A medida que el coronavirus sigue propagándose por todo el mundo, muchos países han adoptado medidas drásticas para reducir las tasas de infección. Entre ellas figura el distanciamiento social y, en algunos países, el bloqueo completo de la vida social y económica.

Existe una preocupación particular en torno al aumento de la vulnerabilidad de los pacientes que viven con una enfermedad crónica, y esto incluye las condiciones neurológicas como la enfermedad de Parkinson (EP).

Desafíos únicos

La EP es un desorden progresivo que afecta el movimiento, el control muscular y el equilibrio. Es el segundo trastorno neurodegenerativo relacionado con la edad más común, afectando a alrededor del 3 por ciento de la población a la edad de 65 años y hasta el 5 por ciento de los individuos mayores de 85 años.

Pero además de las dificultades motoras, la EP puede comprometer el sistema respiratorio, como se refleja, entre otras cosas, en el mayor riesgo de neumonía que presentan los pacientes con Parkinson en etapas avanzadas.

El impacto de la pandemia del coronavirus afecta los sistemas de salud, la economía mundial y las vidas de las personas, incluyendo los que padecen enfermedad de Parkinson.

Aunque se ha prestado mucha atención a la posibilidad de que se produzcan complicaciones respiratorias graves y resultados desfavorables entre los pacientes con enfermedad de Parkinson que contraen la enfermedad COVID-19, el impacto de la crisis del coronavirus va más allá de esta amenaza.

La pandemia ha cambiado profundamente las rutinas normales de las personas, y todo en un período muy corto. Estos cambios drásticos requieren una adaptación flexible a las nuevas circunstancias, que es una operación cognitiva que depende del funcionamiento dopaminérgico normal, algo de lo que no pueden presumir los que padecen enfermedad de Parkinson.

Consecuencias de la pandemia

Investigadores del Centro Médico de la Universidad Radboud, en Países Bajos, resaltan que la fisiopatología de la EP pone a los pacientes en un mayor riesgo de estrés crónico, y un empeoramiento adicional de esto bien podría ser una de las “penas ocultas” de la pandemia global del coronavirus.

Los investigadores explican que el aumento del estrés psicológico puede empeorar los síntomas motores, mientras que reduce la eficacia de la medicación dopaminérgica, el tratamiento administrado a quienes padecen la enfermedad.

Los efectos de la crisis del coronavirus en los pacientes con enfermedad de Parkinson van más allá de la posibilidad de que se produzcan complicaciones respiratorias graves.

Otra consecuencia de la pandemia en los pacientes con EP es una marcada reducción de las actividades físicas. Pruebas recientes han demostrado que el ejercicio físico puede reducir la progresión de los síntomas de la enfermedad. Por lo tanto, la pérdida inactividad física puede llevar a un empeoramiento de los síntomas motores y puede contribuir aún más al estrés psicológico.

A pesar de que las personas con EP tienen un mayor riesgo de experimentar secuelas negativas derivadas de la pandemia coronaviral, también hay oportunidades emergentes. Esta crisis exige la rápida introducción de mejores estrategias de autocontrol que puedan ayudar a los pacientes a afrontar mejor los desafíos del distanciamiento social y las demás consecuencias de esta crisis.

Los investigadores creen que las estrategias de autocontrol que reducen el estrés, como la atención plena, desempeñarán un papel cada vez más importante en el tratamiento de la enfermedad de Parkinson.

Referencia: The Impact of the COVID-19 Pandemic on Parkinson’s Disease: Hidden Sorrows and Emerging Opportunities. Journal of Parkinson’s Disease, 2020. https://doi.org/10.3233/JPD-202038