La pandemia del coronavirus asola casi todos los rincones del mundo y no da señales de que vaya a detenerse pronto. A medida que su impacto disminuye en algunas naciones, paralelamente crece en otras.

Hasta la fecha, no se ha podido desarrollar una vacuna para el COVID-19, pero el mundo se encuentra realizando todos los esfuerzos posibles para lograrlo. En general, se espera que esta pueda estar disponible a partir del siguiente año, o dentro de unos 12 o 18 meses.

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Estas se tratan de las proyecciones más optimistas que consideran que, debido al esfuerzo internacional, la vacuna podría tocar a nuestra puerta mucho antes de lo esperado. Sin embargo, también podemos encontrarnos con que el tiempo de producción no es la única dificultad asociada a esta.

Un dilema de capacidad

En efecto, por el camino que ha tomado el mundo con respecto a esta vacuna hace que su consecución pueda estar cerca. Sin embargo, un detalle que no se ha contemplado aún con la seriedad necesaria tiene que ver con la capacidad de producción que deberá ir de la mano con el desarrollo de la vacuna.

Una vez que se la conozca, habrá que iniciar la reproducción de esta para que llegue a todas las partes del mundo en las que es necesaria. Pero, ello podría llegar a ser un reto mucho mayor que su propio descubrimiento.

Primero, aún no se tiene claro qué tipo de instalaciones serían necesarias para el desarrollo de la vacuna. En caso de que se pueda reproducir en las ya existentes, estas tendrás que desarrollar estrategias para comenzar a producirla en masa sin detener su reproducción de otras vacunas o que se produzca una escasez de equipos o compuestos.

¿Físicamente imposible?

Por otra parte, si requieren de condiciones especiales, entonces habría que construir nuevas instalaciones, lo que toma tiempo y recursos. En muchos casos, la recomendación ha sido que se inicie la construcción desde ahora de forma preventiva –aunque después la instalación no se use.

No obstante, esta idea no ha sido muy atendida por los países. Por lo que, en caso de que al final, esta sea la opción necesaria, será prácticamente contar con una fuerza de producción notoria desde un inicio, lo que retrasará la distribución de la vacuna.

Demasiadas posibilidades

Uno de los motivos por los que no se han tomado decisiones concretas sobre el tipo de movimientos de prevención que se realizarán con las empresas y productoras de los medicamentos se debe a la gran variedad de posibilidades que existen aún para crear una inyección que combata el COVID-19.

Por un lado, nos encontramos las que intentan usar partículas debilitadas o inhabilitadas del SARS-CoV-2 para tratar de estimular el desarrollo de anticuerpos. Esta vendría a ser una de las opciones más comunes cuando se habla del desarrollo de vacunas y correspondería con el primer caso que mencionamos a continuación.

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Otras dos alternativas que permitirían el uso de instalaciones ya existentes tienen que ver con el uso de proteínas del coronavirus o secciones de su ARN o de su ADN para ayudar al organismo a desarrollar la inmunidad a través de anticuerpos.

Sumada a esta posibilidad, nos encontramos con una propuesta en la que se plantea que la vacuna contra el sarampión, al ser modificada, podría ayudar a que el organismo produzca una proteína inmunizadora contra el SARS-CoV-2. En estos casos, podría usarse aún la primera alternativa, pero debería tenerse mucho cuidado con no causar una escasez de alguna de las dos vacunas.

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Otra propuesta trata de usar una proteína del coronavirus como “subunidades” para inmunizar al organismo. No obstante, para ello se requerirían elementos como adyuvantes (moléculas extra para mejorar la respuesta inmune). Nuevamente, esto podría llevar a una escasez de materiales específicos para su fabricación.

Para finalizar, se habla de usar plantas de tabaco modificadas para cultivar la vacuna. Aunque ello sería una solución diferente, en la actualidad las empresas que ofrecen hacerlo no cuentan con los permisos adecuados para ello ni con las instalaciones acondicionadas que este proceso requeriría.

