A inicios de este año, el coronavirus puso al mundo entero de cabeza. Relativamente lento al principio y luego con una presteza difícil de comparar, el coronavirus, SARS-CoV-2 comenzó a esparcirse por el mundo.

En la actualidad, ya más de dos millones y medio de personas están contagiadas y el conteo de fallecidos sigue aumentando, casi listo para llegar a los doscientos mil. Algunas naciones como Estados Unidos, España e Italia se mantienen como las más afectadas por el COVID-19.

Los casos de esta última han comenzado a experimentar un leve declive, lo que le ha permitido a la segunda sobrepasarla en cuando al número total de casos confirmados. Sin embargo, ninguna tiene la cantidad suficiente para competir con las cifras mostradas por Estados Unidos. De hecho, no siquiera juntando sus totales llegan a superar los montos reflejados por este mancillado país.

Se dice que, para que este pueda poner bajo control la enfermedad que ya ha afectado a más de setecientos mil de sus ciudadanos y se ha llevado al menos a cincuenta mil, será necesaria la implementación de al menos 20 millones de pruebas de despiste cada día. Por los momentos, el número de tests en los Estados Unidos no supera los 150 mil por día. El déficit no podría estar más claro.

Bueno en la teoría, pero en la práctica…

En medio de la crisis, en la que se han desarrollado infinidad de pruebas para tratar de detectar efectivamente el SARS-CoV-2, una se ha destacado por sobre todas, la PCR (polymerase chain reaction). Este formato de evaluación causa una reacción en cadena de la polimerasa –una enzima vital para transmitir y replicar ácidos nucleicos.

Para utilizarla, es necesario contar con una muestra tomada del canal nasal del paciente. Luego, el contenido de esta se copia entre millones y miles de millones de veces. Con esto, se puede entonces notar con facilidad la presencia del ARN del virus en la muestra. Por sí solo, este no podría ser identificado por su reducido tamaño, pero en este formato de repetición constante, su cantidad aumenta y, así, es posible identificarlo con facilidad.

En teoría, esta es la prueba más efectiva a la hora de identificar el coronavirus, y también la más exacta. No obstante, tiene un par de puntos débiles que dificultan su masificación. Por ejemplo, los resultados de esta pueden tardar entre días y horas en llegar a su destino. Asimismo, requieren de un ahora escaso personal capacitado para realizar todos los procesos e implican unos costos de producción y realización particularmente altos.

Una excepción a la regla del tiempo serían las máquinas creadas por Abbott Laboratories. Ya que estas, al parecer, son capaces de dar resultados de una prueba PCR en menos de 13 minutos. Pero, igualmente la maquinaria implicada es costosa y exige que la maneje solo personal calificado. Asimismo, solo son capaces de trabajar con una muestra a la vez, lo que igualmente hace que el proceso sea particularmente largo. En resumen, está claro que este método tiene demasiadas trabas para ser puesto en práctica a una escala nacional –como la que requiere Estados Unidos, por ejemplo.

Las pruebas de antígeno pueden ser la solución

Como una nueva alternativa, han surgido las que ya conocemos como pruebas de antígeno. Estos últimos son, básicamente, unos de los componentes de los patógenos que causan la aparición de los ya conocidos anticuerpos.

Estos tests, a diferencia del PCR (que buscan material genético) y de las pruebas de anticuerpos, se enfocan en identificar las proteínas asociadas a la enfermedad. Estas, por su tamaño, no requieren ser replicadas como en el caso de ARN y están presentes desde las etapas tempranas de la enfermedad, a diferencia de los anticuerpos.

Además de estas claras ventajas en cuando a la detección, nos encontramos con otros beneficios prácticos que podrían hacer de las pruebas de antígeno la opción ideal a utilizar en medio de la pandemia.

