COVID-19 empezó a propagarse cuando varios países estaban experimentando el invierno, una estación muy relacionada con resfriados y con tristeza. Y cuando sus tendencias pandémicas eran innegables, los científicos empezaron a indagar sobre la posibilidad de que la prevalencia de la enfermedad se redujera con el cambio de clima.

A finales de marzo reseñamos un estudio muy interesante publicado Annual Review of Virology que planteaba que la temperatura y la humedad en los interiores influyen significativamente en la propagación del coronavirus. A ciertos niveles de humedad, es más difícil que este se transmita, lo cual aumentó la expectativa de que el cambio de estación pudiera mitigar la enfermedad.

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Y ahora un estudio realizado en Sydney, Australia, ha encontrado nueva evidencia sobre este enfoque. El documento, publicado en la revista Transboundary and Emerging Diseases, revela una asociación entre una menor humedad y un aumento en los casos positivos de la región durante las primeras etapas de propagación. Y tan solo una disminución del uno por ciento en la humedad podría aumentar el número de casos de COVID-19 en un 6 por ciento.

Menos humedad favorece la transmisión del virus

El profesor Michael Ward, epidemiólogo de la Escuela de Ciencias Veterinarias de Sydney en la Universidad de Sydney, quien dirigió el estudio, dijo que la humedad juega un papel importante en la transmisión de virus en el aire.

Cuando la humedad es más baja, el aire es más seco, lo que hace que los aerosoles (coloides de partículas sólidas o líquidas suspendidas en un gas) sean más pequeños, y estos pueden permanecer más tiempo suspendidos en el aire.

“Cuando estornudas y toses, esos aerosoles infecciosos más pequeños pueden permanecer suspendidos en el aire por más tiempo. Eso aumenta la exposición para otras personas. Cuando el aire es húmedo y los aerosoles son más grandes y pesados, caen y golpean las superficies más rápido”.

Australia a esperas de baja humedad

Conscientes de que en China, Europa y América del Norte, la transmisión masiva empezó en invierno, Ward y sus colegas se interesaron por estudiar el fenómeno en Australia, a fines de verano y principios de otoño.

Para su estudio incluyeron 749 casos adquiridos localmente de COVID-19, principalmente en el área del Gran Sydney del estado de Nueva Gales del Sur, entre el 26 de febrero y el 31 de marzo, los cuales estudiaron en función de fenómenos como las precipitaciones, la temperatura y la humedad para el período de enero a marzo de 2020.

Los investigadores descubrieron que una menor humedad estaba relacionada con un aumento en las notificaciones de casos, y que una reducción de la humedad relativa del 1 por ciento podría causar un aumento de los casos de COVID-19 en un 6 por ciento.

“Esto significa que debemos tener cuidado al entrar en un invierno seco”, dijo el profesor Ward, que añadió que la humedad promedio en Sydney es más baja en el mes de agosto, que está muy próximo.

“Significa que podemos ver un mayor riesgo en invierno aquí, cuando tenemos una caída en la humedad. Pero en el hemisferio norte, en áreas con menor humedad o durante los períodos en que la humedad baja, puede haber un riesgo incluso durante los meses de verano. Por lo tanto, se debe mantener la vigilancia”.

Ward cree que COVID-19 podría ser una enfermedad estacional, muy común en períodos en los que la humedad sea baja. Sin embargo, se necesitan más estudios, incluso en el invierno en el hemisferio sur, a fin de comprender mejor esta relación.

Referencia:

The role of climate during the COVID‐19 epidemic in New South Wales, Australia. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/tbed.13631

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