Si eres fan de The Crown, probablemente te has dado cuenta que en la tercera temporada se habla mucho de la Princesa Alicia de Battenberg, madre del príncipe Felipe. En el cuarto episodio de la temporada se hace referencia a que esta princesa había sido tratada nada más y nada menos que por el psicólogo Sigmund Freud, pero la experiencia no había sido para nada agradable.

En la serie no se ahonda demasiado en el asunto, pero la verdad es que esta historia es real y más extensa de lo que parece.

La princesa Alice fue una mujer sorda desde el momento en el que nació, pero esta discapacidad no fue limitante para su vida. Aprendió a leer los labios en cuatro idiomas distintos, sirvió como enfermera militar durante la Primera Guerra Mundial y fue homenajeada por su trabajo ayudando a los judíos durante el holocausto.

Se casó con el príncipe Andrés de Grecia en 1903 y todo parecía ir bien. Sin embargo, en 1922 la situación política se descontroló, pues un golpe militar obligó al rey Constantino I de Grecia a abdicar. Debido a esto, el príncipe Andrés fue sometido a un tribunal militar y la familia en general corría grave peligro. Esto hizo que el príncipe, la princesa y sus hijos huyeran de Grecia en el crucero británico HMS Calypso.

Se mudaron a los suburbios de París, en donde comenzaron a trabajar en tiendas benéficas ayudando a los refugiados griegos. Pronto, en 1928, esta organización se convertiría en la Iglesia Ortodoxa Griega.

Sin embargo, a la princesa Alice esta situación le generó mucho estrés, lo cual causó que comenzara a tener comportamientos extraños. Decía que podía comunicarse con Dios y con Buda y que estos le transmitían mensajes divinos, así como también aseguraba tener poderes curativos. Poco a poco, la situación fue empeorando hasta que en 1930 la princesa sufrió un colapso nervioso severo. Luego de ser atendida, fue diagnosticada con esquizofrenia paranoide y fue enviada al sanatorio.

Encuentro con Freud

En contra de la voluntad de la princesa, fue trasladada a dos sanatorios distintos, ambos gestionados por dos de los pupilos de Sigmund Freud. Primero fue a Berlín, Alemania, en donde fue atendida por el psicólogo Ernst Simmel, y posteriormente fue trasladada a Kreuzlingen, Suiza, en donde Ludwig Binswanger se encargaría de su tratamiento.

Ambos psicólogos consultaron con Freud acerca del tratamiento que debía aplicársele a la princesa Alice. Luego de escucharlos, Freud concluyó que los delirios de la paciente eran causados por una frustración sexual, por lo que el tratamiento recomendado por el experto fue someterla a una radiografía de sus ovarios para matar su deseo sexual. Este procedimiento, que además de no hacer efecto en la princesa, quien estaba convencida de su cordura, también causó que la paciente desarrollara menopausia temprana.

Durante los dos años de estadía en Kreuzlingen, la princesa intentó fugarse en innumerables ocasiones, ninguno con éxito. Luego de todo este tiempo, fue transferida a una clínica en Meran, un pueblo del norte de Italia, y cuando al fin fue dada de alta, comenzó a vivir una vida de nómada.

Volviendo con la familia

La princesa entonces se vio forzada a viajar por Europa disfrazada, pero no podía volver a tener contacto con su familia sino hasta cinco años después, cuando se reunió con ellos en el funeral de su hija Cecilie, quien falleció luego de un accidente aéreo junto a su esposo e hijos.

En 1938, la princesa volvió finalmente a Atenas, pero esta vez continuaría con su trabajo en beneficio de los más desafortunados. Comenzó trabajando para la Cruz Roja organizando los comedores, así como también colaboró en el traslado de suministros de contrabando desde Suecia.

Sin embargo, en 1943, luego del estallido de la guerra, hizo una de las cosas por las que sería profundamente reconocida: albergó a una viuda judía y a su hijo en su hogar, ocultándolos de la Gestapo, ante la cual fingía no entender nada a causa de su sordera.

Un año después fundaría la orden de enfermería las monjas ortodoxas griegas Marta y María. De hecho, durante la coronación de la reina Isabel II en el año 1953, asistió con un hábito de monja.

En 1967 la situación política se volvió difícil en Grecia, por lo que se vio obligada a abandonar el país y vivir en el Palacio de Buckingham con la reina Isabel. Falleció ahí poco después, en 1969, sin dejar ninguna posesión, pues todo se lo había donado a los pobres.

Sus acciones la llevaron a ser reconocida como una persona que daba la vida por ayudar a los desprotegidos. Tanto así, que en el año 2010 fue nombrada Heroína del Holocausto por Gran Bretaña en honor a su labor.