“Este episodio de Black Mirror apesta”. Esa es la sensación general de la población desde que comenzó el tiempo de cuarentena en la mayoría de los países afectados por la pandemia de coronavirus. Los que han visto la popular serie de Netflix que muestra escenarios bastante locos en los que la tecnología es el centro de atención e hilo conductor de la historia, no pueden evitar comparar su premisa con la realidad actual. Y puede que este capítulo se extienda y agrave mucho más.

Como si la pandemia del COVID-19 y el hecho de que la economía mundial está en vilo no fuesen suficientes preocupaciones, surge una nueva situación a la que deberíamos prestarle especial atención: la privacidad de nuestros datos, no necesariamente por ataques cibernéticos, sino por nuestros propios gobiernos.

Aquellos fans de la ciencia ficción cada día suelen encontrar más difícil hacer una distinción entre las rarezas que encontramos en libros y películas que advierten de disrupciones tecnológicas o del control total del Estado sobre nuestras vidas, dadas las noticias recientes que han surgido durante la crisis del coronavirus.

Si bien la tecnología es una gran aliada a la hora de ayudar a superar las crisis, siempre es un arma de doble filo en lo que a los límites se refiere. Esto nos lleva a hacernos la siguiente pregunta: ¿Puede la crisis del coronavirus hacernos tomar decisiones sobre nuestra privacidad de las que nos arrepintamos luego?

¿El Gran Hermano en pro de la salud?

Para entrar en contexto, desde que el coronavirus se expandió exponencialmente por todo el mundo, los gobiernos comenzaron a implementar medidas para evitar que sus ciudadanos rompan el confinamiento para controlar el contagio de la población. Aunque hasta ese punto no suena mal que se tomen medidas para frenar la curva del COVID-19, hay ciertos elementos que nos alertan de un posible abuso de poder en cuanto al uso de nuestros datos se refiere.

Hablemos del lugar de donde se originó todo: Wuhan, China. La ciudad de la potencia asiática fue la primera en ver el brote del nuevo coronavirus, y aunque en un principio el gobierno prefirió censurar las advertencias de los médicos que venían estudiando el progreso del COVID-19, ante la inminente pandemia tuvo que entrar en cuarentena y tomar medidas drásticas para mantener a su población confinada.

Uno de los productos más demandados en el mundo son unos detectores de temperatura, fabricados en Wuhan para implementarse en su aeropuerto y estaciones de trenes, así como en las de Chengdu, Guangzhou y Beijing. El producto permite detectar de manera localizada la temperatura de las personas en multitudes.

Hangzhou, China. Un policía utiliza gafas con realidad aumentada que tiene integrado un detector de temperatura con infrarrojo para chequear rápidamente a las personas que caminan por la ciudad. Getty Images

El rastreo chino

Comencemos por Hong Kong. Al comenzar su periodo de cuarentena implementaron una medida para todas las personas que llegaran de vuelos internacionales tenían que confinarse en sus hogares por dos semanas y adicionalmente llevar un brazalete electrónico con el que la Administración podía rastrear sus movimientos y vigilar si efectivamente estaba cumpliendo con la medida.

Como si de una casa por cárcel se tratara, aquel que osara salir de su casa, el dispositivo enviaría una alerta no solo a los organismos de salud, sino también a la policía. Dependiendo del caso, podría enfrentar una multa de casi 800 dólares y hasta 6 meses de cárcel.

The Baidu Inc. desarrolló una aplicación con mapa que permite identificar los lugares visitados por personas que dieron positivo en la prueba del coronavirus en Shanghái. Getty Images

Como los brazaletes no rastrean la ubicación, Hong Kong creó una aplicación complementaria que sí permite rastrear la ubicación de la persona en caso de violar su confinamiento. De acuerdo con el artículo que publicamos previamente en TekCrispy, las autoridades también podían realizar videollamadas sorpresa a determinadas horas para comprobar que seguían en sus hogares.

Ahora, en otras ciudades de China, las autoridades instalaron unos sellos magnéticos en las puertas de sus habitantes que envía una notificación vía email o teléfono cuando la puerta se abre por alguna razón. Para justificar la medida, el gobierno explicó que estos sellos se habían instalado para “mejorar enormemente nuestra competencia porque tenemos muy poco personal”.

