Debido al rápido crecimiento de la epidemia de coronavirus, no han sido pocas las noticias que hemos escuchado sobre el mismo. En el mundo, casi todas las naciones buscan de un modo u otro un método a través del cual combatir la enfermedad.

Para ello, el primer paso a seguir es comprender el COVID-19 y cuál ha sido su origen. Con esta meta, el mundo ha estado en busca del que se denominaría “paciente cero”.

Es decir, el primer humano infectado por la enfermedad, que además, por sus síntomas particulares, inspira a las entidades de salud a iniciar una investigación con respecto a nuevo padecimiento. Aunque podría parecer que, con el coronavirus ya convertido en una pandemia, no es tan importante saber de dónde vino, la verdad es que ese conocimiento todavía podría probar ser de mucho valor.

Conocer al paciente cero es conocer la enfermedad

En pocas palabras, la importancia del paciente cero dentro de una investigación de este estilo tiene que ver con la información que es capaz de aportar. Al saber quién es, los organismos de salud puede proceder a reacudar información sobre sus actividades y movimientos.

De este modo, pueden detectar un posible patrón en los contagios que se presentaron a futuro o el posible punto de origen en el que, por ejemplo, en el caso del coronavirus, la enfermedad saltó de un humano a un animal.

Con esto, los investigadores cuentan con más bases sobre las que comenzar a trabajar para tratar de comprender el comportamiento del virus y también qué podría ser efectivo contra este.

¿Descubrieron a la paciente cero de Wuhan?

Como ya lo mencionamos, el paciente cero se trata del individuo que de un modo u otro inspira el inicio de la investigación que lleva al descubrimiento de la nueva enfermedad. Durante los inicios de esta crisis, cuando la pandemia aún era solo una epidemia, China declaró que su primer caso registrado se presentó el 31 de diciembre de 2019.

Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que, en realidad, desde el primero de diciembre se habían estado presentando casos sospechosos, pero los mismos no fueron notificados al público.

Luego, se dijo que el paciente cero se trataba de un hombre de la tercera edad que vivía a más de 5 cuadras del mercado de Wuhan –el ya confirmado punto de inicio del COVID-19. Se presumía que por su condición este no podía movilizarse hasta el mercado y, por ello, por un momento este centro de compra y venta de todo tipo de animales para el consumo quedó descartado.

Sin embargo, la teoría no duró mucho al comprobarse que la mayoría de los casos si estaban relacionados con el mercado. Asimismo, hace poco se planteó la posibilidad de que otra persona fuera el paciente cero.

Wei Guixian, como se la presentó en el Wall Street Journal, una mujer de 57 años que trabajaba vendiendo mariscos en el mercado de Wuhan parece haber sido la verdadera paciente cero. Ello según las declaraciones de la Municipal Health Commission de Wuhan.

¿Quién es el paciente cero de Wuhan?

En efecto, el hombre antes mencionado fue el primer contagiado, pero, fue la oleada compartida por Wei y otras 26 personas enfermas la que hizo que los doctores comenzaran a sospechar y que, por consiguiente, se detectara la existencia del nuevo coronavirus, el SARS-CoV-2.

Aunque aún no es totalmente posible comprobar que Wei es la poseedora de este título, las posibilidades son altas. Igualmente, si este provino del mercado, como se lo supone, entonces investigar las condiciones que se encuentran en este también pueden ser una gran herramienta para comprender a la enfermedad, su funcionamiento, su evolución y –aún más importante– cómo contrarrestarla.

Existen algunos dilemas en cuanto a revelar la identidad del paciente cero

A pesar de que conocer la identidad de paciente cero puede ser muy efectivo para la medicina, no siempre trae resultados tan positivos en el entorno social. Por lo general, el revelar los datos del paciente cero ha traído históricamente consecuencias negativas para este.

El caso más sonado es el de Mary Mallon, a quien apodaron “María tifoidea” luego de que se revelara que ella fue el paciente cero y el primer foco de contagio de la epidemia de fiebre tifoidea en Nueva York, Estados Unidos, en 1906. Ella sola llegó a contagiar a más de 100 individuos y fue la responsable indirecta del contagio de miles. Por ello, fue obligada a pasar 26 años de su vida en cuarentena.

Asimismo, otro caso ha sido el del canadiense, Gaetan Dugas, quien fue acusado de ser el paciente cero del VIH. Tres décadas más tarde, se probó que era imposible que él fuera el responsable. Sin embargo, la aclaratoria llegó demasiado tarde, pues por treinta años su nombre cargó el estigma y el rechazo social que le traía ser el “paciente cero”.

Tal vez sea bueno que los organismos se dediquen a hacer este tipo de investigaciones para sus avances. Sin embargo, en lo que respecta al público, parece ser que una de las mejores opciones sigue siendo optar por el anonimato, como el usado con los casos posteriores que se diagnostican. De este modo, no se frenaría el avance de la ciencia en la búsqueda de una cura, ni el de la persona en su intento por regresar a una vida normal.