Solo en la segunda semana de marzo (del 9 al 15), apenas en los albores del confinamiento de la población provocado por la crisis del COVID-19, las ventas de alimentos no perecederos se han disparado y han superado, según Nielsen, las cifras habituales: los alimentos deshidratados, las conservas, el aceite, por supuesto las legumbres -que han experimentado el crecimiento mayor, con un 31%- , ¡y el arroz y la pasta, con un 20% más!

Ojo con esto. Es cierto que son, todos ellos, alimentos fáciles de almacenar y de cocinar, de los que llamamos ‘socorridos’, y que en una situación así, en la que muchas más personas comen dentro del hogar a diario (niños que no tienen comedor escolar o profesionales que solían comer fuera de casa) hay que ser prácticos. Pero seamos también sanos. Y comer varias veces a la semana hidratos de carbono desde luego no lo es , especialmente ahora en que la actividad física baja, por mucho que nos afanemos en mantener nuestras rutinas o en incorporar tablas de ejercicios a nuestro día a día. Evitemos en lo posible la ‘comida de batalla’: paella, tortilla de patatas, macarrones, ¡pan!, incluso los consabidos guisos de legumbres son hidratos de carbono, y nos encontraremos mejor.

Y es que, no nos cansaremos de repetirlo, pese a su buena fama como ‘generadores de energía’, pese a su cacareada versatilidad en la cocina, pese a que son adorados por niños y mayores, los hidratos de carbono no son nada buenos para nosotros porque, uno: la glucosa en que se transforman provoca picos de energía. Dos: la caída de ese pico provoca ansiedad y más ganas de comer. Tres: se acaba generando un ciclo adictivo interminable que es difícil de romper y que, además, no nos aporta ningún beneficio.

Estamos hablando sobre todo de los hidratos refinados pero también, como hemos mencionado antes, de los simples que tubérculos como la patata o los cereales en general que, si bien al ser naturales y no tratados, son mucho más sanos que los primeros (ultraprocesados), siguen resultando un aporte de energía ‘vacío’ que se transforma en azúcar, con todas las consecuencias que esto conlleva.

Porque efectivamente los carbohidratos son uno de los grupos de macronutrientes fundamentales en la alimentación humana, junto con las proteínas y las grasas. Pero hemos de aclarar que ‘fundamental’ no significa ‘esencial’, por lo que, llegado el caso, podríamos vivir sin ellos. Su misión es darnos energía pero, como acabamos de ver, se trata de una energía momentánea que se desvanece enseguida dejándonos la sensación de necesitar más.

Así que, si los eliminamos de nuestra dieta, ¿cómo obtenemos la energía? Tenemos a nuestro alcance otra fuente que es igual de accesible y que nos proporciona, ¡hasta el doble!, de una energía que es de absorción más lenta y por tanto más duradera: las grasas, tanto animales como vegetales. Con el valor añadido de que, ellas sí, nos dan ácidos grasos esenciales que nuestro cuerpo no fabrica pero que son indispensables para nuestras células.

Sustituyamos estos días, y para siempre, los macarrones refinados y el pan de molde por aguacate, salmón o huevos. Poco a poco la sensación de ‘adicción’ a los hidratos desaparecerá, y nos empezaremos a encontrar más descansados, con más energía e incluso de mejor humor.

Y, si nos atrevemos a probar, vayamos un poco más allá y practiquemos también el ayuno intermitente, un patrón donde alternamos periodos de ayuno con periodos de ingesta de alimentos. Al fin y al cabo, nuestros antepasados se alimentaban tal vez una o dos veces al día (no cinco o seis como ahora), y nuestro cuerpo está perfectamente preparado para pasar 16 o incluso 24 horas sin comer. Es más, diversos estudios demuestran que esta práctica puede ayudar a mantener el organismo más joven o mejorar la misión oxidativa de los ácidos grasos (es decir, perder más grasa).

¡Ahora es un momento perfecto para aprender a cuidar nuestro cuerpo y para ayudarle a cambiar el metabolismo de un día para otro!

Artículo firmado por Niklas Gustafson, Experto en Nutrición y cofundador de Natural Athlete.