Además de este sello, también se creó una aplicación para que las personas informen a las autoridades si estuvieron en contacto con una persona cuyo contagio está confirmado e incluso con aquellos casos que apenas son una sospecha. La aplicación fue realizada en conjunto con el gobierno de China y el Grupo Corporación de Tecnología Electrónica del país con información de autoridades de la salud y transporte.

La firmeza de Corea del Sur

Vámonos hacia otra región asiática. Si bien Corea del Sur es de los países que ha registrado menos muertes por coronavirus en lo que va de crisis, sus medidas, aunque han sido efectivas, han despertado preocupación en los defensores de la privacidad.

Un polémico “mapa de traslados del paciente” permite a las autoridades hacer pública información personal de los pacientes que se han contagiado con coronavirus. Entre los datos “básicos” que podemos mencionar se encuentran el género, edad y nacionalidad, sin embargo, en Corea del Sur han decidido compartir datos como su ubicación previa y la hora en la que la visitaron, incluso en algunos casos han compartido los establecimientos en los que los pacientes han usado el baño.

¿Nos arrepentiremos por permitir la intromisión de los gobiernos en nuestros datos? Foto: Lianghao Qu.

¿Cómo obtienen esta información? Mediante el rastreo de aplicaciones de GPS, cámaras de vigilancia, registros de tarjetas de crédito y entrevistas personales con los pacientes. Al ser una medida altamente efectiva, otras ciudades no tardaron en replicar el modelo.

La eficacia de Singapur

Recientemente reseñamos el método que le ha llevado a Singapur a ser uno de los países con menos contagios de coronavirus en todo el mundo. Además, no les hizo falta entrar en cuarentena y ha protegido a su sistema de salud del colapso.

Antes de tocar las puertas de la crisis, Singapur se apuró en crear su propia cadena de contagio de una manera más detallada que el resto de los países. El proceso es el siguiente:

Cada contagiado es interrogado por el Ministerio de Sanidad, quien, a su vez comparte información diariamente con la policía del país. Durante este interrogatorio, el paciente debe dar detalles de sus movimientos en los últimos 7 días, los contactos que ha tenido con personas durante periodos mayores a 30 minutos, sus nombres y, si es posible, sus contactos.

De las entrevistas, los funcionarios del gobierno obtienen la información necesaria para comenzar a analizar los registros de cámaras de seguridad, tiendas y apps con registro de ubicación que les hagan dar con las personas que estuvieron en contacto con el paciente.

A veces en persona y otras con una llamada telefónica, los funcionarios del gobierno le hicieron saber a cada individuo que, por la posibilidad de haberse contagiado, debía permanecer en casa por catorce días sin interactuar con nadie como mecanismo de prevención.

De no cumplir la cuarentena, una persona podría enfrentar 6 meses de cárcel y una multa de 7.000 dólares. Aunque estas medidas han sido altamente efectivas, y de hecho, le valió una felicitación de la OMS, tanta intervención del Estado para obtener información personal ha sido materia de preocupación por no saber los límites que debería haber al respecto. De momento esto se hace por una emergencia sanitaria, pero, ¿qué sucederá cuando la pandemia termine?

Los teléfonos de Israel, al servicio del Estado

Hace semanas informamos que Israel podría rastrear a las personas contagiadas con coronavirus a través de sus datos de teléfono. Con esta información, el Estado podría identificar rápidamente a aquellas personas que han tenido contacto con algún contagiado y de ser necesario, ser enviado a cuarentena.

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, se encuentra en un momento delicado durante la crisis del coronavirus. Sus medidas han sido polémicas y cuestionadas por expertos de la privacidad de datos. Foto: Flash90

Aunque no se conoce qué tipo de información compartirán las autoridades, Benjamin Netanyahu solo podrá hacer uso de esta información durante 30 días. Estos datos han sido recolectados por el gobierno para unir esfuerzos en la lucha contra el terrorismo. De acuerdo con esta medida, las personas recibirán un sms con la notificación de que deben confinarse por un tiempo determinado debido al contacto con personas contagiadas.

