El coronavirus se ha convertido en una pandemia que ha afectado al mundo entero. Ahora que estamos a mediados del 2020, vemos cómo diversos países tratan de aplicar medidas más o menos estrictas para sobrevivir a la pandemia mientras la ciencia corre para encontrar una cura.

Sin embargo, no todas las naciones pueden dar inicio a dichas medidas desde un mismo punto de partida. Los países desarrollados, por lo general, cuentan con herramientas que les permiten hacer frente a los problemas económicos que podría traer el frenar la productividad de este durante tiempos prolongados. Por su parte, aquellos que se encuentran en desarrollo pocas veces cuentan con este tipo de seguridad.

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Además de esto, las diferencias entre los sistemas de salud de unos países y otros también se hacen notorias –destacándose la de los países en desarrollo por nunca ser suficiente como para atender a su propia población–. Como consecuencia, a pesar del riesgo económico, muchas naciones han optado por tomar medidas rápidas contra el COVID-19 para evitar colapsar los ya precarios sistemas de salud.

La realidad de los sistemas de salud de los países en desarrollo

Por lo general, se esperaría que un sistema de salud fuera capaz de ofrecer una red de protección capaz de mantener sanos a sus ciudadanos. Sin embargo, esto raras veces se puede cumplir en los países en desarrollo, donde los insumos, profesionales e infraestructuras para este tipo de servicios suelen ser escasos.

Como un ejemplo de esto, podemos ver un caso recientemente mencionado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Según esta, al inicio de esta pandemia naciones como EE.UU. contaban con al menos 170 mil respiradores para atender a sus contagiados. Después de pasar un mes de que el país reportara estos números, con esfuerzos conjuntos, 41 países africanos apenas y lograron reunir poco menos de 2 mil respiradores.

Otros elementos como las camillas de cuidados intensivos y los equipos de protección personal también se muestran particularmente escasos. Por si fuera poco, entonces los profesionales médicos y las pruebas de despistaje también suelen ser recursos limitados. Lo que impide que se puedan aplicar y sostener políticas de sanidad en sus territorios.

Con la llegada del coronavirus, la inversión por intentar mantener funcionado lo poco que se tiene y hacer que las políticas de contención sigan activas está más que presente. Sin embargo, estos esfuerzos tampoco logran ser suficientes y terminan generando repercusiones en otras áreas de la vida de los ciudadanos.

La seguridad alimentaria se pone en riesgo

Otro de los puntos que también hace sonar las alarmas con la llegada del coronavirus a los países subdesarrollados tiene que ver con la seguridad alimentaria de las familias que hacen vida en estos. Por lo general, muchos de los ciudadanos no cuentan con un ingreso fijo y dependen de la economía informal para subsistir.

Por lo que un paro sistematizado del motor económico puede arrastrar a muchos de estos a la pobreza extrema y a la hambruna. Ya para abril de este año, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU advirtió que el hambre podría duplicarse en el mundo a causa del coronavirus. Allí, explicaron que las comunidades más vulnerables serían exactamente aquellas pertenecientes a los países en desarrollo.

Por su parte, otras proyecciones que se enfocan específicamente en el poder adquisitivo de las familias, estiman que en lugares como la India y los países africanos subsaharianos, entre 40 y 60 millones de personas podrían caer un la pobreza extrema.

¿Por qué pasará todo esto?

En general, todos estos problemas originados por el coronavirus y las medidas de confinamiento que su contención exigen se producen en los países en desarrollo por la presencia de un par de factores perjudiciales.

Por una parte, la falta de Bancos Centrales fuertes que le permitan al país emitir deudas a largo plazo hace que estos no encuentren fuentes de financiación en el mundo. Debido a lo cual, sus recursos se limitan exponencialmente y evitan que estos puedan hacer todas las inversiones necesarias en los sectores de salud y seguridad social.

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Por otro lado, el siguiente problema que se presenta es la disminución de las remesas. La moneda extrajera que envían los migrantes a sus familias en su país natal es uno de los factores informales de sustento de muchas economías en desarrollo. Gracias a estas, las familias pueden invertir en salud, educación y alimentación.

En la actualidad, el paro forzado en el que se encuentra el mundo ha puesto en peligro los ingresos de los migrantes. Por lo que, como consecuencia, las remesas también disminuyen o simplemente se detienen. Un detalle que entonces deja nuevamente a los ciudadanos desprotegidos y sin los suficientes recursos para cubrir todas sus necesidades básicas.

Otros factores a considerar

Además de estos dos elementos que influyen directamente en la depresión económica de los países en desarrollo durante la pandemia, es posible detectar otros componentes del mercado que también pueden tener peso en el deterioro económico. En resumidas cuentas, los más resaltantes son:

Mayor presencia de la economía informal

El hecho de que la economía informal represente entre el 50 y 60% del mercado en continentes como África o Latinoamérica ya habla de la influencia que tiene esta sobre los habitantes de estas áreas.

El confinamiento al que nos ha llevado el coronavirus impacta directamente contra estas actividades económicas informales. Por lo que, al menos la mitad del mercado se paraliza y se corta la cadena de ingresos de individuos que, por la naturaleza de su trabajo, no cuentan con respaldos como seguros médicos o seguridad social.

Por si fuera poco, esta posibilidad de perder el ingreso que le da sustento al hogar puede impulsar a muchos a irrespetar las medidas del confinamiento. Lo que hace que las cadenas de contagio no se puedan controlar del todo y se alarga el tiempo que la enfermedad ronda entre la población.

Falta de liquidez para las pequeñas y medianas empresas

Por si fuera poco, ser una empresa pequeña o mediana en un mercado como este puede resultar complicado. Mientras que las ganancias desaparecen debido a la falta de demanda en el mercado, no se cuenta con la suficiente liquidez como para crear un colchón que amortigüe a la empresa mientras la tormenta pasa.

No hay margen de ahorro

Sumado a lo anterior, este tipo de economía de subsistencia fuerza a los ciudadanos a tener planificaciones económicas de un día a la vez. Por lo general, todo lo que se gana se invierte en elementos necesarios para la supervivencia y no se crean planes a ahorros ni se adquieren bienes de valor que contribuyan al capital del hogar.

Sumado a esto, en tiempos de crisis los alimentos suelen comenzar a escasear, lo que aumenta sus precios y los vuelve menos asequibles para la población. En consecuencia, esta debe esforzarse más para adquirir los mismos bienes de supervivencia sin tener oportunidad de ahorrar o planear o futuro.

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Un efecto dominó

Como podemos ver, todos estos elementos se entrelazan unos con otros. Así se convierten en el enmarañado problema en el que se encuentra en la actualidad los países en desarrollo. Por un lado, no hacer caso al COVID-19 llevaría al colapso inmediato de los sistemas de salud. Además, propiciaría el contagio acelerado de la población y posiblemente también a altas tasas de muerte en estas. Todo debido a la falta de recursos para brindar la atención médica adecuada a quienes la necesiten.

Mientras tanto, las medidas de confinamiento tendrán impactos económicos serios. Estos perjudicarán la estabilidad social, laboral, alimenticia y educativa de los ciudadanos. Además, también empujarán a millones al hambre y a la pobreza extrema. No es una encrucijada con una salida fácil y es allí donde se encuentran todas estas naciones ahora.

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