Con el mundo sumergido en el medio de la pandemia debido al coronavirus, la sociedad ha cambiado drásticamente en poco tiempo. La mayoría de las modificaciones han sido contingenciales, pero aun así nos han permitido conocer detalles interesantes sobre la naturaleza humana.

Así como muchos de los secretos de este mundo son problemas que la ciencia intenta explicar, el de la naturaleza humana es un punto de interés para muchas disciplinas entre las que se encuentran la sociología, la psicología e, incluso, la filosofía.

Son muchas las teorías y planteamientos que se han hecho para explicar o para intentar entenderla. Sin embargo, claramente existen algunas que se destacan por ser más reconocibles que otras. Entre estas, el dilema de Trolley o del tranvía tiene un lugar especial.

¿Qué es exactamente el dilema del tranvía?

Debido a la gran dispersión que ha tenido este dilema, en la actualidad, es difícil definirlo de manera simple. Las variantes que han surgido de este son incontables y cada una ha mostrado ser capaz de enfatizar y tratar de estudiar diversas aristas de la psique humana.

No obstante, sí podemos hacer mención de sus orígenes y también de los modelos de este dilema que se han vuelto más populares. La primera persona en concebir y presentar este dilema al mundo fue la filósofa Philippa Foot.

En su momento, no esperaba que este se volviera tan reconocido. De hecho, lo estaba usando como un elemento explicativo en su artículo titulado “El problema del aborto y el principio de doble efecto” que publicó en 1967. En su momento, el dilema reflejaba a un tranvía que se movía por los rieles a toda velocidad y sin frenos hacia un grupo de 5 trabajadores que se encontraban en la vía.

Nosotros, como observadores, nos encontrábamos al borde de esta y podíamos ver todo lo que pasaba. El tren no podía ser detenido y los trabajadores estaban demasiado lejos como para poder avisarles. Pero, junto a nosotros había una palanca. Al moverla podríamos cambiar el rumbo del tren a una segunda vía, una en la que se encontraba un solo trabajador. La pregunta que ha causado polémica desde hace años es: ¿Qué deberíamos hacer en esa situación?

Más preguntas que respuestas

No mover nada implicaría dejar morir a los 5 trabajadores para salvar al trabajador solitario. Usar la palanca condenaría a una vida, pero salvaría otras 5 ¿Priva la cantidad de vidas salvadas sobre el derecho a la vida en sí? ¿Tenemos siquiera el derecho a tomar una decisión como esa? ¿Sería correcto alejarse de la situación sin hacer nada?

El dilema de Trolley (tranvía en inglés) ha presentado una simple pregunta, pero esta, como una roca que cae en el estanque, ha ocasionado que, como ondas, despierten muchas más y que lleguen cada vez más lejos.

Tal ha sido el efecto que ni el propio dilema ha logrado mantenerse intacto y, con el paso de los años ha cambiado y recibido modificaciones. Pero, ni siquiera estas han permitido responder todas las incógnitas. De hecho, algunas solo han contribuido con más inquietudes a la lista ya existente.

Empujar al hombre gordo

De entre todas las versiones que se han creado del dilema del tranvía, una de las que más se ha popularizado después de la de Foot ha sido la de la filósofa Judith Jarvis Thomson. Casi 20 años después de la aparición de la versión original del dilema, esta pensadora le presentó al mundo una nueva versión.

Con esta, aunque las variantes son mínimas, se muestra cómo el comportamiento humano puede cambiar en distintas situaciones solo por los detalles o cómo estas se sienten, aunque en esencia sean iguales. La versión del dilema presentada en 1985 tiene casi los mismos protagonistas.

En tranvía sin frenos y conductor se dirige a toda velocidad al grupo de 5 trabajadores que se encuentran en la vía. Pero, esta vez, no hay desviaciones. De hecho, en esta versión no encontramos al borde del camino, estamos sobre un puente bajo el cual debe pasar el tranvía para llegar a los trabajadores.