Expertos han alertado sobre el especial peligro que esta medida representa para la ya frágil democracia de Israel, tildándola de “totalmente desproporcionada a la amenaza y al problema”.

El control de India

Y para finalizar la lista de estos comportamientos dignos de toda pareja tóxica, tenemos a India. El estado de Karnataka ha tenido que implementar medidas drásticas para cerciorarse de que sus ciudadanos están cumpliendo con la cuarentena: cada persona debe tomarse y enviar una selfie para verificar que está en su casa.

Tal como reseñó BuzzFeed News recientemente, el ministro de Educación Médica de Karnataka explicó en un comunicado de prensa que aquellas personas que deban permanecer en cuarentena deberán descargar una aplicación móvil desde la que tienen que tomarse una selfie cada hora desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche. La aplicación permite compartir datos de ubicación de la persona del momento en el que tomó la foto.

“Cada selfie enviada a cuarentena es revisada por el equipo de Verificación Fotográfica del gobierno. De manera que, si hay una foto falsa, la persona que incurrió en la falta será enviada a cumplir cuarentena masiva”, aparece en el comunicado. La cuarentena masiva es la que se cumple en los centros de salud en India, ya colapsados y con precarias condiciones sanitarias.

¿Qué pasará cuando termine la crisis?: Un nuevo status quo

¿Quién nos observa?

Ante todas estas medidas que hemos repasado, muchos podrían opinar que, a pesar de ser drásticas, estas medidas son necesarias para este momento de crisis sanitaria que atravesamos actualmente. Y aunque se han visto resultados, y que muy ciertamente hay personas que parecen no entender la gravedad del problema y burlan las medidas, esta libertad a los gobiernos de acceder y usar nuestros datos puede ser muy peligrosa para cuando pase la pandemia.

Yuval Noah Harari, historiador, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor de ‘Sapiens’ y ‘Homo Deus’ expresó en una entrevista a La Tercera su preocupación sobre las implicaciones que todas estas medidas podrían tener en el futuro de la democracia:

“La epidemia del coronavirus podría marcar un hito importante en la historia de la vigilancia. Primero, porque podría legitimar y normalizar el despliegue de herramientas de vigilancia masiva en países que hasta ahora las han rechazado. En segundo lugar, y aún más importante, significa una transición dramática de la vigilancia “sobre la piel” a la vigilancia “debajo de la piel”. Anteriormente, los gobiernos supervisaban principalmente tus acciones en el mundo: a dónde vas, con quién te encuentras. Ahora se interesan más en lo que sucede dentro de tu cuerpo. En la condición médica, temperatura corporal, presión arterial. Ese tipo de información biométrica puede decirle al gobierno mucho más sobre usted que nunca antes”.

Harari expone en su tesis que compartir este tipo de información podría ser especialmente peligroso para los ciudadanos del futuro puesto que los gobiernos podrían conocer lo que sus habitantes sienten.

En un escenario muy ‘1984’, si llegase a existir un gobierno totalitario en el que obligasen a las personas a ver los discursos del Gran Líder podrían monitorizar sus sentimientos mediante un brazalete que le permita saber si este, a pesar de la expresión de aceptación que demuestra, la realidad de su química corporal indica que está enojado o indignado.

Para Harari está claro que los gobiernos negarán su uso maligno todas las veces que se les pregunte por sus intenciones, pero podría pasar. Es decir, aunque no tiene que ver con la tecnología, hemos visto cómo a raíz de la crisis del coronavirus el primer ministro de Hungría, Viktor Orban, adoptó poderes plenipotenciarios de prolongar el estado de emergencia y sus consiguientes medidas por cuanto tiempo le parezca.

Además, otro escenario peligroso del que advierten Harari y otros expertos es que, en tiempos de crisis la gente está dispuesta a sacrificar ciertos elementos como la privacidad, pero que después de que pase la pandemia, la sociedad podría haberse acostumbrado a estas medidas, y se terminaría por establecer un nuevo status quo.