Ofrecen resultados inmediatos

En primer lugar, una de las mayores ventajas de las pruebas de antígenos es que son tan veloces como las pruebas de anticuerpos, pero pueden ser utilizadas en etapas tempranas de la enfermedad, como las genéticas. Debido a esto, se obtiene un tipo de test que es capaz de ofrecer resultados en minutos y que puede detectar el coronavirus en sus primeras fases.

Son excelentes para realizar seguimiento

Debido a su inmediatez, este tipo de test también es la opción ideal para realizar rutinas de despistaje. Los resultados de una muestra podrían variar de un día para otro y, con la velocidad de estos elementos, el hacer revisiones diarias no sería una tarea imposible.

Son versátiles

Por si fuera poco, este tipo de pruebas no requieren de un laboratorio especializado ni de personal particularmente clasificado. De hecho, con las debidas instrucciones incluso los propios pacientes podrían realizarlo desde casa.

Sumado a esto, también pueden ser útiles, por ejemplo, en ancianatos donde no es seguro que los posibles pacientes se movilicen hasta un punto de control. Asimismo, se destaca como una opción valiosa para agilizar los procesos de prueba en hospitales abarrotados y para determinar si los trabajadores de la salud se han contagiado debido a la exposición.

Son asequibles

Como un complemento de todo lo demás, debido a la simpleza de su diseño, estas pruebas son exponencialmente más económicas que otras como la PCR. De hecho, algunas iniciativas como la de la empresa Gehrke ya están trabajando en una que pueda adquirirse a 10 dólares la unidad –cinco veces menos de lo que se cree que podría costar la PCR.

¡Ahora es el momento!

Para poder realizar una prueba de antígenos, es necesario conocer la enfermedad que se busca detectar. Ya que solo así se podrá saber qué proteínas específicas son las que se deben buscar para detectar su presencia.

Hace 4 meses, cuando el brote del coronavirus inició, hubiera sido imposible para nosotros realizar pruebas como estas. Pero, ahora que tenemos todo un flujo constante de nueva información sobre el SARS-CoV-2, las cosas han cambiado. El aplicar este tipo de pruebas podría ser la forma de liberar la presión sobre los sistemas de salud y salir del cuello de botella en el que estos se encuentran ahora. Esto sobre todo en estructuras como la estadounidense que ya colapsan bajo el peso de la enfermedad.

Entonces, ¿por qué no las estamos usando?

Básicamente porque “no funcionará ” según dice, Alan Wells, director del laboratorio clínico del Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh (Estados Unidos). En efecto, las pruebas de antígenos parecen ser la opción ideal para enfermedades bacterianas.

Pero, cuando se trata de virus el panorama cambia, sobre todo en el caso de enfermedades respiratorias. Según parece, estos tests no se muestran tan exactos a la hora de detectar este tipo de patologías.

En general, en una enfermedad respiratoria la mayor cantidad de los virus se encuentran en el pecho, específicamente en los pulmones. Esto se repite tanto en el caso actual del COVID-19 como en otros más comunes como la influenza.

Al poner de ejemplo a esta última, las pruebas de antígenos pueden ser 70% efectivas en niños y solo 50% en adultos. Por lo que, el porcentaje de error es demasiado alto. Esta tendencia se repite con una amplia variedad de enfermedades del sistema respiratorio y es poco probable que el COVID-19 sea la excepción.

¿Usar o no usar las pruebas de antígenos?

En cualquier caso, está más que claro que las pruebas como la PCR no pueden ser utilizadas en grandes cantidades y que las de anticuerpos no ofrecen la información en etapas suficientemente tempranas de la enfermedad.

A pesar de que los antígenos no parecen ser los más precisos a la hora de realizar un diagnóstico, la facilidad de la reproducción de sus pruebas y la posibilidad de hacer muchas a la vez, podrían compensar esta carencia.

En resumen, tal vez estos tests no lleguen para reemplazar los métodos actuales, pero sí podrían complementarlos. Además, el usar estas pruebas permitiría aumentar exponencialmente la cantidad de despistajes diarios y, nuevamente, bajar la presión sobre los otros sistemas más precisos de diagnóstico.