Cuando hablamos de radiactividad, no hablamos de un daño único al momento, sino uno que durará durante largo tiempo y podría causar consecuencias mucho más graves que residuos sin un lugar seguro donde desecharlos.

Por ejemplo, en un artículo publicado en The Conversation, Giles Harrison, profesor de Física Atmosférica, Universidad de Reading, aborda los efectos meteorológicos que tuvieron las pruebas nucleares realizadas en los años 50 y a principios de los 60, y cuán peligroso hubiera sido para los meteorólogos monitorear la atmósfera en aquella época.

Más lluvia en los días con mayor radiactividad

En aquel momento se hicieron observaciones meteorológicas particularmente minuciosas y de alta calidad, según indica Harrison en su artículo, lo cual pudo ser motivado por el Año Internacional de la Geofísica de 1958.

Harrison y sus colegas se dieron a la tarea de revisar registros meteorológicos históricos para demostrar que las pruebas nucleares de mediados del siglo XX pueden haber cambiado los patrones de lluvia, incluso más allá de las regiones en las que se llevaron a cabo.

Para ello, consultaron las mediciones de Met Office de Kew (cerca de Londres) y de Lerwick (en Shetland, Escocia), con las que pudieron comparar las características de la lluvia durante un período en el que la radiactividad fue máxima con uno de menor radiactividad. Estos lugares se encuentran lo suficientemente lejos el uno del otro para mostrar diferencias climáticas significativas, pero lo suficientemente cerca para mostrar niveles de radiactividad similares en las nubes por encima de ellos.

Y en efecto, la lejanía de los sitios en los que se realizaron las pruebas nucleares no impidieron que la radiactividad liberada se transportara a otras zonas, pues los vientos del nivel superior de la atmósfera y la lluvia de la superficie seguían en movimiento. El experto indica que incluso el agua de lluvia de Londres recibió radiactividad.

Encontraron un 24 por ciento más de lluvia en Lerwick en los días con mayor radiactividad que en los días con menos radiactividad de 1962 a 1964. Aunque notaron que esta diferencia se redujo considerablemente en los últimos años con la disminución de los niveles de radiactividad.

Gotas de agua más gruesas cuando había mayor radiactividad

Pero esta no fue la única consecuencia de aquella Guerra Fría, pues el aire imprimido con radiactividad libera carga eléctrica, lo cual fue confirmado tras los accidentes del reactor de Chernóbil y el evento de Fukushima. Y esta carga eléctrica puede afectar las gotas de agua que conforman las nubes.

Las gotas de agua chocan con otras hasta que son lo suficientemente gandes como para caer en lo que conocemos como lluvia. Pero cuando estas gotas son pequeñas, la carga eléctrica puede hacerlas más propensas a adherirse entre sí en lugar de rebotar al chocar unas con otras.

“También descubrimos que las nubes, como se observó con los sensores automáticos de luz solar, eran más gruesas cuando la radiactividad era mayor”, afirmó Harrison en su artículo.

“La radiactividad liberada en los sitios de prueba del Ártico y el Pacífico Sur causó patrones de perturbación eléctrica que fueron evidentes a miles de kilómetros de distancia, desde Japón hasta el Reino Unido”.

Hasta ahora no había mucha claridad sobre el impacto que podría tener esta carga eléctrica debida a la radiactividad, los investigadores consideran que la época de la Guerra Fría constituye un escenario perfecto para indagar sobre ello. Y este conocimiento es de gran utilidad para los estudios de geoingeniería e incluso controlar fenómenos como las sequías o prevenir inundaciones sin recurrir al uso de productos químicos.

Referencia:

Cold war nuclear tests changed rainfall thousands of miles away. https://theconversation.com/cold-war-nuclear-tests-changed-rainfall-thousands-of-miles-away-138532