Al igual que ocurre en los eternos debates entre las dictaduras militares y las democracias, en crisis como estas las personas justifican un comportamiento a la fuerza supuestamente porque es lo que al final nos protegerá a todos. No obstante, se ha demostrado que lo que realmente nos otorga el poder es la información. Conocer lo que debemos hacer, a lo que nos enfrentamos y saber lo que puede venir es mucho más efectivo que la vigilancia extrema y los duros castigos.

De este lado del océano no hemos visto las medidas tan drásticas que se han implementado en los países ya mencionados, pero solo es cuestión de tiempo para que ocurra. Por ejemplo, hace unas semanas se conoció que en Kentucky un policía amenazó con arrestar a una persona contagiada con coronavirus porque no quería cumplir con la cuarentena impuesta.

Un futuro distópico a la vista

Los datos de las personas se han vuelto en el oro preferido y más buscado por las empresas para dirigir publicidad personalizada.

Si en democracias supuestamente fuertes como las de Estados Unidos ocurre una situación así, ¿qué quedará para los países que han coqueteado con prácticas totalitarias? En China nada sorprende, pues su programa de vigilancia nacional ha llegado a los niveles más increíbles, utilizando los datos para otorgar o quitar derechos nacionales como la educación y créditos bancarios.

De acuerdo con este artículo que publicamos hace un tiempo sobre cómo ZTE ayudó a Venezuela a crear su intrincado sistema social del Carnet de la Patria vemos cómo funciona en China el Sistema de Crédito Social:

“El buen comportamiento puede hacer que los ciudadanos obtengan descuentos en servicios públicos o préstamos. Las “malas notas” pueden llevar a que se les prohíba usar el transporte público o que sus hijos no puedan ingresar a las mejores escuelas”.

Maciej Cegłowski, fundador de Pinboard y activista de la privacidad, ha expresado su preocupación sobre la creación de un “programa masivo de vigilancia” mundial que puede cercenar nuestro derecho a la privacidad.

Cegłowski alega que ya tenemos una red de vigilancia en marcha con nuestros dispositivos con sistemas de rastreo que han sido utilizados para recabar nuestros datos personales para ofrecernos publicidad. ¿O acaso no te ha sucedido que hablas de un tema en específico con tus amigos ya sea por el teléfono o conversando en persona y unos días después ves una publicidad relacionada con el tema en tus redes sociales?

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En su publicación de blog, cita a Benjamin Franklin para decir que todos estos sistemas que podrían parecer positivos ahora, en realidad podrían costarnos nuestra privacidad: “Aquellos que consideran dar su libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal no merece ninguna”. Su argumento es que “si ya existen, ¿por qué no usarlos para salvar vidas?”.

Cuando la tecnología nos juega una mala pasada

Todo en este mundo tiene dos caras de la misma moneda. Como mencionamos al principio de este artículo, la tecnología es muy útil al momento de resolver grandes problemas para la humanidad. Así hemos podido ver a lo largo de los años y también durante esta crisis. No obstante, también podría enamorar con usos más oscuros que nos permiten controlar los movimientos de las personas.

Así ha ocurrido con tecnologías como la del reconocimiento facial, cuya discusión por los sesgos raciales se ha vuelto cada vez más presente en los últimos años; igualmente sucede con la tecnología de los deepfakes que, si bien puede emplearse en proyectos creativos interesantes, los usos que se le han dado en la política ha puesto bajo amenaza las próximas elecciones presidenciales de los Estados Unidos.

Y ni hablar de la obtención de datos y los recientes escándalos como los de Cambridge Analytica, que hablando de Facebook, no se nos olvide de sus prácticas dudosas con nuestra información y los perfiles sombra a los que no puedes acceder pero que compañías de renombre sí, para obtener tus datos que luego utilizan para enviarte publicidad.

La discusión de todo este debate es determinar hasta dónde puede llegar el uso de la tecnología en nuestro derecho a la privacidad, y lo más importante: ¿hasta dónde estamos dispuestos a dejar llegar a nuestros gobiernos?

Tal como ocurre en un episodio de ‘Black Mirror’, estamos ante una incertidumbre guiada por el uso de la tecnología, pero si no analizamos bien este momento histórico tal vez cuando termine la crisis podría ser demasiado tarde para reclamar nuestra privacidad.