómo muere una persona, culturalmente la forma en que se marca la muerte es otra forma de determinar el valor de la muerte de una persona.

Todavía estamos en tiempos difíciles y cambiantes, y no se sabe con certeza los impactos a largo plazo que la muerte tendrá en los afligidos, pero una cosa que es segura: la situación pandémica actual no es la que muchas personas habrían esperado para su propia muerte o la de alguien que les importa.

Referencia: Pursuing a Good Death in the Time of COVID-19. Journal of Palliative Medicine, 2020. https://doi.org/10.1089/jpm.2020.0198

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