En plena competencia

Todas estas alternativas están, en este instante, siendo puestas a prueba por una o varias empresas. Algunas de las que más han destacado en este ámbito son el programa de vacunas Wellcome, en Londres (Inglaterra), el laboratorio Moderna, de Cambridge, en Massachusetts (Estados Unidos) y CureVac en Tübingen, (Alemania). Este último clama que podría producir hasta 400 millones de dosis de su vacuna experimental basada en ARN.

Quien ha ofrecido la posibilidad de cosechar la vacuna en plantas ha sido la empresa British American Tobacco (BAT) a través de su filial Kentucky BioProcessing. Finalmente, otra alternativa que ha llamado la atención ha sido la de la empresa Johnson & Johnson que se alió con la Autoridad de Investigación y Desarrollo Biomédico Avanzado en Estados Unidos. Se dice que la misma ha ofrecido mil millones de dólares de inversión y la posibilidad de crear vacunas cuyo costo sea de 10 dólares por unidad.

¿Cómo garantizar la inversión?

En caso de que todo esto estuviera resuelto, y ya se supiera cuál de los caminos es el más efectivo, entonces nos encontramos con otro elemento vital, el financiamiento. Si se quiere hacer que la vacuna llegue a todas partes del mundo, es necesario contar con el poder económico para sustentar los esfuerzos.

CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations) se ha encargado de prestart financiamiento a algunos de los proyectos de investigación. Sin embargo, también ha reportado que, si se quiere producir en suficiente cantidad esta vacuna, la inversión estimada debería ser de al menos 2 mil millones de dólares.

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Sumado a ello, otros mil millones de dólares deberán destinarse al transporte y distribución de estas. Por si fuera poco, estos estimados no cuentan los miles de millones que las empresas podrían requerir para estimular su producción del nuevo elemento sin bajar la de los otros productos.

De todo esto, los países ya se han comprometido a colaborar con al menos 690 millones. Pero ello, claramente, no está ni cerca de ser todo lo que se necesita para hacer frente a una demanda que será de escala mundial.

El acaparamiento, el verdadero problema

Luego de pasear por todas estas posibilidades, llegamos al fondo del dilema. En el planteamiento hipotético de que la vacuna se encuentre rápido, contemos con los medios para producirla en masa y el capital para conseguirlo, encontramos un último obstáculo: el acaparamiento.

Actualmente, no existe ningún tipo de regulación que impida que los países productores de las vacunas las acaparen para su propia población. De hecho, prácticamente todas las naciones cuentan con regulaciones internas que les permiten obligar a sus productores a vender de forma doméstica únicamente, lo que evitaría que la vacuna salga de sus fronteras.

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Hubo un caso como este durante la pandemia del H1N1 en el 2009. Entonces, Australia, a pesar de ser de los primeros fabricantes de la vacuna, se abstuvo de exportarla. Ello hasta cubrir las necesarias para sus propios ciudadanos.

Hasta ahora, la CEPI confirma que no existe ningún tipo de acuerdo sobre modos de asegurar una distribución equitativa de la vacuna una vez esta sea descubierta. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud ha tratado de crear medios con los que trabajar en esto. Pero, para la fecha no se tienen detalles de sus avances.

Para el caso de la influenza se ha creado lo que se conoce como las regulaciones PIP o Pandemic Influenza Preparedness. Este acuerdo se basa específicamente en esta enfermedad y por ello no puede ser aplicado al coronavirus.

Aun así, podría actuar como un modelo para la creación de un marco similar para el COVID-19. En este caso, la limitación más grande es el tiempo, ya que no parece posible desarrollar un documento tan detallado y complejo antes de la Asamblea Mundial de la Salud que se plantea para mayo de este año.

Referencia:

If a coronavirus vaccine arrives, can the world make enough? doi: 10.1038/d41586-020-01063-8

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