En tiempos de crisis, tanto la fortaleza física como mental de las personas se puede poner a prueba. Sin embargo, mientras que la primera puede ser algo tangible y circunstancial, la segunda se trata de un problema más silencioso, uno que no necesariamente se manifiesta a simple vista, pero que puede estar allí perturbando la mentalidad de los individuos.

Como adultos, se espera que estos hayan logrado recolectar las herramientas necesarias para manejar este tipo de situaciones o para buscar ayuda si sienten que es un problema que supera sus capacidades. No obstante, esto no necesariamente puede ocurrir con niños o adolescentes.

Estas etapas tempranas de la vida de una persona están cargadas de cambios y aprendizajes. Ya que es durante estas que se aprenden conductas, valores y demás patrones que se llevarán a la vida adulta.

En momentos de crisis, como la actual con el coronavirus, el ambiente de aprendizaje se perturba. Esto, a su vez, puede causar consecuencias emocionales que estos podrían o no manifestar. Debido a esto, las familias deben estar listas para actuar y reforzar sus redes de apoyo. Y a veces, todo lo que se necesita para brindarlo es una buena historia.

¿Las historias familiares nos hacen más fuertes?

En medio de la cuarentena, las familias han encontrado más espacios de tiempo para compartir. Por lo general, lo apresurado de nuestro día a día hace de estos escasos.

Ahora, existe la oportunidad de disfrutarlos más y esto puede tener beneficios para todos los miembros de la familia. El tiempo para compartir no solo puede afianzar los lazos ya existentes, sino que también se convierte en un momento perfecto de transmisión de valores y enseñanzas para los más jóvenes.

Marshall Duke, psicólogo de Fivush y la Universidad Emory, después de décadas de estudios ha logrado comprobar que las historias familiares influyen positivamente en los más jóvenes. Estas no solo les proveen con un marco de referencia con el cual sentir que comparten una historia conjunta con sus progenitores, abuelos, tíos y demás. De hecho, también son fuentes de aprendizaje indirecto y de estímulos para que se conviertan en personas más fuertes y resilientes.

Compartir una historia común hace a los niños mentalmente más sanos

Además de lo anterior, los niños que frecuentemente escucharon historias familiares y tuvieron la oportunidad de relacionarse con ellas mostraron mejores capacidades sociales. Asimismo, eran individuos con una autoestima más alta, menos propensos a la ansiedad o al estrés y amistades de mayor calidad, según las observaciones de Duke. Por si fuera poco, como un comportamiento común reportado por los padres, los niños con conocimiento de las historias familiares mostraron muchos menos problemas de conducta que aquellos que no tuvieron acceso a este tipo de narrativas.

¿Cómo compartir una historia familiar en medio de la crisis?

En momentos como estos, las mentes de todos pueden estar llenas con preocupaciones. Incluso aquellas de los más pequeños de la casa. Por esto, ahora más que nunca el compartir las historias familiares puede ser un gran modo de brindarles apoyo.

Sin embargo, esto no se puede realizar sin ningún tipo de control. Dependiendo de las edades de los niños y de las etapas de desarrollo en las que se encuentren, las historias que se les cuenten deben variar para ajustarse a sus capacidades de análisis y procesamiento. Los siguientes son algunos tips para hacerlo efectivamente:

¡Pregunta antes!

Un punto importante que hay que tener en cuenta es que los niños no necesariamente pueden estar molestos o preocupados por lo que creemos. Debido a lo cual, es vital entender que no se deben hacer asunciones y que el primer paso, para comprender cómo actuar, es preguntar.

De esta forma, podrás conocer de forma irrefutable qué afecta al más pequeño de la casa. Así, realmente tendrás la posibilidad de contar una historia con la que se pueda identificar, que le ofrezca apoyo y confort y, además, le dé la seguridad que necesita al momento. Una que, por ejemplo, en tiempos de crisis puede ser que proviene de una familia resiliente, que supera las adversidades. Lo que, en su psique, se transforma en la seguridad de que él también lo es.

Todo en su debida medida

Cuando se trabaja con niños pequeños, específicamente aquellos que se encuentran en edades preescolares, las anécdotas complejas no suelen ser la mejor opción. En estos momentos, tal vez lo mejor sea identificar primero los pensamientos del infante.

De esta forma, con preguntas como “¿Por qué crees que te sentías así entonces?” o “¿Qué fue lo que pasó?” son vitales. Esto ya que ayudan al pequeño a crear una narrativa propia y a reconocer sus emociones. Lo que, a su vez, le permitirá al padre conocer su próxima línea de acción para ayudar al pequeño con su estado emocional.

Por otra parte, cuando llegamos a las etapas preadolescentes, los niños comienzan a poder trabajar con pensamientos abstractos. Debido a lo cual, ya cuentan con la capacidad de relacionarse con las historias que les relaten sus padres. A estas edades, este tipo de figuras son referenciales para la identidad. Por lo que, las historias que los incluyan a ellos de pequeños y que le permitan al niño identificarse, serán perfectas para que internalice las enseñanzas.

Reconoce tus propias fallas

Cuando el niño crece y se convierte en un adolescente, su proyección a futuro se hace incluso más completa. Es en estas etapas en las que comienza a tratar de definir verdaderamente su identidad y lo que desea hacer con su vida.

Con una crisis mundial como la pandemia, dichas proyecciones podrían verse afectadas por la angustia actual. Acá, las historias familiares también podrían ser un punto de ayuda. Sin embargo, estas ya no pueden estar estructuradas como las que se cuentan a los niños más pequeños.

Debido a las capacidades de análisis de los adolescentes, las narrativas ya pueden incluir las propias vulnerabilidades y miedos de los padres. Pero, eso sí, el mensaje final que deben dejar, aunque no sea el cierre feliz de un cuento, es que como familia son fuertes y que se puede seguir adelante.

Actualmente, vivimos en tiempos de incertidumbre, por lo que, es importante reconocer la existencia de esta sensación. Para hacerlo, se podría plantear un momento anecdótico en el que se reconozca que no se sabe cómo puede terminar esto, pero que en otros tiempos, la familia ha enfrentado otras crisis y ha logrado superarlas.

Confía en la espontaneidad

Hay que tener en cuenta que estos momentos no tienen por qué ser una cátedra sobre la historia de la familia. De hecho, la mejor técnica es simplemente dejar que los momentos de compartir historias familiares fluyan naturalmente.

Ahora que todos estamos en nuestros hogares durante todo el día por la cuarentena, el tiempo para compartir se ha magnificado. Por lo que, será más fácil encontrar espacios tranquilos en los que conversar y poco a poco seguir narrando historias familiares. De esta forma, el niño o adolescente estará más abierto a escuchar y el adulto disfrutará más hacer el relato.

No todas las historias tienen que ser un largo cuento de auto-superación, las anécdotas divertidas también son bien recibidas. Sobre todo porque estas ayudan a mejorar el humor del grupo familiar y también pueden llevar dentro algunas enseñanzas.

No te desanimes, sigue narrando

Las historias familiares no siempre podrían ser bien recibidas, sobre todo por parte de los adolescentes. Sin embargo, incluso si tienen mala cara, la verdad es que siguen escuchando.

Por lo que, no es dañino continuar con la historia. Sea como sea, esta les llegará y les permitirá reflexionar al respecto –tal vez no al momento, pero el recuerdo y el mensaje de la narración podría llegar cuando verdaderamente lo necesiten.