La confianza es un rasgo muy importante para la supervivencia. Como criaturas gregarias, siempre hemos tenido la necesidad de congregarnos y formar alianzas para poder sobrevivir.

En la actualidad, la colaboración no se relacionará directamente con este tipo de elementos. Sin embargo, sigue siendo uno de los pilares fundamentales para el funcionamiento de las sociedades.

Cuando niños, estamos condicionados para confiar en aquellos que se encuentran a nuestro alrededor y que nos brindan protección. Al crecer, desarrollamos “filtros” que nos permiten elegir en quién depositar nuestra confianza y en quién no.

¿Tiene esto que ver con nuestra biología? ¿Se trata de un comportamiento que las sociedades modernas nos han hecho adoptar? ¿Será un proceso más individual, nacido de nuestras experiencias particulares?

A estas dudas atendieron los investigadores de la Universidad de Aberdeen y de la Universidad de Australia Occidental. Al responderlas, planeaban también arrojar un poco más de luz sobre las diferencias en la disposición a confiar de las personas y por qué unas parecen más naturalmente propensas a hacerlo que otras.

La investigación

Para poder realizar esto, el estudio dirigido por la Dra. Clare Sutherland, requirió la participación de 1.264 gemelos. Todos estos fueron interrogados de forma individual sobre su opinión referente a unas fotografías de rostros que los investigadores les presentaban.

Para cada caso, debían determinar si estos les parecían más confiables, atractivos o dominantes. Al final de los interrogatorios, los resultados de cada pareja de gemelos se compararon. Sorprendentemente, estos no fueron tan idénticas como quienes las dieron.

¿Por qué confiamos? ¿Biología, crianza o vivencia?

Con estos resultados, rápidamente los investigadores fueron capaces de responder las primeras dudas que poblaron el estudio. Claramente, las diferencias biológicas no podían interferir, debido a la condición de gemelos idénticos de los participantes del estudio.

Asimismo, estas parejas de hermanos habían tenido la misma crianza, en los mismos círculos sociales y probablemente en las mismas instituciones educativas. Por lo que, solo una variable quedaba como la posible responsable, la experiencia personas.

A pesar de creer en las mismas condiciones, cada individuo tiene una experiencia de vida única y, por ende, puede desarrollar percepciones diferentes del mundo. Lo que, a su vez se traduce en una propensión mayor a confiar más o menos en determinados grupos de personas.

“El ojo del espectador”

Por lo general, hemos comprendido que el ser humano tiende a confiar naturalmente en determinados rasgos sobre otros. Como ejemplo podemos poner los femeninos sobre los masculinos (ya que estos últimos tienden a proyectar más agresividad).

Sin embargo, esta investigación plantea como un nuevo detalle que estas preferencias también vienen determinadas por las interacciones positivas y negativas que se tienen durante la vida. Por lo que, dependiendo de estas, un individuo podría incluso llegar a confiar más en los rasgos masculinos debido a sus experiencias previas.

Sumado a esto, se cree que las personas pueden aprovechar y realizar cambios en su imagen y expresión corporal para lucir más confiable. Con esta nueva investigación podemos ver que esto solo será efectivo en la medida en que estos cambios coincidan con las experiencias del observador.

Una nueva perspectiva

Este nuevo ángulo que se le ha dado al estudio sobre la confianza podría desencadenar nuevas investigaciones sobre el desarrollo de preferencias y la forma en la que determinamos en quiénes confiar y en quiénes no. Asimismo, apuntan a que, con el avance de la tecnología y el aumento de las experiencias individuales y personalizadas en la web, las variaciones en esta capacidad de diferenciación serán cada vez más marcadas –otro fenómeno al que valdría la pena prestar atención desde el inicio.

Referencia:

Once bitten, twice shy… twins study sheds light on trust: https://www.abdn.ac.uk/news/14027/