Todos hemos estado en una situación en la que sentimos que nuestro corazón se nos va a salir del pecho. Algunas veces la experiencia, como en una montaña rusa, es tan aterradora como gratificante y nos deja sintiéndonos llenos de energía. En otras… no tanto.

Ese lejano primer día en la escuela, en esa entrevista para el trabajo que querías, ese momento en el que tuvimos que realizar una presentación frente a una audiencia y sentíamos que no teníamos completo control de nosotros mismos. El nerviosismo en este tipo de situaciones e incluso en otros eventos cotidianos es entendible. Muchas veces hemos tenido momentos en los que la preocupación por lo que fue, lo que es y lo que será una situación específica nos ha embargado.

No obstante, algunas personas parecen naturalmente más propensas que otras a caer en estos estados ansiosos. Pero estas diferencias no tienen nada que ver con las circunstancias externas en las que estas se encuentren. De hecho, están relacionadas directamente con el funcionamiento que tiene cada cerebro.

Esto es lo que los investigadores Shaun Quah, Lauren McIver, Angela Roberts y Andrea Mariana Santangelo se han dedicado a probar en su más reciente investigación. Este se publicó hace poco en la revista JNeurosci y reveló los resultados que estos obtuvieron durante su experimento con titís.

El experimento

Para dar inicio a la investigación, se trabajó con un grupo de primates, conocidos como titís, a los que se les midió la actividad cerebral. Gracias a esto, se pudo detectar una relación directa entre el accionar de la amígdala y la forma más o menos ansiosa de comportarse de cada tití.

Claramente, no es extraño ver que una respuesta ansiosa se desencadene por la acción de la amígdala y la corteza prefrontal. Ya que estos son los reguladores naturales de nuestras respuestas emocionales. Lo que ha hecho que los investigadores se interesen por la situación ha sido que, a pesar de que la amígdala funcione igual, pequeñas variaciones de expresión génica –un elemento que viene determinado desde nuestro nacimiento– la tendencia a la ansiedad del tití podía ser mayor o menor.

Los verdaderos responsables

La serotonina es una sustancia que participa como un neurotransmisor en gran cantidad de nuestros procesos cerebrales. Su presencia se relaciona con los ciclos del sueño, con nuestro humor, con el apetito, el ritmo cardíaco y nuestra temperatura corporal, además de también con nuestra sensibilidad y variadas funciones intelectuales.

En bajas cantidades, esta puede ocasionarnos mal humor, pérdida de sueño, depresión y, por supuesto, ansiedad. Las personas que son naturalmente propensas a pensamientos ansiosos tienen menos serotonina en su organismo constantemente.

Pero, esto no se debe a que la amígdala produzca menos de esta sustancia. De hecho, la responsabilidad de esto se le atribuye a los transportadores de la serotonina. Básicamente, estos son el conjuntos de proteínas encargadas de “limpiar” la serotonina una vez esta es liberada. Un alto nivel de expresión génica de dichos transportadores implica una alta cantidad de estos en la amígdala y, como consecuencia, menos serotonina en nuestro cerebro.

¿Relajación inmediata?

La segunda parte del experimento consistió en inyectar directamente en la amígdala de los titís un inhibidor de los transportadores de serotonina. Este se trata de un compuesto comúnmente usado en medicamentos para la ansiedad, pero suele ser suministrado oralmente y no por una inyección.

Las diferencias fueron notorias, los titís que recibieron la inyección de los inhibidores directamente en la amígdala se relajaron casi de inmediato, dejando atrás los comportamientos ansiosos y los síntomas de ansiedad como la respiración agitada, sudoración y la taquicardia. Por lo general, cuando este mismo medicamento es ingerido, los efectos pueden tomar varias horas en hacer presencia.

Gracias a este experimento se ha comprobado nuevamente el rol de la amígdala en los sentimientos de ansiedad, pero también la propensión genética que se puede tener a experimentarlos o no. Mientras estos no sean excesivos o se conviertan en un impedimento para que la persona haga su vida normal, no debería haber ningún problema.

Ahora, si la ansiedad se vuelve crónica, sí sería necesario que esta visitara a un experto para que este determinara el mejor tratamiento para ella. Ahora, con los descubrimientos de este equipo, se podrían crear nuevos medicamentos específicos para estimular la amígdala o inhibir las proteínas limpiadoras de serotonina para ayudar a las personas a salir de estados ansiosos insalubres.

Referencia:

Trait Anxiety Mediated by Amygdala Serotonin Transporter in the Common Marmoset: https://doi.org/10.17863/CAM.50757