Tripulantes de la misión Apolo 13: los astronautas Jim Lovell, Jack Swigert y Fred Haise.

Este año se cumplen 5 décadas desde que el Apolo 13 despegó de la Tierra rumbo a la Luna, en 1970. Los primeros días del viaje transcurrieron sin problemas aparentes y, de hecho, todos los procesos habían ido según el protocolo.

Por lo que, hasta el momento, se trataba del viaje espacial más tranquilo que había tenido la NASA. Sin embargo, el 11 de abril de 1970, a las 9:08 pm las cosas cambiaron de rumbo dramáticamente.

Fugas de oxígeno, explosiones, fallas en el suministro de agua y de energía en la nave fueron solo unos de los eventos que los tripulantes del Apolo 13 tuvieron que enfrentar. Su odisea se ha convertido en un hito en la historia del mundo, una que muestra que las cosas pueden salir bien aun cuando todo lo demás va mal.

Conocemos bien a los personajes y la historia que les tocó vivir. Ahora, podremos ahondar un poco más en los motivos por los que, en primer lugar, la misión del Apolo 13 se convirtió en la única en presentar una falla tan masiva.

El lanzamiento tuvo problemas desde el inicio, pero nadie lo notó

En realidad, el problema que desencadenó el desastre no se presentó verdaderamente dentro de la nave o durante el vuelo. La verdad es que estaba ya latente desde antes debido a un error con la manipulación de los componentes del Odissey, la nave que transportaba a los astronautas Jim Lovell, Jack Swigert y Fred Haise en la misión del Apolo 13.

Durante labores de mantenimiento, antes del lanzamiento del Apolo 10, en 1969, el segundo tanque de oxígeno del par que iba dentro de la nave Odissey sufrió una caída accidental.

Esta, aunque no se notara en el momento, causó que el tanque comenzara a presentar fallas. Para el lanzamiento, en las pruebas finales, este no fue capaz de liberar todo el oxígeno.

En estos casos, el protocolo era quemar el oxígeno restante antes de volverlo a llenar. El equipo de la NASA lo hizo y no notó problemas. Sin embargo, las altas temperaturas dentro del contenedor (más de 1.000 grados Fahrenheit), por tener una falla, chocaron con el cableado interno y ocasionaron un corto circuito, uno que, otra vez, pasó desapercibido por el personal en Tierra.

Solo fue cuestión de una pequeña chispa

Una vez el viaje ya había iniciado, ese 11 de abril, Lovell, Swigert y Haise se encontraban haciendo las labores de rutina dentro de la nave. Entre ellas, una consistía en activar y desactivar periódicamente los tanques de oxígeno para verificar su funcionamiento.

Sin embargo, todo falló en el momento en el que el corto circuito del segundo tanque generó una chispa que luego se convirtió en una explosión. El sonido de esta alertó a la tripulación que, tan solo 8 minutos antes, había realizado una transmisión a la base de la NASA en la que hacían un recorrido por toda la nave y sus espacios.

“Houston, tenemos un problema”

Centro de control de la NASA el 11 de abril de 1970. Crédito: NASA.

Es acá donde nos encontramos con la famosa, pero mal citada, frase de Lovell. Realmente, la traducción exacta de sus palabras sería “Houston, hemos tenido un problema aquí”. Sin embargo, la transmisión de la ahora icónica frase no se realizó fielmente y ahora se ha convertido en uno de los recursos más conocidos de la cultura popular.

En cualquier, caso, ya en el espacio, no fue realmente la explosión la que inspiró las recordadas palabras de Lovell. De hecho, estas se produjeron cuando este chequeó el panel de control, luego de escuchar la explosión y notó que dos de las tres celdas de poder de la nave se habían apagado y que, el suministro de agua potable y para enfriar la nave se había cortado.

Además, solo minutos más tarde, al ver por una de las ventanillas de la nave, también notó que esta estaba filtrando algún tipo de gas en el espacio. La explosión del segundo tanque de oxígeno no solo los había dejado cortos para el viaje, sino que había causado que el  primer contenedor de oxígeno presentara una fuga también. La situación era delicada y tanto los tripulantes como los supervisores e ingenieros desde el control de misión en el Manned Spacecraft Center lo sabían.

Al más puro estilo MacGyver

“Buzón” purificador de CO2 que creó la tripulación del Apolo 13. Crédito: NASA.

Sin embargo, la adversidad no logró vencer a sus mentes. El personal del centro de control les indicó a los astronautas que se movilizaran al tren de aterrizaje de la nave, Aquarius. Se supone que debía permanecer inactivo hasta su alunizaje.

No obstante, este nunca ocurrió. En su lugar, este se convirtió en el nuevo centro de comando de la nave y en el refugio que los astronautas debieron utilizar durante las siguientes 90 horas en su regreso a la Tierra.

Para ahorrar recursos, la tripulación cortó todas las funciones que no fueran estrictamente vitales. De este modo, pudieron conseguir que el sistema, que se había sobrecalentado, volviera a funcionar y recuperar el control de al menos una parte de la nave.

Al menos esa parte del problema estaba solucionada, pero no fue el fin de sus encontronazos con la mala fortuna. Con un claro surtido de oxígeno cada vez más escaso, el dióxido de carbono, mortal para los humanos si lo inhalan en grandes cantidades, comenzaba a acumularse en el ambiente.

Acá fue el personal de Tierra el que ayudó a los astronautas a superar la crisis. Con los materiales que ya había en la nave, se les indicó que crearan un “buzón”. Este estaba compuesto bolsas de plástico, cartón y cinta adhesiva, más latas de hidróxido de litio. La función de este último era la de eliminar el exceso de CO2 en el ambiente, ya que este era lo que se utilizaba comúnmente en la nave para eliminar este compuesto. En este caso, la diferencia radicó en el que el “buzón” concentró la ubicación del hidróxido de litio, para que atacara al dióxido de carbono en los espacios correctos y no se desperdiciara.

Un “fallo exitoso”

Después de esta travesía que le ganó al Apolo 13 un lugar en la memoria colectiva, lo que quedaba de este, aterrizó en la tierra el 17 de abril a las 11:53 am. El punto de rescate fue en el Océano Pacífico, en un área cercana a Samoa.

Lovell, Swiger y Haise volvieron en buenas condiciones y pasaron a ser también parte de la historia de los viajes espaciales en Estados Unidos, solo que no del modo en el que ellos se lo habrían imaginado en un principio. Con esto, el que debió ser el tercer alunizaje exitoso de la NASA no se dio.

Sin embargo, no todo fue malo, la propia NASA comenzó a referirse al evento como un “fallo exitoso”. A pesar de que la misión principal no se había logrado, todos los percances que tuvieron los astronautas le sirvieron a la organización para recolectar información y hacer mejoras en sus siguientes programas de vuelo.

Entre sus cambios más notorios estuvo la adición de un tercer tanque de oxígeno. Como una precaución extra, este se ubicó en otra área de la nave y tuvo como único propósito surtir con oxígeno a la tripulación. Desde ese aterrador y sorprendente evento en 1970, ninguna de las 8 siguientes misiones de Apolo presentó algún problema similar. Podría decirse, en efecto, que este fallo se convirtió en un motivo de futuros éxitos para la NASA.