En esta oportunidad, somos expertos en trenes y sabemos que solo un obstáculo podrá evitar que este impacte contra los trabajadores. Nosotros no tenemos la masa corporal suficiente, pero el hombre gordo que está a nuestro lado sí. ¿Lo empujaríamos del puente para salvar a los trabajadores?

Un mismo dilema, respuestas opuestas

Para el caso del dilema planteado por Foot, al menos el 85% de los individuos, e incluso el 90% de los encuestados concordaron en que la “mejor” opción era tirar de la palanca y perder una vida en pro de otra cinco. Sin embargo, en el dilema de Thomson, este mismo porcentaje no estuvo de acuerdo con empujar al hombre gordo del puente para que su cuerpo interceptara al tranvía. Todo esto, según los datos del Test de Sentido Moral de la Universidad de Harvard que ha recaudado los testimonios de más de 200 mil personas. Ahora, ¿por qué hay esta diferencia?

Las dos situaciones no son iguales para nuestro cerebro

Esta sería la pregunta del millón para algunos y la ciencia no ha perdido el tiempo al tratar de explicarla. El artículo titulado “Solving the Trolley Problem” que relata los resultados del experimento realizado por el neurocientífico Joshua Greene puede ayudar a dar más luz sobre esta duda.

En su análisis, a través de resonancias electromagnéticas midieron las respuestas cerebrales de los participantes cuando se les presentaban los dos dilemas (el planteado por Foot y el de Thomson). Los registros revelaron que el dilema original despertaba áreas del cerebro relacionadas con el pensamiento racional, en el que la idea de perder una vida para salvar muchas más podía ser aceptada.

Por otro lado, el dilema de Thomson activaba áreas del cerebro relacionadas con las emociones. Esto podría deberse a que la acción de empujar al hombre gordo se convierte prácticamente en un acto aislado a la tragedia que ocurría bajo el puente, por lo que, las personas tienen a sentirse más emocionalmente comprometidas con la situación y se ven menos capaces de reaccionar para salvar más vidas, a pesar de que, esencialmente, se plantee el mismo intercambio, una vida a cambio de cinco.

¿Vale la pena estudiar la tranviología?

No ha sido solo la ciencia la que se ha planteado estudiar las aristas del dilema de Trolley. De hecho, ha llegado a ser tan popular que se ha instaurado el mundo la disciplina informal de la tranviología o trolleyology, como se la conoce en inglés. Algunos han argumentado que todo este revuelo es innecesario puesto que la situación planteada en el dilema es demasiado irreal.

No obstante, la propia Foot presentó la respuesta a estos clamores en su artículo del 67. En este, también pida sus lectores que extrapolen la situación que acaba de relatar a otros campos, como el de la medicina. Les pide que reflexionen qué harían si, como doctores, debieran dar una dosis completa de un medicamento escaso a un hombre para salvarlo pero, justo antes de hacerlo, llegaran 5 pacientes más que solo requieren en 20% de la medicina cada uno para sobrevivir.

Foot sabe que muchos estarían inclinados a salvar el mayor número de vidas posible. Y las respuestas estadísticas parecen respaldar los clamores que hizo esta filósofa más de 50 años atrás. A estas alturas, en realidad, incluso los hechos parecen respaldar sus suposiciones.

El dilema del tranvía y el coronavirus

Desde enero de este año, hemos estado atentos a todos los avances que ha tenido el coronavirus por todo el mundo. Cuando este fue oficialmente declarado una pandemia, el pánico invadió a las sociedades pero, un sector que particularmente se vio golpeado por la enfermedad desde el principio fue el gremio médico.

Ellos son nuestra primera línea de defensa contra el coronavirus y, como tal, también son quienes presencian su mejor y peor cara diariamente. En Europa, los hospitales de países como Italia y España estaban agobiados con muchos más casos de COVID-19 de los que podían manejar.

