Es imposible ignorar el hecho de que la cuarentena ha convertido a nuestros pijamas en nuestro uniforme diario. Lo que antes hacíamos desde la oficina o el salón de clase ahora lo manejamos desde el sofá de la casa.

Es probable que luego de terminar con nuestras labores nos encontremos con mucho más tiempo de ocio del que usualmente tenemos. Entonces, más de una vez habremos caído en la tentación de solo relajarnos viendo un sitcom o perdernos en la web consumiendo todos los contenidos que podamos en ellas. Incluso, puede que simplemente optemos por usar este “tiempo extra” para dormir más.

En cualquier caso, es posible que durante estas actividades un pequeño sentimiento de culpa se colara en nuestro pecho. ¿No debería estar haciendo algo más? ¿Limpiando la casa? ¿Haciendo ejercicio? ¿Respondiendo ese correo que espera en el inbox?

Durante toda nuestra vida nos han enseñado que muchas de las actividades antes mencionadas son signos de pereza y que debemos evitarlas para ser productivos. No hay duda de que estas se relacionan. Pero, ¿será de verdad la pereza tan negativa? En realidad, es posible que ella llegue a ser la muestra de una mente altamente creativa e innovadora.

¿La ciencia detrás de la pereza?

Los procesos psicológicos y físicos que hay detrás de la pereza se han estudiado por años. No obstante, la investigación realizada en el 2016 por el profesor Todd McElroy, del Greensboro College, en Estados Unidos, ha sido una de las más significativas.

En esta investigación logró establecer dos formas en las que el ser humano invierte su energía. La primera es la más obvia, a través de actividades físicas, básicamente, en el “hacer las cosas”. Luego, la segunda tiene que ver con la “necesidad de cognición” de una persona, es decir, en el “pensar y reflexionar”.

Una distribución distinta de la energía

Al parecer, según los descubrimientos de McElroy, los seres humanos cuentan con distintas formas de distribuir la energía. En general, nuestro cerebro, a pesar de ser un componente proporcionalmente pequeño en nuestro cuerpo, usa entre el 20 y 30% de nuestra energía total.

Ahora, podemos entender que no la usa de la misma manera. Las personas más inclinadas al “hacer” invertirán un mayor porcentaje de su energía en los procesos cognitivos que manejan sus habilidades motrices. Por otro lado, quienes tenían una necesidad de cognición mayor, tendían a gastar su energía cerebral en pensar cómo resolver las situaciones antes de realmente comenzar a actuar. Debido a lo cual, pueden tener más posibilidades de encontrar medios creativos y diferentes para resolver problemas y realizar tareas con él mínimo esfuerzo.

Un ejemplo de esto se puede ver en la anécdota que protagoniza Clarence Bleicher, un ejecutivo automotriz de Estados Unidos. En 1947, este se dirigió al Congreso estadounidense para darle un consejo:

“Cuando en la planta tengo un trabajo difícil y no puedo encontrar un modo fácil de hacerlo, pongo a cargo a un hombre perezoso. Él lo encontrará en 10 días. Entonces, todos adoptamos ese método”.

Quienes descansan más, están más activos

Sí, suena contradictorio, pero en verdad no lo es. Se ha podido comprobar que las personas que tienen mejores periodos de descanso tienen más actividad física que aquellas que se privan del sueño –incluso si estas últimas pasan técnicamente más horas despiertas.

En realidad, tener un buen horario de sueño y tomar siestas puede ayudar a nuestra mente a recuperar energía y procesar mejor la información. Por lo que, luego de descansar, no solo estaremos más activos físicamente, sino que nuestra mente estará en mejores condiciones, un detalle particularmente beneficioso para los “perezosos” que pasan más tiempo pensando que haciendo.