Por esto, el personal médico terminó por estar frente al dilema del tranvía en la vida real. En este caso, el factor decisivo no era la cantidad como tal, sino la edad. Deliberadamente se comenzó a dar prioridad a los pacientes jóvenes, ya que estos tenían mayores posibilidades de sobrevivir. En pocas palabras, se optó por ellos en lugar de los adultos mayores en un intento por salvar todas las vidas que “realmente pudieran ser salvadas”. Sin embargo, la pregunta surge de nuevo: ¿Tenemos siquiera la potestad de decidir algo como eso por alguien más?

La filosofía sigue debatiendo

Para responder a esta otra pregunta, más que al cerebro, habría que remitirse a los procesos de pensamiento que desarrolla nuestra mente en base a lo que ha aprendido. Postulados filosóficos como los de Tomás de Aquino, que tienen más de 8 siglos de antigüedad, hablan de que dar muerte a otro individuo es aceptable bajo ciertas condiciones, como por ejemplo la defensa propia.

Esto se sustenta bajo la idea que dé, en realidad, el fin último, no es matar al otro, sino resguardar la propia vida. En el casi del tranvía, de Foot, no buscamos matar al trabajador solitario, sino salvar a los otros 5. Cuando hablamos de los doctores y el coronavirus, su fin no es matar a los pacientes más ancianos, es tratar de salvar a los más jóvenes.

Por otra parte, el dilema de Thomson sí presenta casi como un fin aislado el empujar y matar al hombre gordo. Ya que, es necesario sacrificar la vida de este, para salvar las demás. ¿La diferencia? La intención. En este caso, sí tenemos la intención de matar, y como resultado de esto se salvarán vidas. En el anterior, la intención es salvar vidas, y una consecuencia secundaria negativa es la muerte de otro hombre. Distinto, ¿cierto?

¿La meta final siempre debe ser salvar vidas?

Corrientes de pensamiento como el utilitarismo podrían estar de acuerdo con esta perspectiva. En su análisis, no entrarían en consideración variables como la capacidad de acción o no de la persona, o si tiene la intención o no de matar, sino simplemente los resultados, es decir, el número de bajas. En estos casos, una sola muerte siempre se consideraría mejor que cinco. Esta otra corriente de pensamiento, también apoyaría que se tratara a los más jóvenes ya que podría pensarse que es el uso más eficiente de los equipos que dará como resultado más personas curadas. ¿Pero a qué costo?

¿Y qué pasa con el “deber ser”?

Si vamos a hablar de la ética de los deberes, es imposible no mencionar al alemán Immanuel Kant. Sus postulados sobre el deber ser se han convertido en la base de lo que actualmente conocemos como deontología.

Kant defendía que, en cualquier situación, el accionar correcto tendría que ir relacionado con el deber ser, sin permitir que otros elementos intervengan en dicha decisión. En este caso, un elemento particular que se debe destacar de sus postulados es el “imperativo categórico”. Básicamente, este estipula que siempre se debe obrar pensando en la humanidad como un fin y no como un medio para lograr las cosas.

En ambos dilemas (el de Foot y el de Thomson) se utiliza al individuo solitario y al hombre gordo como un medio. A través del sacrificio de estos se logra salvar las vidas de los demás. Ante una situación como esta, un kantiano podría decidir no hacer nada (no tocar la palanca) pues esta acción no iría acorde con el deber ser. Un doctor kantiano, podría haber elegido atender a los pacientes en estricto orden de llegada y no por su gravedad o posibilidades de recuperación. ¿Habría sido mejor?

¿Los derechos individuales no tienen peso?

Solo la casualidad nos habría situado cerca de esa palanca o en ese puente, pero la decisión estaría en nuestras manos, ¿sería eso la suficiente justificación? Nos daría solo eso el derecho de decidir sobre la vida de los demás.

Ni el trabajador solitario ni el hombre gordo han ofrecido su vida en sacrificio para los demás ¿Tenemos el derecho de ofrecerla por ellos? Se trata de hacer la diferenciación entre un caso y otro al comentar que el trabajador solitario podría moverse a tiempo para no ser arrollado, mientras que el hombre gordo sí estaría condenado a morir, por lo que solo en el último caso estaríamos decidiendo por la persona. Aun así, en cualquiera de los dos ¿sería eso aceptable? El trabajador tampoco movió la palanca, no se sabe si podría salvarse, no se le dio la opción, ¿dónde quedaría su derecho a decidir? ¿Lo tuvo? ¿Quién decidió que lo podía perder?

Para la situación actual del coronavirus, ¿qué hace que el derecho individual de un paciente pueda privar sobre el otro? ¿Por qué estaría en manos de un doctor y no de la propia persona decidir si recibe o no un tratamiento que necesita? ¿Y si fuera alguien conocido? ¿Y si fuera al revés? Son demasiadas las preguntas que surgen una vez comenzamos a pensar en las implicaciones del dilema de Trolley.

¿Y qué pensaría la inteligencia artificial?

A la sociedad moderna se le ha unido un nuevo participante. La llegada de la inteligencia artificial podría hacer que muy pronto el dilema del tranvía sea un elemento que deba ser discutido a profundidad –si no es que no lo ha hecho ya. Un ser humano podría tomar decisiones impulsivas al encontrarse en medio de situaciones críticas, pero ¿y la inteligencia artificial?

Esta ha sido creada por la mente humana para imitar sus capacidades en algunas áreas e incluso superarla en otras. Pero, más allá de la utilidad, ¿cómo puedes inculcar valores morales a una máquina? ¿Cómo te aseguras de que sus acciones sean éticas?

Es importante enseñar a la inteligencia artificial a actuar en este tipo de situaciones, pero nada se hace tan fácil cuando ni los humanos conocemos la “respuesta correcta”. Un ejemplo de esto se ve en otra de las variantes del dilema de Trolley, conocida como “El Túnel”.

En este caso, eres un conductor que se dirige a altas velocidades a un túnel de una sola vía. Cuando estás a punto de entrar una niña cruza la calle y se cae en medio de esta. Cuentas con dos opciones: seguir adelante y atropellar a la niña o desviarte y tener un choque mortal ¿Qué harías? La respuesta puede variar de muchos modos, dependiendo, por ejemplo, de si viajas solo o acompañado. Un padre no se estrellaría si va junto a sus hijos.

Ahora, ¿qué haría la IA? Lo podemos saber de antemano, pues podemos programarla. Pero, ¿qué debería hacer? El dilema del tranvía nos ha mostrado que ni nosotros mismos lo sabemos.

¿El dilema de Trolley es solo ficción o se encuentra entre nosotros?

Al pasearnos por todas estas posibilidades, nos damos cuenta de que el dilema del tranvía es más que solo un postulado filosófico. Su aparición nos obliga irremediablemente a reflexionar y nos hace darnos cuenta de lo poco que realmente sabemos de nuestra naturaleza.

Eventos como la pandemia actual han hecho que lo que antes era una simple suposición se convirtiera en una realidad. No obstante, no es la primera vez ni será la última en la que el dilema del tranvía toque a nuestra puerta.

De hecho, profesionales como los economistas, los cirujanos, los militares e incluso (o sobre todo) los políticos, entre otros, se encuentran con este dilema mucho más seguido de lo que esperaríamos. ¿Saben ellos qué camino es el correcto? ¿Son las corrientes de pensamiento que nuestra sociedad impone o la forma en la que el cerebro procesa la información, los que realmente actúan? ¿Hay una diferencia? Como lo dijimos en un principio, el dilema del tranvía y sus variantes, hasta ahora, solo nos han traído más dudas que respuestas.

Referencia:

The Problem of Abortion and the Doctrine of the Double Effect: http://pitt.edu/~mthompso/readings/foot.pdf

Solving the Trolley Problem: http://projects.iq.harvard.edu/files/mcl/files/greene-solvingtrolleyproblem-16.pdf

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